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Carta sobre volver a casa

Hace poco tuvimos la oportunidad de ver el despegue hacia la luna y, sobre todo, el regreso de la tripulación a la Tierra — según entiendo, la parte más peligrosa del viaje—. La verdad, de astrofísica no tengo ni una mínima idea, pero me pareció interesante que esta sea la parte más delicada. Volver.

Pienso lo difícil que puede ser regresar a la casa, a la tierra, al territorio. Después de un viaje transformador, tal vez con heridas, después del crecimiento o el no reconocerse. O incluso de no conocer el territorio al que se vuelve. Para quienes viajaban a la luna, regresar a la Tierra era lo más peligroso; para algunas personas, tal vez es lo más doloroso.

Mientras una tripulación “del norte” sale en camino hacia la luna, pienso en el contexto de regresar, donde, al mismo tiempo, se siguen proclamando y agudizando disputas por los territorios. La casa, el hogar, la tierra, el cuerpo. ¿Cómo se regresa cuando no existe donde volver?

Este es un nudo que no tengo resuelto, porque no lo entiendo. No quiero entender sobre el genocidio, la guerra ni las armas. Tampoco sobre el abuso de los bienes comunes naturales ni el despojo histórico. No lo entiendo, y no lo quisiera entender. No me parece justo.

Es que la tierra-territorio se me parece más a un hogar que a una pertenencia. Se habita más que se coloniza. Se sostiene no desde la extracción, sino del cuidado y lo común. Yo también quisiera volver a mi casa, aunque me duela y digan que ya no es mía.

Volver a la Tierra es una práctica que deberíamos seguir exigiendo para todas las personas que habitamos este mundo —ráfaga minúscula de luz en el espacio—. El cuerpo, la vida, la casa: recuperar, reconocer y habitar la tierra, el territorio.

Tal vez volver siempre tenga algo de riesgo. Pero aun así, sigo queriendo creer que la tierra puede ser un lugar al que se regresa con miedo, pero con esperanza. Un lugar que, incluso roto, puede volver a crecer.