Imagen principal del artículo: Política: una experiencia que te cambia para siempre

Política: una experiencia que te cambia para siempre

Participar en política es, ante todo, un acto de valentía.

No por el escenario, ni por el micrófono, ni por la foto del día de elecciones. Es valiente porque implica exponerse, sostener convicciones frente al escrutinio público y caminar con firmeza incluso cuando el ruido se vuelve abrumador. Implica aceptar que habrá críticas injustas, malentendidos y cansancio real. Pero también implica algo mucho más importante: descubrir que la política —bien entendida— es una forma legítima y poderosa de servir a los demás.

Durante el pasado proceso electoral confirmé algo esencial: Costa Rica vale la pena. No como frase romántica, sino como verdad profunda. A pesar de la frustración colectiva, del desgaste y del desencanto, hay un país lleno de gente buena, trabajadora y valiente que no se resigna al inmovilismo, que no acepta vivir en un Estado lento, caro e ineficiente, y que sigue creyendo que los problemas crónicos pueden resolverse.

Esa es la Costa Rica que yo vi. Y por esa Costa Rica vale la pena meterse en política.

Una campaña es un espejo

Yo no soy una persona que se sienta cómoda con las cámaras.

Soy de escribir, de ordenar ideas; de procesar en silencio y convertir pensamientos en palabras —y en acciones—. Pero cuando decidís participar en política, esa comodidad se acaba. Tenés que aprender a comunicar de otra manera. Tenés que dar la cara todos los días: estés cansada o no, tengás ganas o no. Tenés que sostener tu mensaje incluso cuando no tenés energía, o cuando preferirías quedarte en la calma de lo privado.

Y ahí ocurre algo que nadie te cuenta: la campaña se convierte en un espejo.

Te obliga a preguntarte constantemente para qué estás ahí. Te enfrenta a tu paciencia. A tu ego. A tu tolerancia frente al ataque fácil y la simplificación. Te exige sostener el rumbo cuando la conversación pública se vuelve emocional, agresiva o superficial.

Pero también tiene un lado luminoso: te devuelve la fe en las personas. Te muestra que, detrás de la apatía aparente, hay muchísima gente que está esperando algo distinto. Gente que quiere soluciones, sensatez y que el país funcione.

Lo que nadie ve desde afuera

Desde lejos, la política parece un espectáculo. Desde adentro, se vive como una exposición constante: la gente opina, interpreta, exige y juzga, muchas veces sin conocer el contexto completo.

En medio de eso, se vuelve imposible no ver algo que como ciudadanía a veces olvidamos: aspirar a un cargo público con seriedad exige sacrificio real.

Puede gustarnos o no una candidatura. Podemos coincidir o discrepar con sus ideas. Pero hay algo que debería unirnos en lo básico: quienes se lo toman en serio merecen respeto. Porque una democracia sana no puede sostenerse si humillamos o ridiculizamos a toda persona que decide participar.

Costa Rica necesita elevar el nivel de su conversación pública. Y eso empieza por reconocer que involucrarse, en sí mismo, es una decisión que cuesta.

La democracia no se sostiene sola

Costa Rica tiene un privilegio histórico.

Durante años sobresalimos en estabilidad y construcción institucional. Eso no ocurrió por accidente. Ocurrió porque hubo generaciones que pensaron en grande, con visión país, responsabilidad y convicción.

Sin embargo, hoy vivimos un riesgo silencioso: dar por sentada la democracia. Creer que es eterna, que la estabilidad está garantizada y que las instituciones seguirán funcionando aunque la ciudadanía se desconecte.

Pero las democracias no se sostienen solas.

Se deterioran cuando la institucionalidad se desconecta de la gente. Cuando votar se vuelve un trámite automático. Cuando participar se vuelve “cosa de otros”. Cuando exigimos derechos, pero abandonamos responsabilidades. Cuando normalizamos que todo siga igual porque “así es Costa Rica”.

La realidad es que el cambio profundo no se produce por inercia. Se produce cuando una ciudadanía exigente, informada y activa así lo exige.

Lo más valioso: la gente

Si tuviera que resumir lo más valioso que me dejó esta experiencia, no hablaría de eventos ni de resultados. Hablaría de la gente.

Los mensajes. Las conversaciones. El apoyo de personas que no me debían nada. La cantidad de costarricenses que están cansados, sí, pero no derrotados. Personas que entienden que el país necesita reformas estructurales y que seguir defendiendo el statu quo solo garantiza más de lo mismo: más burocracia, más trámites, más encarecimiento y más frustración.

Confirmé que existe una Costa Rica distinta a la que suele dominar titulares. Una Costa Rica silenciosa, pero firme. Una Costa Rica que quiere un Estado más eficiente, más transparente, con instituciones que cumplan su objetivo y con servicios que realmente se traduzcan en bienestar.

Esa Costa Rica existe. Y no es minoría.

Esto era un cambio de escenario

El resultado electoral no me coloca hoy en la Asamblea Legislativa.

Pero reducir una campaña a “ganar o perder” es un error. Porque participar en política no se trata únicamente de ocupar una silla. Se trata de construir algo más grande y más durable: conversación pública de calidad, ciudadanía informada, exigencia sostenida y una ruta clara hacia reformas reales.

Por eso siempre lo vi de esta manera: como un cambio de escenario.

Hay muchas formas de incidir. Desde un cargo público, sí, pero también desde la educación cívica, la evidencia, los datos, el cuestionamiento responsable y la propuesta concreta.

A mí esta experiencia me dejó algo invaluable: más claridad sobre el rumbo, más convicción sobre la misión y más serenidad frente al futuro. Porque cuando uno entiende que el cambio es un proceso, deja de obsesionarse con un solo momento.

Un mensaje para los jóvenes

Y si este artículo sirviera para una sola cosa, quisiera que fuera para decirle esto a los jóvenes: el país es de ustedes.

No de los partidos.

No de los grupos de presión.

No de quienes llevan décadas administrando el país como si fuera su finca.

Cada vez que ustedes se desconectan de la política, alguien más decide su futuro.

Cada vez que ustedes se resignan, otros se reparten el país.

Cada vez que ustedes creen que “da igual”, la mediocridad gana por default.

Les han repetido demasiadas veces que “todo es igual”, que “nada cambia”, que “no vale la pena”. Les vendieron la idea de que la política solo existe como corrupción, pleito o manipulación.

Y con eso les robaron algo fundamental: la sensación de que este país también les pertenece.

Pero la verdad es otra: la política define su vida quieran o no. Define el costo de la vida, el acceso a oportunidades, la calidad de la educación, el empleo, la seguridad, la vivienda, la capacidad de emprender, la burocracia que te asfixia o te libera.

Entonces no se trata de si te gusta o no. Se trata de si vas a dejar que otros decidan tu futuro sin vos.

Participar no significa necesariamente postularse. Participar puede ser informarse, exigir, preguntar, votar con criterio, fiscalizar, defender la evidencia, proteger la libertad y no caer en el cinismo fácil. También puede ser involucrarse o apoyar iniciativas que se dediquen a eso.

Porque si ustedes no se enamoran de la buena política, alguien más se va a adueñar de ella. Y quienes se adueñan de la política cuando la ciudadanía se desconecta, rara vez construyen futuro: construyen privilegios.

Porque el cambio nunca lo hizo “alguien más”.

El cambio lo hace una generación cuando decide que ya no va a vivir con miedo, con cinismo o con resignación. Cuando entiende que participar no es un lujo: es una responsabilidad.

Hoy no estoy en la Asamblea Legislativa. Pero esto no fue un final.

Sigo en el mismo lugar que antes: empujando reformas, subiendo el nivel de la conversación pública y defendiendo la transparencia como base de una sociedad funcional, desde Primera Línea.

Y ojalá cada vez seamos más.