En Costa Rica, la que hemos llamado la Segunda República tiene su inicio a partir de la Guerra Civil de 1948 y la posterior promulgación de la Constitución Política de 1949. Desde esa época hasta la fecha, el país ha tenido 19 diferentes Poderes Ejecutivos, con 17 Presidentes de la República, de los cuales solo dos repitieron en el cargo: José Figueres Ferrer y Óscar Arias Sánchez.
Todos han sido gobiernos con luces y sombras, como toda obra humana. Sin embargo, no tengo la menor duda de que, cuando se revisa la historia, los resultados de las gestiones, las herencias dejadas, las coyunturas enfrentadas y la efeméride histórica de cada administración, el Poder Ejecutivo de Rodrigo Chaves Robles resulta ser el de más sombras, el más raquítico y deprimente de esta Segunda República. Los datos así lo determinan; incluso superó a su antecesor, quien había dejado una valla alta que parecía imposible de sobrepasar.
Esa categoría podría agravarse aún más si se analiza su estilo socarrón, vulgar, agresivo, misógino e iletrado durante su cuatrienio, que no dejará un solo discurso digno de pasar a los anales de nuestra historia como inspiración para futuras generaciones. Todo ello, enmarcado en la improvisación y el choque con los principios democráticos como su característica principal.
Para quienes recurrirán a las encuestas y a la popularidad de Chaves para argumentar que no es el peor, me adelanto a señalar que Bad Bunny es actualmente el cantante más popular del mundo, pero no supera la calidad vocal ni los logros de Frank Sinatra, Elvis Presley, Freddie Mercury, José José, Juan Gabriel, Shakira, Selena, Gustavo Cerati y tantos otros que fueron mejores intérpretes. Se trata de calidad, no de popularidad. Recordemos, además, que Barrabás fue más popular que Jesucristo en un momento clave: tanto así que fue liberado mientras Jesús era condenado a muerte.
La gestión de Rodrigo Chaves, caracterizada por la mentira —no en vano es conocido como el “Presimiente”—, ha estado marcada por la iniquidad, la falta de equidad y la ausencia de justicia para los más humildes. A estos ha sabido manipular y engañar para que valoren positivamente su gestión, a pesar de ser los más perjudicados por sus decisiones en políticas públicas en salud, educación, seguridad y costo de vida. Los números en estas cuatro áreas son contundentes en cuanto al deterioro sufrido durante los cuatro años de su administración.
Puede reconocérsele que ha gobernado como lo hacen varios presidentes en el mundo actual: buscando ser populares, no estadistas que transformen sus países. Llegan al poder con discursos anticorrupción, pero posteriormente la promueven desde el ejercicio del poder, al tiempo que buscan socavar las leyes y legitimar sus imprudencias y caprichos, deteriorando —y no fortaleciendo— las instituciones democráticas. Imponen la idea de que todo aquel que se opone forma parte de un complot, mientras se denominan patriotas a quienes respaldan sus posturas populistas y perversas. Alegan gobernar con las manos atadas por una élite que no los deja actuar, en una ironía evidente, pues terminan favoreciendo a otras élites cercanas, siempre que se acomoden a sus intereses y estilo soez. La vulgarización de la política parece, lamentablemente, ser un fenómeno global.
El gobierno de Rodrigo Chaves no fue un accidente. Algunos de sus predecesores son responsables de haber incrementado la desigualdad y la pobreza, condiciones que llevaron a la población a elegirlo. Esa misma población que hoy, aun enfrentando iguales o peores dificultades, continúa respaldándolo, impulsada por la rabia más que por los resultados. El deterioro general del país es evidente: una democracia que, aunque institucionalmente ha resistido, ha sido sacudida, sin que sepamos cuánto más podría soportar si quienes le sucedan continúan por la misma senda de desapego a las libertades y a la justicia. Una economía que, lejos de generar equidad, sigue siendo caldo de cultivo para más desigualdad y pobreza.
Mientras los sectores sociales, políticos y económicos que no tienen representación —o no se sienten representados— continúen aglutinándose en torno a discursos populistas como los de Rodrigo Chaves, seguirán careciendo de verdadera representación política y padeciendo la inequidad y los impulsos autoritarios.
Inicia una nueva gestión gubernamental: será el Poder Ejecutivo número 20 desde 1949, encabezado por la presidente Laura Fernández, quien prometió en campaña dar continuidad a lo realizado por Rodrigo Chaves. Esperemos que dicha promesa se incumpla y que haya sido únicamente una estrategia electoral para capitalizar la popularidad de su antecesor, y que, en el fondo, esté dispuesta a marcar un punto de inflexión que fortalezca la democracia costarricense en lo político, lo social y lo económico. De lo contrario, la radicalización impulsada por Chaves y la división entre costarricenses continuará profundizándose, cuando lo verdaderamente necesario es reconstruir nuestra sociedad, no destruirla, sino transformarla en una más justa y plena.
Recordemos la frase de Abraham Lincoln que mantiene plena vigencia: “Se puede engañar a todo el pueblo algunas veces, y a algunas personas todo el tiempo, pero no se puede engañar a todo el pueblo todo el tiempo”. Ojalá que, en algún momento, quienes hoy están cegados por la rabia y la revancha logren reaccionar en favor del bienestar de nuestra patria.
