Recorrer calles, abrir portones, esquivar perros, pedir permiso y hablar con la gente. Eso ha sido parte de mis últimos dos años, desde que decidí participar en la política partidaria.
Es una decisión ingrata, porque una sabe que entra a una especie de ring y, aunque no se busque la pelea, al menos hay que estar con la guardia alta para defenderse. Para las mujeres, además, es un terreno mucho más inestable: no solo se cuestiona la elección del partido, el apoyo a la candidatura o las intenciones, sino que aparecen descalificaciones personales por la edad o la apariencia, dardos que los hombres en política difícilmente reciben.
En este camino que se va haciendo al andar me he encontrado con muchas personas, sobre todo mujeres, que de entrada dicen que no les gusta la política, que no les interesa. Eso me pasó nuevamente este fin de semana conversando con mi vecina Rita.
Rita es una mujer de mi edad, en los cincuentas, que ha vivido toda su vida en el pueblo. Es madre de cuatro hijos, ha criado nietos y es cuidadora de su mamá. Rita es la mujer más comprometida con la comunidad que conozco. Forma parte de la Junta Escolar, está pendiente de que la plaza de fútbol y la iglesia estén en buenas condiciones; recoge animalitos abandonados o enfermos, vende rifas para cubrir las necesidades de la escuelita unidocente y organiza recolectas para apoyar a personas en desgracia, sea o no del barrio.
Según Platón, la política es el arte o la ciencia de gobernar y cuidar el alma de los ciudadanos, buscando la justicia y el bienestar común por encima del interés particular. Lo siento Rita, le dije, sos una gran política.
Miles de personas, y sobre todo mujeres, participan en los comités de las escuelas, en los grupos de seguridad de los barrios, en las Asadas y en las más de 3.000 asociaciones de desarrollo de las comunidades. Se reúnen, identifican problemas, discuten prioridades y sueñan soluciones colectivas. Otras miles forman parte de las casi 600 cooperativas activas del país, de las que obtienen su sustento y que también funcionan como herramientas de generación de valor colectivo. Además, integran las más de 1.400 asociaciones solidaristas. Todas estas formas de organización, algunas más complejas que otras, tienen algo en común: el ejercicio cotidiano de la democracia, el diálogo, la participación, la elección de liderazgos, el respeto a la decisión de las mayorías y la rendición de cuentas.
Costa Rica es una democracia plena en la que miles de personas como Rita, aun sin saberlo, participan activamente, en libertad y en la medida de sus posibilidades.
Por eso, a las puertas de una nueva elección nacional, tenemos dos grandes tareas. Primero, debilitar las voces que quieren hacernos creer que este país ya no es tan democrático, como crónica de una muerte anunciada, para así justificar anhelos de poder desmedido. Y segundo, procurar las condiciones estructurales para que, especialmente las mujeres, tengamos más tiempo disponible para participar en la vida pública, sin vivir en una carrera infinita entre la prisa y las presas, entre el trabajo, el cuido y las deudas. Porque, como decía Pepe Mujica, “para vivir hay que tener libertad, y para tener libertad, hay que tener tiempo”.
Por muchas más políticas como Rita, que cuidan el alma de las comunidades; por muchas más mujeres en puestos de liderazgo, salgamos a votar el próximo domingo.
