Muchos costarricenses despertamos el lunes con el trago amargo de una realidad dolorosa. No se trata únicamente de la elección de un gobierno que no nos representa, sino de la manifestación tangible de décadas de negligencia política acumulada. Lo que hoy vemos no nació ayer: es la consecuencia directa de abandonos prolongados y de decisiones —y omisiones— sostenidas en el tiempo.
No es momento de señalar con el dedo a una población frustrada y herida. A esa gente, el país —y nosotros como ciudadanía— le fallamos durante años. Fallamos todos. Fallamos cuando creímos que la democracia se defendía únicamente en las urnas cada cuatro años, y no todos los días, alzando la voz frente al irrespeto de nuestros derechos. Fallamos cuando observamos el abandono sistemático de las zonas costeras, de los agricultores y de las poblaciones en condición de vulnerabilidad, mientras las brechas sociales se profundizaban, y decidimos mirar hacia otro lado.
Hoy nos toca enfrentar una verdad incómoda: somos testigos y cómplices de un gobierno que se vale de ese dolor para hacer propaganda. Un gobierno que, en lugar de construir país, lo fractura mediante discursos de odio y polarización.
Hoy duele porque, aun reconociendo que Costa Rica siempre ha tenido fallas estructurales, estamos presenciando un punto de inflexión peligroso: el paso de una ciudadanía con criterio propio a una que deposita su confianza ciegamente en un gobierno que se burla abiertamente de nuestra capacidad de raciocinio. Un gobierno que subestima tanto la inteligencia del país que ni siquiera considera necesario presentar una candidatura dispuesta a debatir ideas. Un gobierno que nos priva deliberadamente de formarnos nuestro propio criterio sobre las propuestas del Estado.
Es cierto que el país necesita cambios. Sin embargo, lo que el domingo quedó reflejado en las urnas fue la frustración de un pueblo herido y abandonado. Como respuesta a ese abandono, se eligió un camino marcado por la confrontación, el insulto y el pachuquismo. Hoy vemos los resultados de años de escasa inversión en educación: un pueblo que ya no aspira a emprender ni a superarse, sino que responde a gobernantes que lo desprestigian. Gobernantes que parecen creer que el futuro del tico está más cerca del narcotráfico que de la ciencia; gobernantes cuya sola presencia en el poder simboliza el machismo.
Hoy, tristemente, vemos triunfar a quienes se aprovecharon de ese daño, de ese abandono y de esos resentimientos para incitar discursos de odio. Vemos llegar al poder a quienes se autoproclaman “justicieros” de la democracia, mientras atentan contra ella desde sus propias palabras.
Y entonces surgen preguntas inevitables:
- ¿Con qué autoridad moral vamos a hablar de una reforma judicial habiendo elegido diputados con múltiples denuncias penales?
- ¿Cómo pretendemos convencer al pueblo costarricense de que quienes gobiernan buscan el bien común, cuando el liderazgo recae en figuras como José Miguel Villalobos?
- ¿Cómo le decimos a las niñas de este país que viven en un Estado que protege su seguridad y sus oportunidades, cuando el primer diputado por Alajuela del oficialismo ha sido defensor de violaciones y relaciones impropias?
- ¿Cómo hablamos de un futuro basado en la educación cuando la jerarca de Educación ni siquiera se dignó a presentar una ruta educativa clara? Sí, la crisis educativa no comenzó los últimos cuatro años, pero hoy se eligió a un gobierno que, en lugar de apostar por la superación, instrumentalizó esos fracasos para justificar los propios.
¿Que el país necesita cambios? Indudablemente.
Hoy solo queda esperar que la mayoría electa democráticamente gobierne pensando en el bienestar de toda la población, y que abandone el discurso de revancha para adoptar uno verdaderamente conciliador.
Esperemos también que la oposición actúe con responsabilidad, justicia y compromiso, y que trabaje por las reformas profundas y necesarias que Costa Rica claramente requiere.
