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Costa Rica frente al espejo ambiental

Cada 22 de abril conmemoramos el Día Internacional de la Tierra. Más que una fecha simbólica, debería ser una invitación a mirarnos al espejo con honestidad.

Costa Rica logró revertir la deforestación, recuperar cobertura boscosa y consolidar un sistema de áreas protegidas reconocido internacionalmente. Estos avances no son menores: la recuperación del bosque fortaleció la capacidad del país para actuar como sumidero de carbono. Entre 2002 y 2019, el balance de carbono forestal fue positivo y las emisiones asociadas al cambio de uso del suelo se redujeron drásticamente, pasando de cerca de 13 millones de toneladas de CO₂ equivalente en 1986 a apenas 1,1 millones en 2019, el nivel más bajo registrado.

Este desempeño explica por qué Costa Rica tiene voz y liderazgo en foros multilaterales. Sin embargo, los logros pasados, además de darnos ánimos para seguir adelante con esperanza, no deberían impedirnos reconocer una tendencia preocupante que avanza en paralelo.

Mientras protegemos más bosque, nuestra huella ecológica sigue aumentando. Este indicador mide cuánta naturaleza se requiere para sostener el estilo de vida de una población, considerando el consumo de energía, alimentos, materiales y la capacidad del ambiente para absorber residuos. La última vez que Costa Rica mantuvo una relación equilibrada, es decir, cuando la demanda humana equivalía prácticamente a una “Costa Rica”, fue en 1983. Desde entonces, la presión ambiental crece, y en el último dato calculado por el Global Footprint Network indica que para el 2024 se alcanzó 1,6 “Costa Ricas”. En la práctica, esto significa que vivimos como si dispusiéramos de más territorio y más ecosistemas de los que realmente existen, trasladando los costos ambientales a otros territorios o hipotecando el nuestro para las futuras generaciones, muchas veces de forma irreversible.

Esta contradicción está estrechamente vinculada a una idea profundamente arraigada: que crecer económicamente es, por sí mismo, sinónimo de bienestar. Sin embargo, incluso tasas de crecimiento aparentemente moderadas esconden implicaciones profundas. Un crecimiento económico del 3% anual implica duplicar el tamaño de la economía en poco más de dos décadas. Duplicar la economía significa duplicar —o al menos aumentar significativamente— el uso de energía, materiales y la generación de residuos, algo difícilmente compatible con un planeta con límites físicos claros.

Además, el crecimiento económico no garantiza ni mayor bienestar, ni mayor felicidad, ni reducción de la pobreza cuando las desigualdades no se atienden. A nivel global abundan ejemplos de economías que crecen mientras aumentan la concentración de la riqueza, la precarización del trabajo y la exclusión social. En esos contextos, el crecimiento económico puede coexistir con malestar social y deterioro ambiental.

A esta discusión se suma otra paradoja menos visible, pero clave para Costa Rica. Entre 1999 y 2019, la cobertura forestal del país aumentó en aproximadamente un 26%, pero durante ese mismo período la producción legal de madera proveniente de manejo forestal sostenible cayó a niveles mínimos. El resultado ha sido un efecto rebote ambiental, ya que al dejar de producir madera —un material renovable, de baja huella de carbono y que podría producirse sosteniblemente a perpetuidad—, hemos incrementado la importación de materiales como acero, hierro y plástico, cuya producción genera altas emisiones de gases de efecto invernadero.

Esta situación no es casual. Los costos (externalidades) ambientales y sociales siguen sin reflejarse en los precios. A ello se suma una percepción instalada en el imaginario público que equipara el uso de la madera con la deforestación, ignorando el papel del manejo forestal sostenible y de la certificación como mecanismo de trasparencia y trazabilidad. Finalmente, un marco regulatorio ambiental denso y fragmentado, la persistencia de códigos de construcción desactualizados y la limitada incorporación de innovación en el uso de la madera han dificultado aprovechar su potencial ambiental y productivo.

En el fondo, la economía no está separada de la naturaleza y tiene límites. Si seguimos creciendo a partir de más consumo y sin atender la desigualdad, la presión ambiental seguirá aumentando, incluso en países como Costa Rica.

Cambiar esta trayectoria implica revisar qué producimos, cómo lo producimos, qué materiales usamos y qué entendemos por progreso. Implica reconocer que la eficiencia tecnológica no basta y que el bienestar no puede medirse únicamente por cuánto crece la economía.

Este Día de la Tierra, la invitación es sencilla, pero incómoda: volver a mirarnos al espejo. No solo para celebrar lo que hemos hecho bien, sino para reconocer con honestidad las contradicciones que aún permanecen. Porque proteger la Tierra va más allá de conservar ecosistemas, exige también transformar las ideas que guían nuestra economía. Y ese cambio comienza, inevitablemente, por lo que decidimos ver cuando nos miramos de frente, cuando somos honestos sobre nuestras propias contradicciones.