Imagen principal del artículo: Mujeres que llegan al poder para cerrarnos la puerta

Mujeres que llegan al poder para cerrarnos la puerta

La presencia de mujeres en la política ha sido una lucha y una conquista histórica. Aún hoy seguimos peleando para que, en todo el mundo, las mujeres estén representadas en los espacios de poder. Según ONU Mujeres, en 2026 solo 32 países tienen una jefa de Estado o de Gobierno y apenas el 27 % de los escaños parlamentarios están ocupados por mujeres.

Sin embargo, esta lucha ha llevado al campo de disputa del poder no solo a mujeres interesadas en transformar las estructuras para que más mujeres accedan y decidan, sino también a otras que, una vez dentro, han cedido. Mujeres que, aun beneficiándose de las conquistas feministas, hoy las combaten desde una posición funcional al orden existente.

Hoy podemos afirmar con claridad que el hecho de que una mujer llegue a un puesto de poder no dice nada por sí solo. Lo que importa es qué hace con ese poder y a quién sirve. La realidad es esta: hay mujeres en el poder que conviven sin problema con políticas que profundizan la desigualdad y hacen retroceder derechos. La presencia femenina puede coexistir —y a veces convivir cómodamente— con proyectos que restringen libertades, refuerzan jerarquías y vacían de contenido la igualdad.

En Europa y América Latina abundan los ejemplos. Giorgia Meloni, Isabel Díaz Ayuso o Patricia Bullrich han alcanzado posiciones de poder defendiendo agendas conservadoras, autoritarias o abiertamente antifeministas. En estos casos, el género funciona como legitimación simbólica: un rostro femenino que suaviza discursos de exclusión y retroceso.

En Costa Rica, esta paradoja también se expresa con claridad. Candidaturas como la de Laura Fernández evidencian cómo una mujer puede ocupar el centro del escenario político sin asumir una agenda transformadora de igualdad. No se trata solo de diferencias ideológicas, sino de señales políticas concretas. Negarse a nombrarse en femenino, rechazar el término presidenta y presentarse deliberadamente como presidente no es una elección gramatical inocente, sino una renuncia explícita al reconocimiento simbólico de las mujeres en el poder.

A ello se suma la eliminación de la causal salud de la norma técnica, así como la defensa del desmantelamiento de la educación sexual integral y de los protocolos antibullying: herramientas básicas para prevenir la violencia contra las mujeres, el abuso y la exclusión en los espacios educativos. Cuando estas posiciones se sostienen desde una candidatura femenina, el mensaje es contundente: lo femenino es prescindible y los derechos pueden relativizarse.

Este tipo de liderazgos no son excepciones, sino parte de una lógica más amplia. El patriarcado contemporáneo ya no necesita excluir a las mujeres del poder; le basta con integrarlas bajo sus propias reglas. Así, la representación se convierte en un fin en sí mismo, mientras la transformación estructural queda fuera de la agenda. Se renuncia, entonces, a una responsabilidad histórica: reconocer que ese lugar fue sistemáticamente negado y que puede —y debe— ponerse al servicio de la ampliación de derechos.

Por eso el feminismo no es un adorno discursivo. Es la brújula que impide que el poder con rostro femenino termine legitimando la desigualdad. Cuando una mujer en el poder desestima la agenda de género, el mensaje social es devastador: la igualdad se vuelve negociable, secundaria, incluso incómoda. Y con ello no solo retroceden los derechos de las mujeres, sino también la calidad de la democracia, que pierde su vocación de inclusión y justicia.

Celebrar a una mujer solo por estar en la papeleta es caer en el tokenismo: confundir representación con transformación. El desafío es claro. Necesitamos más mujeres, sí, pero también necesitamos —con la misma urgencia— mujeres con conciencia feminista, vocación de cambio y, como ha señalado la expresidenta Ana Helena Chacón, con la valentía de incomodar al poder, no de reproducirlo.

Porque el feminismo no busca llenar de mujeres un sistema injusto, sino cambiar el sistema. Y cuando una mujer asciende para consolidar las desigualdades, no rompe el techo de cristal: lo refuerza.

Al final, el poder sin feminismo no emancipa; apenas maquilla la opresión.