“Ahí va una persona de la más alta integridad moral”, dijo el profesor Antonio de su colega Koen De Feyter. El profesor De Feyter fue uno de esos profesores-activistas que investigan, dan clases, tutorías, llevan a puerto seguro maestrías y doctorados y, al final del día, salen de la universidad en bicicleta. Personas enamoradas de la docencia y de la investigación: lo que estudian lo enseñan, lo publican, lo discuten y amplían su disciplina. Algunos, tras mucho estudiar, deciden que dar clases no basta y toman partido.
De Feyter fue uno de ellos. Especialista en derecho internacional público y en derechos humanos, fue un ardiente pro-palestino (quien sabe de verdad de derechos humanos suele serlo. Ça va de soi). Veía la pobreza como una violación de derechos fundamentales y fue uno de los impulsores del derecho al desarrollo en la Organización de las Naciones Unidas.
En tiempos en que la inmoralidad parece normalizarse, vale la pena detenerse en lo contrario. ¿Qué significa tener integridad moral? ¿Por qué importa?
Integridad es la coherencia entre lo que pensamos, decimos y hacemos, incluso cuando nadie nos mira o cuando actuar correctamente tiene un costo. Es sostener principios de manera consistente (no solo cuando conviene), y muchas veces tiene un precio: la whistleblower que denuncia prácticas indebidas en su trabajo; la abogada que defiende a una mujer acosada y termina despedida precisamente por hacer lo correcto.
La vida social descansa en la confianza. Sin ella, no hay credibilidad ni instituciones que funcionen. Esa confianza es lo que nos permite convivir, incluso entre desconocidos. Cuando se rompe, algo también se quiebra. La mentira, la corrupción o el abuso no solo producen daño material; producen una sensación de engaño, de que alguien puso su interés por encima del bien común o de la dignidad ajena. Lo que incomoda no es solo el acto, sino la indiferencia frente a sus consecuencias.
El compás moral rara vez se pierde de golpe: se pierde normalizando pequeñas faltas, justificando excepciones “por esta vez”, aceptando que lo incorrecto se vuelva rutina. Y no solo lo pierden los individuos. Los países también pueden hacerlo. En los últimos cuatro años, Costa Rica ha cruzado esa línea: que el ministro de Comercio, Manuel Tovar, decida abrir una oficina de Procomer en Israel - y hacerlo en Jerusalén- es aliarse con un gobierno genocida. Tiene implicaciones políticas y morales que contradicen la tradición pacifista y los valores que el país suele invocar.
¿Y cómo recuperar el compás moral?
Comenzar por no disfrazar con eufemismos: no llamar “estrategia” a una trampa, “viveza” a la corrupción ni “pragmatismo” a un acto de cobardía. Seguir por algo mínimo: decir “no” cuando sería más fácil asentir. Al “No”, Saramago lo llamaba “un acto revolucionario”. En otras palabras, resistir con coherencia para que, cuando pasemos, alguien pueda decir “ahí va una persona de la más alta integridad moral”, no como adorno retórico, sino como medida de un comportamiento que hace posible una convivencia digna.
“Ahí va una persona de la más alta integridad moral”.
Al profesor De Feyter se lo dijeron.
A Manuel Tovar, nunca se lo dirán.
