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Foto: Archivo de la CCSS.

“Me quitaron mi humanidad”: el testimonio de Jimena Vargas sobre la atención en salud mental de la CCSS

Un relato desde dentro del sistema público que abre cuestionamientos sobre la atención en salud mental.

Como seguimiento a los datos sobre atención en salud mental en la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS), el testimonio de Jimena Vargas Quesada ofrece una mirada desde adentro del sistema. 

Su relato, construido a partir de experiencias vividas desde la niñez hasta la adultez, expone cuestionamientos sobre el abordaje clínico, las condiciones de internamiento y el trato hacia pacientes, especialmente menores de edad.

Jimena recuerda su primer contacto con los servicios de salud mental a los 12 años. Fue remitida a atención especializada tras una crisis, iniciando un proceso que, según narra, estuvo marcado por tiempos de espera prolongados y decisiones médicas que impactaron profundamente su salud.

Uno de los puntos más sensibles de su testimonio es el inicio de la medicación psiquiátrica: 

Me medicaron por primera vez con imipramina, ese fue el momento más cambiante de mi vida. Siento que muchas cosas se hubieran evitado si no me hubieran mandado ese medicamento, porque a veces pasa que el medicamento hace completamente el efecto contrario de lo que debería hacer. Todos los organismos son diferentes y reaccionan diferente a las medicinas. Mi cerebro decidió deprimirse más en vez de hacer el propósito del medicamento”. 

Con el agravamiento de su condición, fue internada por primera vez en el Hospital Nacional de Salud Mental Manuel Antonio Chapuí y Torres, conocido popularmente como el Chapuí. Tenía 13 años. 

Internamiento en adolescencia: miedo, aislamiento y denuncias de maltrato

Durante su estancia en el Pabellón de Adolescentes, Jimena describe un entorno que califica como violento. Señala que, en ese momento, el área era mixta y albergaba tanto adolescentes como niños.

Según información oficial de la CCSS, en el Pabellón de Adolescentes se brinda atención a personas usuarias de entre 11 y 17 años, quienes, tras una valoración en el servicio de Emergencias, son referidas para un abordaje más integral.

“Yo creo que no hay peor lugar que el pabellón de adolescentes”, afirma. Según su relato, las prácticas incluían aislamiento, restricciones y dinámicas de control que generaban temor constante entre los pacientes.

Entre los episodios que narra, menciona el uso de sujeciones físicas: 

Uno no sabe lo que es el terror hasta que uno ve cuando amarran a alguien. Yo lo he presenciado creo que ya como cuatro veces. Y a mí nunca se me olvida el nivel de desesperación que siente la persona a la hora de que la están amarrando”. 

Jimena asegura haber presenciado agresiones por parte del personal hacia pacientes. Relata, por ejemplo, que algunos niños eran colocados en aislamiento “porque es más fácil meterlos al cuarto de aislamiento que lidiar con ellos toda la noche”.

Además, señala la existencia de lo que identifica como un sistema de castigos cotidianos, que incluía restricciones como la prohibición de abrigo, la limitación en el acceso a ropa o amenazas de sujeción ante cualquier queja.

Para ejemplificar estas prácticas, Jimena relata episodios específicos que presenció durante su internamiento:

Había una chica que era muy tímida. Un día no quiso comer, la enfermera le dijo: ‘Coma’. Y ella dijo: ‘No voy a comer’. La agarraron tres hombres y ella tenía 18 años. Era diminuta, podía medir como 1.50 m. La tiraron contra la cama y la amarraron. Ella se puso a llorar porque estaba demasiado asustada. En un momento empezó a decir: ‘Enfermera, necesito ir al baño. Por favor, desamárreme, yo me voy a portar bien, necesito orinar’, pero la ignoraron. Entonces se orinó encima. 

Después de eso, su energía y semblante cambiaron completamente. Se deprimió muchísimo más, al punto que tuvieron que pasarla a la Unidad de Tratamiento Intensivo. Ya no respondía cuando le hablaban. Un día se la llevaron y no volvimos a saber de ella”.

De acuerdo con datos compartidos por la CCSS, el Hospital Nacional de Salud Mental Manuel Antonio Chapuí y Torres cuenta actualmente con 385 camas de dotación normal. Al 17 de marzo de 2026, el centro hospitalario registraba un porcentaje de ocupación del 91,95%.

También menciona el caso de otra paciente con discapacidad intelectual:

No era agresiva, hablaba muy poco. Pero a ella la amarraban todo el día en la silla. No tenía permiso de levantarse ni de salir con nosotras. A veces tratábamos de convencer a las enfermeras para que la dejaran salir al patio, pero nos decían que no. Pasaba todo el día amarrada.

Incluso para comer, si le acercaban la cuchara una vez y no abría la boca, decían: ‘Ay, no, ella no quiere comer’, y la dejaban sin comer. Ya en los últimos días, de la desesperación de estar amarrada todo el tiempo, se puso agresiva y lo que hicieron fue amarrarla a la cama.

Ella estaba aislada y, al rato, se escuchó un estruendo. Yo salí corriendo y la muchacha, de intentar zafarse, se cayó y quedó enredada con las sujeciones, como que se estaba ahorcando. Yo grité y ahí sí corrieron las enfermeras. Pero me gritaron: ‘Pásese para su cuarto, váyase de aquí’. Yo me convertí en una amenaza en ese momento. Porque cuando un paciente ve más de lo que tiene que ver, se convierte en una amenaza. Pero el problema es que aunque uno cuenta esas cosas como uno estuvo ahí, ya la gente lo invalida. Pero uno sabe lo que uno ve”.

Crédito: Archivo de la CCSS.

Medicación y seguimiento clínico bajo cuestionamiento

Otro de los ejes de su testimonio es el manejo de medicamentos dentro del sistema público. Jimena cuestiona tanto la rapidez de los cambios en tratamientos como la falta de seguimiento adecuado.

“Las pastillas psiquiátricas no hacen efecto tan rápido”, señala sobre decisiones médicas que, según su relato, implicaban ajustes frecuentes en períodos muy cortos.   

Según información consultada por este medio ante la CCSS, los medicamentos psiquiátricos más prescritos en su red de servicios corresponden a los incluidos en la Lista Oficial de Medicamentos (LOM) y se utilizan principalmente para el abordaje de trastornos mentales de alta prevalencia como depresión, ansiedad, psicosis, trastornos del sueño y trastornos afectivos. Entre los grupos terapéuticos con mayor prescripción en la red institucional se encuentran los antidepresivos —especialmente los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS), como la fluoxetina y la sertralina—; los antipsicóticos, tanto típicos como atípicos, entre ellos el haloperidol y la risperidona; los ansiolíticos e hipnóticos, principalmente benzodiacepinas como el clonazepam, el diazepam y el lorazepam; y los estabilizadores del ánimo, como el carbonato de litio, el ácido valproico y la carbamazepina.

En etapas posteriores, ya como adulta, describe un proceso de medicación prolongado que califica como desproporcionado. Relata que fue diagnosticada con trastorno esquizoafectivo —diagnóstico que posteriormente fue cuestionado por otros profesionales— y que, a partir de este, recibió tratamientos de alta intensidad, incluyendo el uso de clozapina.

La clozapina es un antipsicótico y es la última opción. Es la última opción porque usted como doctor ya intentó todos los medicamentos, todas las dosis y el paciente no respondió a ninguna. Considero que es el antipsicótico más fuerte que existe y de hecho a nivel país sólo lo puede dar la CCSS. Es tan fuerte que usted todos los meses tiene que ir a hacerse exámenes de sangre porque destruye los glóbulos blancos [...] Yo pasé de tomarme una clozapina a tomarme cinco. Estaba en 500 mg”. 

Según explica, este tratamiento tuvo efectos físicos y emocionales significativos, incluyendo aumento de peso acelerado y una sensación de desconexión.

Posteriormente, bajo supervisión privada y apoyo de otros centros, inició un proceso de reducción progresiva de medicamentos. Describe este proceso como complejo y físicamente demandante.

Aislamiento, condiciones y dinámicas internas

Jimena también se refiere a condiciones materiales y dinámicas dentro de los centros de internamiento. 

Años después, en 2021, durante la pandemia, fue internada nuevamente por una crisis en el Chapuí, cuando tenía 19 años. En esa estancia, detalla que no se permitían visitas ni comunicación con familiares, lo que aumentaba su ansiedad.

Asimismo, menciona dificultades relacionadas con necesidades básicas como el sueño, la alimentación y el acceso a medicamentos en horarios adecuados.

En su relato, también describe tensiones dentro del personal de salud y una percepción de trato hostil hacia los pacientes:

Yo solo veía demasiado caos, dolor de parte de mis compañeras y odio. Es que lo que uno siente por parte del personal es odio. No es ni siquiera como pereza. Ellos detestan que usted esté ahí, ellos detestan tener pacientes”. 

Crédito: Archivo de la CCSS.

Niñez, adolescencia y atención en salud mental

El testimonio pone en evidencia los retos en la atención de salud mental en edades tempranas. Jimena ingresó al sistema siendo menor de edad y pasó por distintos niveles de atención antes de ser internada.

Para Jimena, uno de los impactos más profundos no fue únicamente el paso por internamientos, sino el efecto acumulado del tratamiento y las experiencias vividas dentro del sistema.

Ese peso se manifestó desde su adolescencia, cuando comenzó a enfrentar el estigma asociado a la salud mental:

Ahora ¿cómo voy a lidiar con la etiqueta de que yo estuve internada en el Chapuí? Siento que me pesaba más el hecho de haber estado internada y lo que pensaran de mí que toda la violencia que viví ahí”.

Para Jimena, el estigma social se suma a las secuelas emocionales y físicas del proceso: 

Aunque he vivido mucha violencia psiquiátrica a lo largo de mi vida, siento que lo más cruel que me ha hecho la Caja es quitarme mi humanidad”.

Describe esta pérdida como una desconexión emocional y sensorial prolongada, que afectó su forma de percibir el entorno y relacionarse con otras personas.

Actualmente, Jimena es estudiante universitaria de Psicología y cuenta con un diagnóstico de autismo grado 1 y trastorno límite de la personalidad. En ese contexto, subraya que el proceso de reducción de medicación y acompañamiento posterior le permitió comenzar a reconectar con sus emociones y su entorno.

“Yo ahora veo los colores y se ven diferentes… pasé tantos años desconectada”, agrega.

Descripción: Fotografía facilitada por Jimena. En la imagen, ella expresa que se siente auténtica y cómoda consigo misma, destacando la presencia de colores vibrantes —especialmente el rosado—, que le generan una sensación positiva. También resalta su peinado, inspirado en estilos que admiraba desde niña en películas animadas, y que hoy le permite reconectarse con una parte de su identidad.

Su historia trasciende lo individual y pone sobre la mesa los retos que enfrenta la atención en salud mental en Costa Rica, especialmente en la niñez y la adolescencia. También invita a una reflexión necesaria sobre las prácticas, los protocolos y, sobre todo, el trato hacia personas que acuden al sistema en momentos de profunda vulnerabilidad.

Análisis experto: causas, retos y propuestas en la atención de la salud mental

Para profundizar en este panorama, en la tercera entrega de esta serie se recogen los criterios de especialistas que analizan las causas estructurales de la crisis, las limitaciones del sistema de salud público y los cambios urgentes que requiere el país en materia de salud mental.