La transformación más profunda que puede tener nuestro talento es el ejercicio del recordar el diseño biológico original de la especie humana. A partir de ahí, podemos aspirar a vivir de manera más eficiente según aquel diseño y subsecuente evolución en los últimos 200.000 años.
La primavera es un cambio en el clima y en la cultura. En países con cambios más pronunciados entre las estaciones es más notoria la influencia que tiene esta transición que resulta de la distancia y orientación del planeta respecto al sol.
En Costa Rica, la primavera está marcada por la floración imponente de miles de árboles en todo el país que pintan el paisaje de múltiples colores que contrastan con el fondo azul profundo de cielos despejados en la época seca. Además, el trinar angelical de los yigüirros por varias semanas anuncian la proximidad de la época de lluvias. Así es la primavera en el trópico.
Lo que dista un poco de primaveras en otras latitudes es que el cambio viene asociado con una variación significativa en las horas de luz solar y en la temperatura ambiente. Esto impacta de forma evidente el sentir de las personas que se vuelven más joviales, sonrientes, felices.
Recién salimos de un período que, al menos en este trópico occidental, coincide con la celebración de la resurrección del cristianismo. Eso me provoca pensar en dos direcciones: por un lado, el renacimiento y regeneración de todas las células de nuestro cuerpo, cuya resiliencia las impulsa a mantenerse vivas, saludables, procrearse y perpetuar su código genético en subsiguientes generaciones celulares.
Por otro lado, surge la inquietud de qué tipo de cuarentena deberíamos explorar como seres humanos en sacrificio de aquello que más nos está debilitando. En alguna época antigua lo fue el consumo de carne o lo que este alimento esencial representa para la creencia cristiana. En la época actual podría ser necesario pensar en otros sacrificios que, si los hiciéramos por 40 días, nos traerían inmensos beneficios a nuestro bienestar multidimensional.
Por ejemplo, pensemos en la posibilidad de suspender, por 40 días, el consumo de azúcares añadidos a nuestra ingesta calórica. O al consumo de información digital no esencial (asumiendo que, por razones laborales, debe mantenerse algún tipo de comunicación con colegas y clientes). O al mantenimiento de relaciones interpersonales que nos degradan y agobian aunque no lo percibamos. Habrá quienes tengan el afán de seguir a algunos influenciadores o figuras políticas en su consumo habitual de información. Eso forma vínculos unidireccionales con personas que, aunque son seres humanos de carne y hueso, la relación que desarrollamos es con sus avatares virtuales. Y eso podría resultar intoxicante. Suspender esas relaciones en cuarentena podría significar un salto cualitativo en nuestra salud en unas pocas semanas.
Esta era de la inteligencia artificial está dejando cada vez más clara la necesidad de cultivar nuestras destrezas esenciales, tales como la acción eficaz y el espíritu emprendedor. Para transformar nuestro talento en estos tiempos, limpiarnos de todo lo que nos intoxica es vital para nuestro bienestar y supervivencia. La primavera es una buena época para iniciar una cuaresma de restauración a todo nivel de nuestro ser.
Escuche el episodio 311 de Diálogos con Álvaro Cedeño titulado “Primavera”.
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