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Nombrar mal también es agredir

Como musulmana costarricense, no puedo guardar silencio ante el reciente comunicado del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto.

Lo que para algunos puede parecer un detalle menor, para millones de personas es una herida profunda: vincular, aunque sea de forma implícita, el sagrado mes de Ramadán con escenarios de violencia es una grave falta de precisión y sensibilidad.

El Ramadán no es guerra. El islam no es violencia. El Ramadán es ayuno, es autocontrol, es compasión, es paz. Es el momento más sagrado del año para quienes buscamos ser mejores seres humanos.

Asociarlo con conflictos armados no solo desinforma: perpetúa estigmas que históricamente han recaído sobre la comunidad musulmana en todo el mundo.

Costa Rica no es cualquier país. Costa Rica es una nación que abolió su ejército. Costa Rica ha construido su identidad sobre la paz, la neutralidad y el respeto entre pueblos.

Por eso, duele aún más cuando desde sus propias instituciones se emiten mensajes que, aunque sea de forma indirecta, reproducen narrativas que confunden religión con violencia.

En tiempos de crisis internacional, el lenguaje no es neutral.Las palabras construyen realidades, pero también pueden distorsionarlas.

Exijo —como ciudadana y como creyente— mayor responsabilidad, mayor rigor y mayor respeto en la comunicación oficial. No se trata de susceptibilidad: se trata de verdad, de dignidad y de justicia.

Ser un país de paz no es solo una declaración histórica. Es una responsabilidad diaria.

Y esa responsabilidad empieza por no señalar, no confundir y no herir a quienes vivimos nuestra fe desde la paz.

Porque la paz también se defiende. Incluso —y sobre todo— en las palabras.