La situación de la salud mental en el país requiere cambios urgentes en prevención, inversión pública y fortalecimiento del abordaje comunitario, afirman especialistas.
Tras la radiografía de datos que evidencia un aumento sostenido en atenciones por salud mental en Costa Rica y el testimonio que expone las vivencias dentro del sistema público, especialistas consultados coinciden en que el país enfrenta una situación que va más allá de una crisis: se trata de una emergencia compleja, marcada por factores estructurales y una capacidad institucional insuficiente.
La psicóloga y académica de la Universidad Nacional (UNA), Helga Arroyo Araya, lo plantea en términos contundentes: "Como país, afrontamos más que una situación de crisis en salud mental, una de emergencia". Desde su perspectiva, el escenario actual es resultado de problemáticas acumuladas que se vieron intensificadas durante la pandemia:
La pandemia provocada por el COVID-19 potenció las afectaciones ya existentes, situando a la institucionalidad pública en un contexto de desborde ante su atención".
En esa misma línea, el docente e investigador de la Escuela de Psicología de la Universidad de Costa Rica (UCR), Marco Carranza Morales, describe un panorama complejo, atravesado por múltiples factores sociales:
La situación actual en el país es bastante compleja, sobre todo porque hay un aumento en la ola de violencia, tanto a nivel social como a nivel intrafamiliar".
Un problema que trasciende el sistema de salud
Ambos especialistas coinciden en que la salud mental no puede analizarse de forma aislada del contexto social y económico.
Arroyo es enfática al señalar que el debilitamiento institucional incide directamente en la capacidad de respuesta:
El desmantelamiento sistemático del Estado social de derecho, la implementación de políticas neoliberales y la reducción a niveles alarmantes de la inversión estatal social, nos ubican no solo en un escenario precario, sino cruel, para la atención pública de la salud mental".
Carranza, por su parte, insiste en la necesidad de comprender el problema desde su entorno: "No podemos desligar la salud mental del contexto social en que estamos atravesando", afirma, al tiempo que menciona factores como el desempleo, la falta de oportunidades educativas y el costo de vida como elementos que impactan directamente en el bienestar psicológico.
Sistema saturado y atención tardía
En cuanto a la capacidad de respuesta, ambos expertos coinciden en que el sistema público de salud enfrenta limitaciones importantes.
Carranza lo resume de forma directa: "El sistema está saturado, en primer lugar en todos los servicios, pero además en términos de salud mental ya no tiene la capacidad". Entre los principales problemas menciona las largas listas de espera, la falta de especialistas y una atención que muchas veces se centra en síntomas sin abordar las causas.
Asimismo, advierte sobre una tendencia a intervenir cuando la situación ya es crítica:
Muchas veces se espera hasta que la persona ya esté en un nivel claramente identificable de afectación [...] cuando todo eso incluso se pudo haber previsto y abordado desde un nivel más primario".
Esta visión coincide con la necesidad de fortalecer la atención preventiva y comunitaria, un punto en el que ambos especialistas hacen énfasis.
Jóvenes y adultos en edad productiva: entre los más afectados
El impacto de esta situación se refleja con mayor fuerza en personas jóvenes y en la población adulta.
En el caso de las personas jóvenes, Arroyo advierte sobre un deterioro significativo en su bienestar emocional, con manifestaciones como ansiedad, depresión, aislamiento e ideación suicida. En ese contexto, señala:
El debilitamiento del lazo social siempre va a fragilizar el apego a la vida. Estamos viviendo en un contexto de mucha violencia y este escenario está profundizando nuestros sufrimientos".
Carranza complementa este análisis al señalar que la juventud enfrenta un escenario particularmente complejo: "Son las personas que están en este momento lidiando con ese escenario futuro incierto, caótico y poco esperanzador". A esto se suman procesos de exclusión social y falta de acompañamiento.
En el caso de la población adulta, el especialista destaca el peso de las condiciones materiales: "El costo de la vida [...] afecta mucho en términos de las dificultades cada vez más presentes en la subsistencia diaria", lo que se traduce en altos niveles de estrés y afectaciones tanto físicas como mentales.
Prevención y comunidad: claves para el cambio
Ante este panorama, los expertos coinciden en la urgencia de replantear el enfoque del sistema de salud mental, con mayor énfasis en la prevención y el trabajo comunitario.
Arroyo aporta un ejemplo concreto desde el territorio: las Casitas de Escucha, un programa implementado en Talamanca que logró reducir los índices de suicidio. Sin embargo, resalta que estas iniciativas no han tenido continuidad:
Tristemente en este Gobierno todas las Casitas de Escucha del país fueron cerradas, porque no contaron con el apoyo de recursos públicos, pese a que se anunció como estrategia en la Política Nacional de Salud Mental. Tenemos la experiencia de que es posible hacer algo ante la desesperanza. Pero se necesita la voluntad de quienes toman las decisiones en este país".
Carranza, desde la psicología comunitaria, plantea la necesidad de robustecer el primer nivel de atención y articular esfuerzos más allá del sistema de salud: "Propiciar estrategias comunitarias, colectivas, me parece que es una buena apuesta [...] para no tener que esperar a los niveles de salud de segundo o tercer orden que ya están saturados".
Un escenario que exige respuestas urgentes
De no implementarse cambios a corto plazo, ambos especialistas coinciden en que el panorama podría agravarse.
Carranza advierte sobre un deterioro progresivo en la convivencia social: "Cada vez la gente está más estresada [...] se pierde la cordialidad, se han perdido los vínculos", lo que refleja una ruptura en el tejido social.
Arroyo, por su parte, plantea que la respuesta debe ser tanto institucional como colectiva:
Estamos en crisis, sí. Pero no podemos permitir que nos arrebaten la esperanza. Debemos exigir al Estado que cumpla con su responsabilidad, pero también asumir la nuestra: la de construir una país que basa sus relaciones en la justicia, la solidaridad y la reciprocidad, porque es sólo desde estos pilares es que se protege y afirma la vida".
Con esta tercera entrega, la serie evidencia que el aumento en los indicadores de salud mental y las experiencias dentro del sistema no son hechos aislados, sino manifestaciones de una problemática más profunda. El reto, coinciden las voces expertas, no solo pasa por ampliar la atención, sino por transformar las condiciones que sostienen —o deterioran— la salud mental en el país.
