El panorama político es oscuro. La normalización de la violencia verbal ha dado paso, como era de esperar, a la normalización de la violencia física.
La política es por su naturaleza misma conflictiva. Es el terreno en el que se resuelven diferencias y en el que se enfrentan grupos con intereses contrapuestos, y a veces con aspiraciones o ideales incompatibles.
Pero la política no tiene que ser un basurero. Las diferencias no tienen por qué tramitarse por la vía del insulto y la deshumanización, menos aún por la vía de la persecución, la censura, la cárcel y, en el peor de los casos, el asesinato.
Tampoco seamos ingenuos ni nos demos palmaditas en la espalda. Si las voces de los falsos profetas tienen eco y si esos profetas cosechan seguidores, es porque la ira que ellos personifican tiene raíces profundas en el abandono y la indiferencia de las élites educadas, los partidos políticos tradicionales y las personas de buenos modales que fruncen la nariz (que fruncimos la nariz) ante la vulgaridad del acosador, pachuco y matón que toma el micrófono y promete la salvación.
Pero el patrón común es claro: los profetas de la ira destruyen todo, sin reconstruir nada salvo, en muchos casos, fortunas personales que, si tienen suerte, algún día disfrutarán en el exilio.
La respuesta ante ellos no puede consistir, claro está, en decir “uy, qué feo”, sin reconocer la legitimidad de la queja a la que ellos dan expresión. Y la estrategia política de anunciar que “nosotros tenemos problemas pero ellos son peores”, que en su versión extrema dice “sus partidarios son gente deplorable”, ha resultado en exactamente cero victorias electorales.
En medio de este oscuro panorama, quisiera señalar dos puntos de luz de cara a nuestras próximas elecciones. El primero de ellos ha pasado desapercibido. El segundo merece un comentario adicional.
Muchos años de participación en la vida política nacional me han convencido de que, aun en las circunstancias más adversas y en asambleas legislativas fraccionadas, basta un pequeño grupo de diputados fuera de serie para hacer una enorme diferencia. Diputados (y diputadas, claro está) inteligentes y estudiosos, con vocación de servicio, con capacidad de diálogo, y que entienden que liderazgo es, por definición, construcción colectiva y no imposición desde las alturas.
Costa Rica está a las puertas de tener un grupo de diputados que tiene justamente esas características: doña Abril Gordienko, don Álvaro Ramírez, don José María Villalta y doña Claudia Dobles. Ellos cuatro, como diputados y quizá jefes de fracción, no solo serían capaces de colaborar entre sí, de encontrar terreno común y cooperar en temas fundamentales, sino que podrían hacer de la Asamblea Legislativa una contraparte formidable pero constructiva, sea quien sea quien encabece el Poder Ejecutivo.
Como la elección de los tres primeros puede darse por descontada, mi voto para diputados será para doña Claudia. Sería estupendo que los cuatro estuviesen en la Asamblea Legislativa.
El otro punto de luz es, por supuesto, más conocido: el no-debate. Fue un momento brillante en una campaña que a veces ha sido oscura y casi siempre desteñida.
Nos permitió vislumbrar, aunque fuese tan solo por un instante, la posibilidad de una forma distinta de hacer política: cordial, respetuosa, constructiva, y no porque los participantes no tengan profundas diferencias entre ellos, sino porque esas diferencias no los convierten en enemigos, sino en ciudadanos dispuestos a conversar y encontrar terreno común, en contraste con quienes solo conocen el insulto, la humillación y la amenaza como estrategias de comunicación.
Es mi ferviente deseo, por todo lo anterior, que don Álvaro Ramírez, don Juan Carlos Hidalgo, don Ariel Robles y doña Claudia Dobles tengan una larga carrera de servicio público y dirigencia política; que abran camino para las nuevas generaciones, a las que corresponderá la dura tarea de reconstruir un país que hoy vive muy por debajo de su potencial.
Si alguno de ellos llega a ser presidente, quizá tenga la valentía de imitar a Lincoln e invitar a sus antiguos rivales a integrarse en su gabinete. Sería un momento memorable en la historia de nuestra democracia.
