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¿De verdad su voto va a ser oposición al oficialismo?

Costa Rica vive atrapada en una contradicción que ya no se puede llamar “descuido”. Es un hábito. La gente está harta de la burocracia, los impuestos, los trámites eternos, el Estado lento, el desperdicio de recursos públicos, la corrupción y de instituciones que existen principalmente para justificarse a sí mismas. Lo que la gente pide en la calle es claro: “necesitamos reformas estructurales”.

Pero llega el día de las elecciones… y el país hace exactamente lo contrario.

Algunos todavía creen que el villano es un “sistema capitalista”. Se imaginan al enemigo como un gordo millonario sentado en una silla, fumándose un puro y contando billetes. Pero si vamos a usar caricaturas, quizá deberíamos apuntar mejor: la figura más cercana al poder en Costa Rica no es el empresariado —que en su mayoría son PYMES—, sino el Estado secuestrado por un ejército de burócratas, que ha sido usado por ciertos políticos para acumular poder para ellos y sus amigos.

Para mantenerse ahí, crean burocracia tras burocracia, puestos para repartir y reglas especiales para grupos afines. Así, en el proceso, dañan nuestra productividad y alimentan el descontento.

A ese grupo de personas que vive del Estado se le llama aristocracia burocrática. Y el país —irónicamente— sigue votando para sostenerla.

¿Y si por votar “contra el PPSO” le das lo que quieren?

En las últimas elecciones se ha votado mucho por reflejo. Y hoy ese reflejo tiene nombre: “hay que frenar al PPSO”.

Entonces ocurre algo peligroso: una parte del electorado corre a votar PLN, PAC o Frente Amplio creyendo que está siendo “responsable”, que está eligiendo contrapesos y que así va a frenar los excesos del posible futuro gobierno.

Pero aquí está la ironía: Costa Rica lleva décadas cambiando banderas, colores y discursos… mientras sostiene el mismo modelo. Estos tres partidos se benefician de lo que nos asfixia y no dudarían en apoyar una agenda del oficialismo si coincide con ese objetivo.

El PPSO ha dicho claramente que busca mayoría legislativa. Y si deciden hacer lo típico del Estado costarricense —recordemos que muchos de sus políticos vienen de los partidos tradicionales—, el menú es conocido: subir impuestos, crear más burocracia, inventar entes, sumar trámites y justificar más gasto.

Peor aún: ni el PLN, ni el PAC, ni el Frente Amplio van a frenar esa agenda. Al contrario: ya se comprometieron a derogar la Ley de Huelgas, aumentar salarios en el sector público y abrir todavía más huecos a la regla fiscal.

Y ya todos sabemos en qué termina esta película: a los dos años nos van a decir que estamos al borde del precipicio… y que la “solución” es subirnos más los impuestos para que sigamos financiando la fiesta.

¿Verdad que la respuesta lógica no debería ser volver a votar por los mismos de siempre? Estos partidos llevan décadas impulsando y viviendo de esa misma receta.

Sin embargo, aunque suene absurdo, el elector cree que está escogiendo “oposición”, sin ver que está escogiendo continuidad.

Y este es el punto clave: quizá se peleen para videos de TikTok, pero cuando llegue la hora de votar, no se van a oponer a lo que beneficia a la aristocracia burocrática. Ni el PAC, ni Liberación Nacional, ni el Frente Amplio están a favor de las reformas estructurales que necesita el país:

  • Eliminar duplicidades.
  • Fusionar instituciones.
  • Simplificar trámites.
  • Recortar burocracia inútil.
  • Promover la competencia (eliminando monopolios y oligopolios).
  • Eliminar privilegios injustificables.
  • Bajar impuestos y cargas sociales.
  • Obligar al Estado a rendir cuentas con consecuencias.

Por eso este país cae una y otra vez en la misma trampa: “queremos reformas estructurales”… pero votamos por quienes se oponen a ellas “en defensa de lo público”. Cuando en realidad lo que defienden no es lo público, sino su control sobre lo público.

Así que, estimado lector, lo invito a considerar si su voto podría —sin querer— fortalecer el continuismo. Hay algo en lo que todos podemos estar de acuerdo: en esta elección hay mucho en juego. Pensemos si, cuando se lo contemos a nuestros hijos o nietos, podremos decir con orgullo de qué lado estuvimos… o si lo recordaremos con arrepentimiento.