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El ritmo de la máquina

En la película Tiempos Modernos de Charles Chaplin, el protagonista aparece atrapado en la línea de producción de una fábrica que nunca se detiene. Su tarea parecía simple: apretar tuercas una y otra vez al ritmo de una máquina que nunca desaceleraba. El ritmo no lo decidía el trabajador, sino los engranajes. Esta producción se convirtió en una crítica a la deshumanización del trabajo industrial.

Tres décadas y media después de Chaplin, el cine volvió sobre la misma problemática con un tono muy distinto. Si Chaplin criticó el trabajo industrial desde la comedia, La clase obrera va al paraíso abordó el desgaste físico y mental del trabajador con un enfoque mucho más crudo. Entre una película y la otra hay un cambio de tono, pero no de pregunta: ¿qué le ocurre a una persona cuando el trabajo empieza a organizarse únicamente alrededor de la producción?

La ironía es que, en pleno 2026, esa pregunta vuelve a aparecer en discusiones muy actuales. Algunos debates sobre la organización del trabajo parecen acercarnos más a esos “tiempos antiguos” que a los modernos que el progreso promete.

El debate sobre la jornada laboral 4x3 en Costa Rica se ha presentado principalmente como una herramienta para mejorar la competitividad del país, atraer y retener inversión extranjera y generar más puestos de trabajo. Sin embargo, el trabajo no es solo una variable económica. También es un elemento que define el diario vivir de las personas. Aun así, la discusión pública se ha concentrado principalmente en estos posibles beneficios económicos, dejando en segundo plano una pregunta fundamental: ¿cómo impacta este esquema horario la vida de las personas trabajadoras?

Un tema no tan moderno

Las jornadas de doce horas diarias no son nuevas. En sectores como la construcción, el transporte, la logística o la seguridad patrimonial se han normalizado desde hace años. En muchos casos, se dan en ciclos extenuantes de 10 días de trabajo continuos por 4 libres (10x4), o incluso 11x3 y 12x2. Estas jornadas se sostienen mediante el uso sistemático de horas extraordinarias o mediante arreglos contractuales que se encuentran fuera del espíritu de la legislación laboral costarricense.

Los datos del Programa Estado de La Nación muestran que una parte de la población trabajadora enfrenta condiciones laborales inapropiadas desde hace décadas. En el 2014, se estimó que un 6,2% de los trabajadores asalariados laboraba más de 72 horas por semana. Diversos estudios posteriores sobre la calidad del empleo siguen revelando brechas estructurales en las condiciones laborales del país, especialmente en sectores con menor estabilidad laboral o menor capacidad de fiscalización.

En otras palabras, Chaplin puede haber filmado su largometraje en blanco y negro hace casi un siglo, pero algunos engranajes del mundo laboral siguen funcionando con el mismo mecanismo. En distintos sectores de la economía, el reloj laboral se mueve desde hace tiempo al ritmo de jornadas extensas, como si alguien hubiera dejado la palanca de la fábrica atascada en la posición de “entre más horas, mejor”. En La clase obrera va al paraíso esa lógica aparece con crudeza: la máquina nunca es lo suficientemente rápida y siempre existe una forma de pedirle al trabajador un poco más.

Entonces, antes de discutir si el país debe permitir legalmente jornadas ordinarias de doce horas, conviene reconocer algo incómodo: en algunos sectores ya existen desde hace tiempo. Por eso, la verdadera pregunta es cómo evitar que estas modalidades profundicen los problemas que ya existen en materia de derechos laborales, calidad del empleo, salud y seguridad en el trabajo.

Entre engranajes

La jornada laboral no empieza ni termina en el centro de trabajo. También incluye los desplazamientos diarios, que en Costa Rica representan un problema creciente. El Informe Estado de la Nación ha señalado la problemática que los congestionamientos viales representan en la vida de los ciudadanos. Cada año se reportan miles de atascos que incluso alcanzan varios kilómetros y pueden extender los viajes hasta cuatro horas adicionales. Esto representa hasta dieciséis horas fuera del hogar.

Uno de los criterios para evaluar el desarrollo humano sostenible en Costa Rica, es la existencia de jornadas que permitan compatibilizar el empleo con otras actividades de la vida, como el ocio, el desarrollo personal, el descanso y la recuperación física y mental. Bajo esquemas de jornadas tan extensas, el tiempo disponible para cumplir con ese objetivo se reduce drásticamente. Cuando el día queda ocupado casi por completo por el trabajo, el resto de la vida empieza a parecer un breve intermedio entre dos escenas de una película.

En Tiempos Modernos, hay una escena particularmente reveladora: una empresa presenta una máquina diseñada para alimentar al trabajador automáticamente mientras sigue trabajando. La promesa es la eficiencia. El resultado es un desastre cómico: la máquina se descontrola y gira demasiado rápido, el maíz golpea la cara del obrero, la sopa se derrama, y todo termina fuera de control. La escena provoca risa, pero la idea detrás es clara: el trabajador termina adaptándose a la máquina, y no al revés.

En la película, Chaplin termina literalmente atrapado dentro de los engranajes de la máquina. En la vida real no hay cámaras ni música de fondo, pero el cansancio puede tener un efecto parecido. En La clase obrera va al paraíso, esa lógica aparece sin humor: el ritmo frenético de producción termina pasando factura cuando el protagonista pierde un dedo en la maquinaria después de intentar seguir la velocidad de la fábrica. La escena es dura, pero recuerda algo evidente: cuando la velocidad del trabajo aumenta, el límite es el propio cuerpo.

El debate político suele presentar la jornada 4x3 como un beneficio evidente: tres días libres consecutivos. Pero el cuerpo humano no funciona como un banco de horas. Diversos estudios han encontrado que los turnos de doce horas aumentan la fatiga, disminuyen la lucidez mental, elevan el riesgo de enfermedades cardiovasculares, deterioran la salud mental y pueden incrementar hasta en un 30% la probabilidad de accidentes laborales, especialmente en tareas críticas como la operación de maquinaria, la conducción de vehículos o el trabajo en altura. El problema no es únicamente cuántos días se descansa después, sino qué ocurre durante esas largas horas de trabajo. Cuando el tiempo frente a la máquina se estira demasiado, el margen para el error empieza a reducirse peligrosamente.

La transformación del mundo del trabajo es inevitable y la legislación laboral debe adaptarse a nuevas realidades productivas. Pero esa adaptación no debería implicar un deterioro del bienestar de las personas trabajadoras. La propuesta plantea también que la adopción de estas jornadas sería voluntaria. Sin embargo, surge una pregunta inevitable: ¿qué tan libre puede ser una decisión cuando el acceso al empleo depende de aceptarla? Cuando la alternativa es quedarse fuera de la fábrica, la capacidad de decidir se parece demasiado a resignarse y aceptar el ritmo de la máquina.