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La democracia de pizarrón de Luis Antonio Sobrado

Ronald Coase, galardonado con el Premio Nobel, acuñó el término blackbord economics para designar la soberbia de los economistas que los motiva a imponer sus modelos al mundo real, relativizando —cuando no ignorando abiertamente— sus complejidades. ‘Imponer’, no entender. Si el modelo es pergeñado como dispositivo heurístico —a modo de guía— para mejor conocer la realidad, es válido e imprescindible, a condición de no perder de vista que se trata solo de un esbozo, una metáfora que aprehende, al tiempo que re-dibuja, los contornos de lo real. Pretender embutir en él un mundo complejo, para no sacrificar su coherencia lógica (¡y estética!), es el pecado capital de todo constructivista. Hegel describía este proceder como idealizaciones de mala infinitud. Más contemporáneamente, Hayek lo calificaba de fatal arrogancia, típica de los planificadores centrales que pretenden saber más y mejor que todos los demás.

Escuché la charla inaugural del ex-magistrado Luis Antonio Sobrado en la UNED, con el objetivo de tener un criterio más claro sobre su posición, que hoy se traslapa con la del TSE.

Sobrado habla con la arrogancia del planificador que tiene la llave para controlar los “demonios” que acechan a la democracia tout court. Valga decir que, si existen ‘ticos con corona’, Sobrado está varios peldaños todavía más arriba. Es más bien una suerte de “virrey”, la persona que ha presidido por mayor tiempo el TSE, de 2007 a 2021, y como magistrado propietario desde 1999.

A pesar de que Sobrado se guinda el letrero de ‘intelectual’ para acreditar su exposición, se comporta, paradójicamente, como un propagandista. Si el Presidente Chaves incurrió en ‘beligerancia política’, no es el tema acá. Por el contrario, sí interesa muchísimo cuestionar la supuesta imparcialidad del Tribunal, a juzgar no solo por su ex-Presidente, sino por su vocero Gustavo Román, alguien que viene directamente del riñón de Sobrado. Para mí es clarísimo que el TSE se extralimitó en sus declaraciones, tomando partido abiertamente contra este gobierno, pero además —a juzgar por lo que dijo Sobrado en la UNED— declarando una anticipada guerra abierta al nuevo gobierno que aún no empieza.

El ex-magistrado insiste en calificar la situación política del país de “deriva autoritaria y populista”. En base a esta retórica, que en boca de Sobrado parece más un ‘juicio estético’ (de gusto) frente a quien preside Zapote, se aventura a hacer tendenciosas pseudo-predicciones de corte apocalíptico sobre lo que puede pasar en los años que tenemos por delante.

Polarización. Sería conveniente iniciar con dos preguntas, en aras de la precisión y la honestidad intelectuales. Primero, si la ‘polarización’ es un fenómeno ajeno a la política, o si es más bien consustancial a ella; segundo, si existen “polarizaciones” éticamente superiores a otras, por decirlo de algún modo.

En torno a la primera cuestión, es evidente que la polarización y el conflicto son parte axial de la ontología de lo político, más allá de lo que piensan los avengers de la ‘democracia deliberativa’, quienes suelen poner la carreta delante de los bueyes. Esto dicho, lo que atormenta a Sobrado es el “estilo polarizante” de Chaves, porque si se tratara de la polarización tal cual, sin adjetivos, debería reconocer que los que iniciaron el fuego (como canta Billy Joel) fueron esos que hoy precisamente se rasgan hipócritamente las vestiduras.

Ese “fuego” que hace hoy sudar a tantos, inició en la historia reciente con el Combo ICE durante la administración de Miguel Ángel Rodríguez (quien portaba la insignia de ser el presidente más ‘neoliberal’ de nuestra historia, hasta que los académicos de la UCR decidieran quitarle la deshonrosa “distinción” y coronar así a Carlos Alvarado). Otra estación en el calor de las ‘polarizaciones’ de la política nacional, fueron las movilizaciones suscitadas por el TLC con Estados Unidos, que a su vez coinciden con el inicio del ascenso del PAC al poder, pero que también brindaron pasarela a figuras como Merino del Río (patriarca de la franquicia política Mora-Villalta), Otto Guevara (quien desde los años 90 sostenía el novedoso, así como controvertido discurso de que Costa Rica había perdido el rumbo a partir de los años 40 del siglo pasado, con el inicio de la ‘aventura estatista’, discurso luego replicado por el PLP, con mucho menor éxito), por no mencionar la figura más conspicua, por recalcitrante, en el escenario de fin y cambio de siglo: el Pontífice de la Moral Pública, Ottón Solís Fallas, cuyo partido —si bien a espaldas de sus dogmas— gobernó durante dos periodos.

Aceptemos que Sobrado es un “intelectual”, pues al fin y al cabo sale gratis la etiqueta, más allá de que su exposición en la UNED resulta pobre y plagada de lugares comunes. Sobrado pertenece a una noblesse de robe que creció al amparo de las élites político-empresariales que hoy se sienten incómodas por el estilo de Chaves. Porque, histerias y mala fe aparte, se trata solo eso: un asunto de estilo.

La nobleza de toga nació, creció y se solazó a la sombra de partidos políticos tradicionales, empresarios-políticos y medios de comunicación hegemónicos; se disciplinó, aprendió de “buenos modales” y asumió con orgullo el lugar de cancerberos del orden establecido.

Respondiendo, pues, a su función asignada, se sobreindignan hoy con las formas, ademanes y recurrencias discursivas del gobierno. Pero, además, se disfrazan de aves de mal agüero y hacen oscuros vaticinios sobre lo que pasará en el mediano plazo en el país de no darse —según rezan— un golpe de timón a la deriva autoritaria del gobierno que finaliza, pero, sobre todo, del que ni siquiera empieza. De burócratas de toga, se desbloban en pitonisos de la desgracia.

Sobrado es miembro y símbolo del establishment de la Segunda República que, con todos sus innegables logros (como lo es el propio TSE), coaguló en consensos inerciales que ahora se sienten incomodados por “asuntos de estilo”, no por hechos reales y tangibles, y, ante todo, porque ven amenazado su ‘prestigio’ ligado al monopolio discursivo de expertos funcionales al status quo.

Las élites de este funcionariado —pagado por encima de sus atestados— han sido históricamente invitadas a sentarse en la mesa del convite que les ofrecen los detentores de los poderes fácticos, reordenados a partir de los acontecimientos que signan el origen de la Segunda República. Azorados de júbilo, estos operarios fueron comisionados por los capataces de la finca para tirar el nivel y fijar las coordenadas de lo que podía discutirse, con quién cabía discutirlo, y, ante todo, sobre las maneras legítimas para ser dignos de ser escuchados. No es de extrañar, pues, que confundieran su función con la de guardianes de una “democracia de los buenos modales”, más exactamente, de una democracia de los consensos administrados. Tampoco es alucinatorio pensar que en este país las cosas aún se arreglan levantando el auricular del teléfono, haciendo una llamadita aquí y otra allá, sea a un magistrado, juez amigo, a algún importante empresario, a un rector universitario o a la cabeza de algún consorcio de medios.

Esto no quiere decir que nuestro Estado de Derecho haya sido solo un espejismo. Simplemente pongo de relieve lo evidente, esto es, la normalidad que crean poderes entrelazados por intereses económicos, la búsqueda de prestigios y la lucha por retener vigencia en los asuntos públicos. Pasa en cualquier sociedad. ¿Por qué no pasaría en un país minúsculo en población y territorio, un verdadero ‘pañuelito’ rodeado de montañas?

Los consensos no son necesariamente ‘malos’. Una sociedad no puede vivir en permanente agitación, aunque la paz y la estabilidad no sean una reliquia en el cajón de la abuela, ni tampoco un punto virgen de partida, sino siempre meta y horizonte abierto, aún al precio de “involucionar” o volver al mismo punto. Sin embargo, también es cierto que todo cambio implica algún reacomodo y transferencia de poder, genera incomodidades, alimenta discursos mentirosos y propicia sobrerreacciones.

En la charla de la UNED, Sobrado no oculta en lo más mínimo su animadversión y antipatía para referirse a la presidente-electa, instigando a adversar su mandato para evitar que su agrupación obtenga un buen resultado en las municipales de medio periodo. Tal cual. Sin embozos. Full Monty.

Todas las apreciaciones de Sobrado, además de demagógicas e infundadas, van en la línea de una ontología estática de lo político. No escatima tampoco en un elitismo disfrazado de rigor analítico, al referirse al electorado que votó la continuidad como “manipulable”, supuesta víctima del deterioro social del “neoliberalismo” (¿?), al que antepone, como esperanza última, la “lucidez democrática” que denomina voto sensato. Además, echa de menos que no tengamos un sistema electoral como el francés, que hubiera obligado a Fernández a ganar por más del 50%, pues habría forzado una segunda ronda, obligándola a debatir, proporcionando así mayor tiempo de coaligarse a la “oposición bienpensante” para vencer a la Bestia Negra.

Pero Sobrado derrapa en contradicción flagrante cuando hace referencia a la polémica entre Carl Schmitt y Hans Kelsen, en torno a la legitimidad constitucional última, la que, a pesar de recaer en último término en el ‘pueblo’, a contrario sensu del decisionismo schmittiano, requiere como garante de validez definitivo a los tribunales constitucionales… ¡justamente a la sabihonda nobleza de toga a la que él mismo pertenece!

El “pueblo real” no puede ser garante de su propia voluntad política si no se ajusta a las características ideales que la escuelita cívica del TSE exige. Dado que el Soberano no se basta a sí mismo en términos de legitimidad democrática, es preciso extraer del “pueblo real” una ‘representación ideal’ (a resguardo del voto popular) capaz de dictaminar el ‘pueblo auténtico’ (el pretendido “voto sensato”) de entre las masas, falibles, manipulables e ignorantes.

Sobrado acusa al gobierno de ser ‘populista’ (tema que a todas luces no conoce), para incurrir en todo lo que hacen los denostados “populismos”: Enfrentar dos sectores del pueblo, elevando uno sobre el otro, en términos de pueblo verdadero, educado, sensato, virtuoso, etc., frente a un pueblo ignorante, insensato, violento, esto es, el “anti-pueblo” que aparece en todo llamado discurso populista.

Sin percatarse, y muy a pesar suyo, termina reconociendo la inevitabilidad del populismo, o al menos de algo que se le parece mucho, con la desventaja de que es un millón doscientos mil votospreferible invocar la ficción de la soberanía en nombre del Pueblo, que en nombre de un grupo de funcionarios de toga. Aquello de vox populi vox Dei debe resultarle demasiado prosaico y peligroso. Más armónico a sus oídos sería sin duda un vox populi vox magistratuum.