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La continuidad del populismo: del Socialismo del Siglo XXI a la Nueva Derecha

El 4 de febrero de 1992, el Movimiento Bolivariano Revolucionario-200, liderado por el entonces no tan célebre militar venezolano Hugo Chávez, intentó derrocar al presidente Carlos Andrés Pérez en un evento que dio origen a una corriente política que trascendería fronteras en las siguientes décadas. Producto de una aparente contradicción lógica, en un contexto donde la economía planificada colapsaba a nivel global, una tendencia que rechazaba profundamente esa evolución tomaba fuerza.

Capitalizando el resentimiento hacia el denominado Consenso de Washington, la marea rosa logró lo que había sido impensable durante la Guerra Fría: consolidar el estatismo como una alternativa “viable” en el patio trasero de los Estados Unidos. El socialismo del siglo XXI no constituía una ideología en el sentido estricto de la palabra. Quizás fue precisamente esa naturaleza dinámica y abierta la que condujo a su éxito. La visión programática quedaba relegada frente a la relevancia de la narrativa opresor-oprimido, adaptable a cada contexto nacional y eficaz para simplificar la realidad bajo una dicotomía.

Las instituciones estatales respaldaron activamente un abanico de medios afines, como teleSUR, creando cámaras de eco en un momento en que aún no se profundizaba el rol de las redes sociales. Utilizando el concepto marxista de “conciencia de clase”, los ideólogos lograron articular, para la población general, derivaciones como la patria contra el imperialismo, los menesterosos contra los adinerados y los nativos contra los usurpadores. Sin embargo, el enemigo común más reiterado fue el “Tío Sam”, quien, entramado con sus aliados, supuestamente planeaba derrotar las ansias libertadoras del Sur Global.

La mentalidad moralista se materializó en críticas hacia las voces incómodas. Los disidentes eran tachados de emisarios del viejo sistema, sin una evaluación sincera de sus razonamientos. De forma similar a lo ocurrido previamente con las palabras comunista y fascista, el término neoliberal se convirtió rápidamente en un calificativo carente de significado. La naturaleza del movimiento se mostró contradictoria con nociones básicas de la democracia moderna, como la alternancia en el poder. En la estrategia política, las derrotas no eran solo penurias, sino martirios de una causa futura. Cuando se ganaba un comicio, era un triunfo indudable del pueblo; cuando se perdía, se atribuía al engaño o al fraude de las élites.

Sin embargo, el elemento que distingue al socialismo bolivariano fue el fuerte internacionalismo que involucró. Además de fundamentarse en narrativas históricas que martirizaban a sus líderes como voces del pueblo, los discursos del movimiento solían presentar sus luchas como parte de algo mayor, comprensible únicamente desde una perspectiva regional. Hace unos meses, una estancia personal en Sudamérica me mostró de primera mano que una mayoría no diferencia entre Puerto Rico y Costa Rica, lo cual me sorprendió inicialmente. Sin embargo, una reflexión posterior evidenció que no había una razón lógica para suponer que los habitantes de la región tuvieran tal apego a nuestro país y que esperar lo contrario tal vez sea consecuencia de cierto idealismo latinoamericanista propagado a inicios del milenio, lo que evidencia la vigencia del impacto cultural de la marea rosa.

En 2026, resulta reiterativa la explicación del malestar social que el proyecto bolivariano dejó en la región. Más allá de la instauración de regímenes abiertamente autoritarios en dos países, sus rasgos generales incluyeron rezago económico y una debacle democrática que, a su vez, desencadenó una crisis migratoria ante la cual la comunidad internacional no permaneció indiferente. El fin del socialismo del siglo XXI no obedeció, en términos generales, a un fracaso estructural en la percepción ciudadana de sus postulados, sino más bien a un desgaste político. Fue descartado, justa o injustamente, desde una visión utilitaria y no a partir de una negación profunda de los fundamentos que lo originaron. Este pragmatismo que acompañó la caída del socialismo latinoamericano explica que muchas de sus ideas sigan presentes un cuarto de siglo después, aun cuando el movimiento haya quedado extinto en la práctica.

El regreso de Donald Trump a la presidencia norteamericana y, específicamente, la gestión del secretario de Estado Marco Rubio han visibilizado un fenómeno gestado previamente en el continente europeo: la denominada nueva derecha. Autodefinida como libertaria, patriota y conservadora, este pensamiento plantea una aproximación populista a la política bajo un marco de cooperación internacional guiado por supuestas cercanías ideológicas. La figura de Nayib Bukele posiblemente represente el epítome de las incongruencias del movimiento. Además de haber militado previamente en el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), durante su presidencia no dudó en imponer una cuarentena inspirada en las mismas agendas globalistas que el movimiento dice combatir. Su reciente caracterización como conservador y su participación en foros como la Conferencia Política de Acción Conservadora muestran cómo las tendencias estatistas son objeto de escrutinio cuando se evalúa al adversario, pero rara vez se consideran cuando se trata de los propios.

En el panorama político actual, la nueva derecha hace un uso constante de figuras concretas como representaciones literales de las consignas populares. Más que por las estructuras electorales, los mandatarios buscan legitimidad en jerarquías internacionales que refuerzan su autoridad simbólica. Consecuentemente, las dinámicas nacionales son interpretadas con frecuencia como manifestaciones de una guerra cultural que trasciende fronteras. Estas cualidades evidencian las similitudes del movimiento con su predecesor. La ausencia de coherencia ideológica, la enemistad con la institucionalidad republicana y con sus estilos de gobernanza, la normalización del resentimiento social, la retórica del “pueblo bueno”, el fanatismo político y el rechazo a la experiencia en la función pública, entre otros elementos, dificultan el desarrollo sostenible de las naciones en el largo plazo.

Una guía dogmática que no valore el diálogo ni la autocrítica, y que contradiga con frecuencia sus propias reglas, constituye una receta para el fracaso cuando se aplica en un marco democrático. El reciente resultado electoral del que los costarricenses han sido testigos y su imprecisa caracterización como parte de la denominada marea azul no hacen más que evidenciar los peligros de esta retórica simplista, una herencia del largo historial caudillista de la región que no parece estar cerca de terminar, incluso cambiando sus apariencias.