Hace unas semanas iba para el brete y el chofer de Uber me contó acerca de su hija bailarina. Hablaba con orgullo infinito.
"Bailarina de danza moderna", enfatizaba.
El hombre hablaba de los viajes de su hija, de sus participaciones en varas como el festival de la luz. Y, según decía, la chavala se hizo bailarina por él:
Yo siempre le ponía música y bailaba con ella y la ponía a dar vueltas de carnera".
Ignoro si se trata de una gran bailarina o si aquello no era más que una expresión de esa indulgencia amorosa de los buenos padres. Pero lo cierto es que el mae daba recovecos por La Granja, sorteaba presas, frenaba de golpe, giraba de nuevo, se refería a su experiencia como gavilán en el Registro y después, al cabo de un rato, volvía siempre a lo de su hija bailarina.
Yo, mientras tanto, recordaba la vez que fui al gimnasio de la Jesús Jiménez a ver una versión del Cascanueces. Fue, seguramente, en 1995. El adagio donde Tchaikovski concentró la dulzura más dolorosa e insoportable echaba a andar y unos bailarines salían de las tinieblas: el gran pas de deux del hada del azúcar.
Yo no lo sabía entonces, pero eran unos bailarines muy modestos. Lo supe mucho tiempo después. Sin embargo, estaba conmovidísimo.
Solo la conocía a ella, a la bailarina principal. Es más, había ido por ella.
Era un carajillo de 14 años que ignoraba la existencia de Anna Pavlova y Alicia Alonso. Y, con todo, me sentía hondamente interpelado por aquella melodía y aquellos movimientos.
Sucede que hay un momento en que la belleza y la bondad se juntan: la bondad, inexplicablemente, termina provocando belleza y esta última, por su parte, genera bondad.
Como el chofer de Uber que presumía de su hija.
Como esos bailarines de 1995.
Como las melodías de Tchaikovsky.
Como los gestos dulces.
En un hotelucho muy cerca del túnel del Zurquí, tiempo después, me topé a un jardinero.
Un hombre mudo.
Extremadamente áspero.
Gesticulaba lleno de emoción y señalaba hacia un estanque. Saltaba y temblaba de alegría. Y emitía unos sonidos ininteligibles que, pese a su mirada de júbilo, pese a su sonrisa dulcificada, resultaban atroces.
Me acerqué y vi lo que el hombre mudo señalaba: unas diminutas crías de pez carpa nadaban nerviosamente al lado de otro más grande. Aquel hombre, en su infinita imposibilidad, se sentía sobrecogido ante la milagrosa contundencia de la vida. Y su incapacidad de decir algo, su abrumadora impotencia era, en ese instante, lo más próximo al misterio de la belleza y la bondad.
