Repulsión, desagrado y rechazo. Esas tres palabras describen lo que siento hoy al ver que se dejó sin votación la sanción al diputado de Nueva República, Fabricio Alvarado Muñoz.
¿Cómo es posible caer en el absurdo de transmitir que la violencia contra la mujer es secundaria, mientras lo prioritario parece ser cumplir con “favorcitos”?
Puedo entender —aunque no compartir— que se vote en contra de sancionarlo, incluso por los argumentos ilógicos que se expusieron. Lo preocupante es el desconocimiento jurídico que quedó en evidencia al sostener que, si existe una causa penal abierta, no puede haber sanción en sede administrativa. Dicho de forma simple: que un caso esté en los Tribunales de Justicia no impide que la Asamblea Legislativa de Costa Rica ejerza sus potestades disciplinarias.
Pero, más allá de eso, lo mínimo exigible es asumir una posición: tener la dignidad de votar. Se puede disentir, se puede votar en contra, se puede defender lo indefendible incluso; lo que no debería ocurrir es evadir la responsabilidad. Negarse a votar no es neutralidad: es una forma de eludir el deber. Y en un tema de esta gravedad, eso no solo resulta cuestionable, sino profundamente indigno.
Más aún cuando varias de las personas que se ausentaron hoy forman parte del movimiento político de la presidenta electa, Laura Fernández Delgado, quien en un debate televisado acusó públicamente al señor Alvarado Muñoz de acoso sexual. Entonces, la pregunta es inevitable para esa bancada oficialista: ¿por qué no tuvieron la decencia de ir a votar hoy? ¿Qué cambió? ¿Cuál es la diferencia entre una postura y otra?
Cuando un día se señala con firmeza y al siguiente se guarda silencio, la coherencia queda en entredicho. Apoyar una denuncia pública implica sostener esa posición con actos, no solo con palabras. De lo contrario, surge una duda incómoda pero legítima: ¿se trató de una convicción real o de un recurso coyuntural para ganar apoyo político?
Me da asco vivir en un país donde las personas encargadas de tomar las decisiones importantes por la patria usan cuestiones tan delicadas como la violencia sexual como un medio para ganar votos. Eso hace pensar: ¿acosar a una mujer es una cuestión mínima? Es un recurso para sacar votos.
Cuando temas tan delicados como la violencia sexual se usan, o parecen usarse, según la conveniencia del momento, el mensaje que se transmite es profundamente peligroso: que no se trata de una convicción, sino de un recurso político. Y eso no solo indigna; también erosiona la confianza en quienes toman decisiones que afectan a todo el país.
Me da vergüenza vivir en un país donde quienes deben dar la cara prefieren callar. Una democracia no se debilita solo por lo que se decide, sino por lo que se evita decidir. Y hoy, lo que se evitó, dice demasiado.
