Tenemos memoria asociativa. Las diferentes temporadas del año evocan recuerdos de otra época que inducen comportamientos particulares. Estas fechas que coinciden siempre con el inicio de la cuaresma católica y del Año Nuevo chino tienen diferente significado para diferentes culturas alrededor del mundo.
Ambas son invitaciones a considerarse ritos de pasaje por medio de los que damos saltos evolutivos a partir de decisiones que tomamos con intenciones específicas de cambio en nuestras vidas.
En eso se parecen mucho a la gestión de talento que consiste en la toma de decisiones para alejarse de escenarios indeseables y acercarse a escenarios deseables en el futuro.
Todo cambio implica un costo. El costo de oportunidad de tomar una decisión es todo lo demás que queda por fuera de ella. Eso convierte a estos ritos de pasaje en oportunidades para enfocarse, con alta intensidad y claridad, en transformaciones que queremos activar. Además, son ocasiones que invocan el sacrificio. Esto es, un esfuerzo que tiene condición sagrada, en particular cuando se hace como parte de colectividades culturales de religión o de fe.
Al hablar de sacrificio es inevitable pensar en el estoicismo, esa filosofía de vida milenaria de algunos grandes pensadores de la Grecia antigua y que hoy se ha vuelto a poner de moda. El estoicismo invita a la privación de varios placeres efímeros de la vida, al desapego de muchos bienes materiales y a dejar atrás la escasez en la que piensa quien es mezquino o egoísta con lo que tiene. El estoicismo opera, de manera paradójica, desde la abundancia del quehacer humano y sus capacidades.
Podríamos pensar que estos episodios anuales son hábitos colectivos de preparación, conversión y purificación. Lo mismo aplica para el hábito diario de meditación a primera hora de la mañana, antes de que empiecen a cantar los pájaros y antes de que la noche deje de serlo. Prepararse para el día, tomar decisiones vitales y purificar nuestras intenciones es un rito íntimo que podemos practicar siempre.
Es inevitable, en este discurrir, mencionar a la inteligencia artificial. Por 50.000 años hemos utilizado el lenguaje para comprimir nuestra imaginación, comunicarla y divulgarla a otros, quienes la descomprimirán y reinterpretarán en su imaginación para ir forjando entendimientos entre los seres humanos. Sin embargo, a la velocidad a la que avanza la tecnología de interpretación de ondas cerebrales cuando pensamos y luego interpretada de manera directa por la inteligencia artificial, podríamos afirmar que estamos a meses de que el uso que hemos hecho del lenguaje a lo largo de todos estos milenios resulte secundario o sea superado por la tecnología.
Mientras tanto, la neurociencia nos está permitiendo descubrir cómo evoluciona nuestro cerebro de manera orgánica, natural, a velocidad exponencial, cada vez que tenemos la intención de hacer un esfuerzo más allá de lo planeado. Eso estimula nuevas sinapsis neuronales y enriquece nuestra cognición. Es lo que hemos conocido por décadas como “correr la milla extra”. Es justo lo contrario a lo que sucede cuando usamos de manera habitual herramientas con inteligencia artificial, que degrada nuestra cognición.
Escuche el episodio 306 de Diálogos con Álvaro Cedeño titulado “La milla extra”.
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