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Senderos de la angustia

Hace un par de semanas asistí a la presentación de un libro. Entre las intervenciones del público, alguien mencionó el Seminario de la angustia de Lacan. La referencia me condujo a recordar un curso que llevé en la UCR, donde explorábamos el psicoanálisis —en su mayoría freudiano— aplicado a los textos literarios. Y así, casi sin proponérmelo, dos figuras se levantaron en el horizonte de mis lecturas: Freud y Lacan, colosos que invitan a pensar la experiencia humana desde ángulos distintos, pero igualmente fascinantes.

Dos rostros de la angustia

En algún momento de nuestras vidas hemos sentido angustia: un familiar enfermo, la sensación de no estar del todo preparados para un examen, o el famoso “tenemos que hablar” que se nos sentencia en un noviazgo. Son escenarios que todos hemos experimentado y que, con el paso del tiempo, al mirarlos en retrospectiva, pierden su matiz de aflicción y hasta nos arrancan una sonrisa. Pero más allá de estas vivencias cotidianas, surge la pregunta: ¿qué nos dice Lacan sobre la angustia que atraviesa nuestras vidas?

Según el psiquiatra y psicoanalista francés, Jacques Lacan, “La angustia no es lo que nos sofoca, es lo que a ustedes los pone a prueba en todo momento”. Con esta afirmación, Lacan desplaza la idea común de la angustia como simple malestar y la convierte en un afecto que revela algo esencial del sujeto.

El escritor David Andrés Vargas Castro señala que Lacan concebía dos rostros de la angustia: uno que se disfraza, confundido con otros afectos o con el fantasma que nos envuelve, y otro que se revela sin mediaciones, obligándonos a enfrentar lo real. En esa tensión, la angustia se convierte en un afecto universal que todos hemos experimentado, aunque nunca de la misma manera.

En la vida diaria solemos reducir la angustia a un estado uniforme, como si se tratara de un malestar pasajero. Lacan, en cambio, la despliega con mayor complejidad. En su célebre Seminario de la angustia reunió múltiples casos y reflexiones que muestran cómo este afecto no es simplemente un síntoma, sino una señal que nos confronta y también con el que luchamos a cada instante.

Para comprender mejor esta dualidad de concepciones sobre la angustia, retomemos lo que afirma José David Vargas: Lacan “distingue entre la angustia realista y la angustia neurótica, que son articuladas, respectivamente, con el peligro realista y el peligro neurótico”. Vargas aclara que el peligro realista es aquel del que tomamos noticia y frente al cual nos angustiamos por su carácter evidente. En cambio, el peligro neurótico es un peligro del que no tenemos noticia, un peligro pulsional, invisible, que se manifiesta en la angustia sin que podamos señalar un objeto concreto.

Para compararlo con vivencias cotidianas, la angustia realista surge de aquello que podemos prever o incluso controlar. Sabemos, por ejemplo, que es más probable exponernos a un daño si salimos a altas horas de la noche hacia un lugar desconocido; por ello, en la medida de lo posible, evitamos esa circunstancia. En cambio, el peligro pulsional aparece sin aviso, como en el caso de un secuestro: nadie nos pedirá permiso para arrebatarnos la libertad. Es precisamente en esa irrupción inesperada donde Lacan sitúa el peligro neurótico, que desborda cualquier previsión y nos confronta con lo real.

Trataré, tal como hice con Lacan, de esbozar lo que la angustia significaba para otro gran estudioso de la conducta humana y de los pensamientos de pacientes de su tiempo, cuya obra sigue perdurando hasta nuestros días: el incomparable Sigmund Freud.

Freud frente al misterio de la angustia

Según el profesor José Guillermo Martínez Verdú, Freud —predecesor de Lacan— “considera a la angustia como la transformación de la excitación sexual acumulada y no satisfecha: la libido no satisfecha produce un monto de excitación que, al no ser descargado, se transforma directamente en angustia”. Como se puede observar, las nociones sobre un mismo sentimiento no son parecidas: en Freud, la angustia se sitúa en un ámbito sexual, más concretamente en la acumulación de la excitación no resuelta; en cambio, Lacan se decanta por distinguir la angustia como una entidad que podría o no ser engañosa para nuestros sentidos. Dos miradas distintas sobre un mismo afecto, que revelan la riqueza y complejidad de pensar lo humano.

Aplicado a nuestras vivencias diarias, quizá esa visión de la angustia como un correlato de la sexualidad acumulada podría reflejarse en situaciones como el celibato prolongado o la desesperación que surge cuando no es posible consumar relaciones sexuales durante largo tiempo. No hablo desde la medicina ni desde la clínica, sino desde el empirismo de la vida cotidiana: experiencias que muestran cómo Freud vinculaba la angustia con la energía libidinal que no encuentra salida.

No obstante, el mismo José Guillermo Martínez señala que, tiempo después, Freud reformuló sus tesis sobre la angustia. Explica que, tras definirla como un estado afectivo, la vinculó al nacimiento como el suceso que deja una huella imborrable en el cuerpo: influencias sobre la respiración, el corazón y la vida psíquica. A partir de ahí, distinguió entre dos grandes formas: la angustia real, que surge ante un peligro externo, y la angustia neurótica, más enigmática e inadecuada. Esta última la observaba en tres modalidades:

  1. Angustia flotante o expectante, propia de la neurosis de angustia.
  2. Angustia vinculada a representaciones fijas, como en las fobias.
  3. Angustia acompañante, que se presenta junto a síntomas o como estados más duraderos, en la histeria y otras neurosis.

Como se mencionó líneas arriba, Lacan se apoyó más en esta postura de Freud y no tanto en la primera, vinculada a la urgencia sexual.

Posteriormente, Freud profundizó en sus conclusiones sobre la angustia. Según lo expuesto por José Guillermo Martínez Verdú, afirmó que el yo es la única sede de la angustia, y distinguió tres clases:

  • La angustia real, vinculada al daño temido del mundo exterior.
  • La angustia neurótica, enigmática e inadecuada, ligada al ello.
  • La angustia de la conciencia moral, relacionada con el superyo.

Todas estas formas, en el fondo, repiten la situación primitiva del nacimiento, entendido como la primera separación traumática de la madre. Freud se preguntaba entonces qué es realmente lo peligroso, y respondía con su hipótesis del factor traumático: lo temido, el objeto de la angustia, es siempre la aparición de un instante que no puede ser procesado bajo las normas del principio del placer.

Es relevante acotar que, de acuerdo con las teorías freudianas, el principio del placer, tal como lo recoge la Encyclopaedia Herder, es “un principio entendido como rector de los actos que tienden a la consecución del placer o, mejor dicho, al alejamiento del dolor o displacer”. Esto implica que no debe asociarse únicamente con la voluptuosidad, sino más bien con la tendencia a apartarse del sufrimiento, que se manifiesta como displacer.

Si bien es cierto que el eje temático que he pretendido abordar ha sido un solo sentimiento —el de la angustia—, es innegable que tanto Freud como Lacan han expuesto concepciones distintas en torno a esta afección. Además, es toda una realidad que la angustia no se experimenta únicamente en ámbitos cotidianos, sino también en obras artísticas: pensemos en películas como Psicosis de Hitchcock o The Exorcist de William Friedkin.

Dialogando entre la angustia y lo ominoso

Del mismo modo, la literatura ha ofrecido claves esenciales para comprender la angustia y lo ominoso (Unheimlich, según Freud). En El hombre de arena de E.T.A. Hoffmann, la figura del autómata y la amenaza de perder los ojos revelan el terror de lo inasible. En La metamorfosis de Kafka, la transformación de Gregorio Samsa encarna la angustia existencial y el rechazo familiar. Poe, en “El corazón delator”, convierte la culpa en un tormento insoportable, mientras Cortázar, en “Casa tomada”, nos enfrenta a la invasión inexplicable de lo íntimo; asimismo Borges, en “El Aleph”, nos conduce a la paradoja de contemplar el infinito en un punto, experiencia que desborda lo humano y se convierte en vértigo ontológico.

De esta manera, tanto en la teoría psicoanalítica como en la creación artística, la angustia se manifiesta como un afecto que desborda lo personal y se convierte en símbolo cultural. Es un sentimiento que, lejos de ser mero malestar, se erige como espejo de nuestra fragilidad y como recordatorio de que lo ominoso habita tanto en la vida cotidiana como en los senderos del arte.