Siempre se nos ha advertido: “nunca conozcas a tus ídolos”. No es un consejo banal. Cuando idealizamos a una persona olvidamos que sigue siendo humana, y que, como tal, está llena de defectos. De ahí se empuja a la desilusión. Alfredo González Flores es un caso perfecto para demostrar esto, pues el manto con el que se ha cubierto no representa fidedignamente la realidad histórica y es momento de conocer verdaderamente su figura.
En 1917, Alfredo González Flores es derrocado por su ministro de Guerra y Marina, Federico Tinoco Granados. En una noche, perdería la presidencia, su influencia y poder. Pero esa misma noche ocurrió algo más duradero que el golpe. Don Alfredo fue consagrado como el apóstol mártir de la justicia social y la equidad tributaria del país, creándose el mito del incomprendido presidente, ungido de virtudes, que sería privado de la dicha de establecer una Costa Rica equitativa para todos y todas, a detrimento de la nación costarricense.
Empero, esta visión romantizada no es nada más que eso:
Un mito.
Y, aún con sus virtudes y aciertos, don Alfredo adolecería, particularmente como gobernante, de vicios fundamentales que, cuando se conocen, no solo empañan su legado, sino que opacan la historia que nos ha sido contada.

En primer lugar, como ya desarrollé en mi artículo Alfredo González Flores ¿Presidente Legítimo?, don Alfredo llega a la presidencia de forma ilegal, inconstitucional y antidemocrática. Esto, en una jugada política orquestada entre Federico Tinoco, Ricardo Jiménez y Carlos Durán, para evitar que don Rafael Iglesias pudiera ascender a la presidencia. Aún con esto, se podría dar el beneficio de la duda de que don Alfredo llegaba a la presidencia con la intención de hacer un cambio y de alejarse de la tradición política llevada hasta el momento, no obstante, esta idea desaparece gracias a una conversación mantenida entre don Alfredo y don Máximo Fernández, líder del partido Republicano, antes de ser designado a la presidencia, misma que fue rescatada por el ilustre educador Luis Demetrio Tinoco:
"Le contó a este su posible llegada al poder y le suplicó no se opusiera a ello… en un arrebato de desesperación se arrodilló para pedírselo; entonces el Licenciado Fernández le dijo: “Levántese Alfredo, no se humille tanto; usted será presidente; yo no me pondré.” Punto y seguido el señor González F. en otro arranque de agradecimiento, le dijo: “Don Máximo nunca olvidaré este favor y le ofrezco pagárselo. Dentro de 2 años haré las elecciones a palos y una vez conseguida la cámara netamente gonzalista lo haré nombrar segundo designado, y me iré a Europa dejándolo en el poder”
Así las cosas, descubrimos que las intenciones de don Alfredo para ascender al poder eran ciertamente de índole vanidoso y antidemocrático, como en efecto se desarrollaron las elecciones de medio periodo en 1916, donde hubo abusos desmedidos y se produjo un incomprensible aumento del abstencionismo, únicamente en detrimento de la oposición. A la fecha se considera una de las elecciones más fraudulentas de la historia nacional. Pero el poder es dulce y cuando se prueba no se quiere dejar ir, así que la promesa dada a don Máximo quedó en letra muerta y nunca se le pudo cumplir el sueño de ser presidente.
Peor aún, al acceder al poder y darse la desastrosa quiebra del Banco Comercial, al ser asumido por el gobierno, don Alfredo suspendería el arqueo de ley hasta nuevo aviso y recuperaría un conjunto de pagarés referentes a las deudas en la que habían incurrido el Partido Republicano durante la campaña de 1914 y los devolvería uno por uno a los deudores, acrecentando así las pérdidas del banco, que tendrían que ser asumidas por el erario público. No obstante, en el caso de don Máximo, se los quedaría guardados en una caja fuerte en el Castillo Azul, por si se le ocurría rebelarse. Pero, al salir huyendo del país, se olvidaría de recogerlos y Tinoco las encontraría allí donde las dejó.
Por su parte, durante su gobierno, gracias a su preeminencia en el Congreso, lograría que se aprobara una ley que daba al ejecutivo carta blanca para tomar decisiones económicas, justificándose en la situación internacional causada por la Primera Guerra Mundial. Esta ley, produciría serios efectos en los costarricenses, donde se reducirían “temporal” pero indeterminadamente los sueldos de los funcionarios públicos en un tercio, creando las tercerillas, llevando la miseria a tantas familias, y llenando los bolsillos de los usureros; entre otros efectos. Esto explica claramente por qué el infame Tinoco fue recibido con júbilo cuando ascendió a la dictadura.

Finalmente, es necesario mencionar que, don Alfredo, una vez en el exilio dedicó sus días y sus noches a solicitar una intervención armada estadounidense que viniera a liberar a Costa Rica de Tinoco y, ¿cómo no? a ponerlo de regreso en el poder.¡Gracias a Dios que esto no sucedió!, pues seguramente nos hubiera tocado una historia similar a la panameña, a costa de nuestra soberanía. Bien decía Maquiavelo que una de las primeras reglas de la estrategia militar era nunca dar paso a ejércitos extranjeros en su territorio. Sin duda Costa Rica se hubiera quedado de esta manera sin el santo y sin la limosna.
En definitiva, Alfredo González Flores no fue la figura impoluta que suele presentar la narrativa oficial, sino un gobernante que llegó al poder de forma cuestionable, ejerció prácticas autoritarias y antidemocráticas y no dudó en anteponer sus intereses políticos aun a costa de la soberanía nacional. Reconocer esto no implica negar sus aportes ni absolver a sus adversarios, sino ejercer una lectura histórica honesta y adulta. La mitificación excesiva no engrandece nuestra historia: la empobrece. Y mientras sigamos necesitando estatuas de marfil, seguiremos olvidando aquello que la historia nos sigue recordando.
