Por años, el análisis de las exportaciones de servicios de Costa Rica se ha centrado en cuánto crecen. Pero esa es la pregunta equivocada.
En 2025, las exportaciones de servicios alcanzaron los $18.083 millones, un aumento de 5,9% respecto a 2024. Sin embargo, el dato relevante no es el crecimiento total, sino la transformación interna del modelo. Cuando desagregamos los datos por modo de prestación, aparece una señal mucho más potente: Costa Rica ya no está simplemente exportando servicios; está exportando conocimiento.
En 2025, los servicios prestados de forma virtual, es decir, aquellos que no requieren la presencia física del consumidor, representaron el 58,1% del total, frente a un 56,5% en 2024. En contraste, los servicios presenciales apenas crecieron un 2,0%, mientras los virtuales lo hicieron a un ritmo de 8,9%.

Este no es un cambio marginal. Es un punto de inflexión estructural.
Los servicios virtuales coinciden, en su gran mayoría, con actividades intensivas en conocimiento: servicios empresariales, tecnología, finanzas, propiedad intelectual. En conjunto, explican la mayor parte del crecimiento reciente. Solo “otros servicios empresariales”, que incluyen funciones corporativas, servicios compartidos y procesos intensivos en capital humano, aportaron más de $566 millones adicionales en 2025. A esto se suma el crecimiento de casi $240 millones en telecomunicaciones, informática e información.
La lectura es clara: el motor de las exportaciones costarricenses ya no está en la interacción física, sino en la capacidad de procesar, generar y transferir conocimiento a escala global.
Esto cambia todo.
Primero, cambia la naturaleza de la competitividad. En el modelo tradicional, factores como infraestructura física, logística o cercanía geográfica eran determinantes. En el nuevo modelo, lo central es el talento humano: su capacidad de resolver problemas, interactuar con sistemas complejos y generar valor desde lo cognitivo.
Segundo, cambia la lógica de la inversión extranjera directa (IED). Las empresas ya no vienen únicamente a producir bienes o prestar servicios tradicionales; vienen a instalar capacidades. Centros de servicios, hubs tecnológicos, funciones estratégicas. Esto explica por qué la IED en Costa Rica se concentra crecientemente en servicios modernos y por qué las utilidades reinvertidas son tan altas: las operaciones existentes se expanden porque generan valor.
Tercero, cambia la forma en que debemos interpretar los datos. Por ejemplo, el turismo, históricamente uno de los pilares del país, creció apenas un 2% en 2025. No es que esté cayendo, pero está perdiendo protagonismo relativo frente a sectores más dinámicos. El país no deja de ser un destino turístico relevante, pero su modelo exportador ya no depende de eso.
En paralelo, los servicios presenciales muestran señales mixtas. Mientras algunos segmentos como los servicios de transformación crecen (12,5%), otros como mantenimiento (-12,5%) o transporte (-2,9%) se contraen. Esto sugiere una fragmentación interna: no todo lo presencial pierde relevancia, pero sí deja de ser el eje del crecimiento.
En síntesis, estamos frente a una migración silenciosa: de una economía de servicios a una economía de conocimiento.
Pero este cambio también plantea desafíos.
El principal es que el nuevo modelo es más exigente. No basta con tener acceso a tecnología o atraer empresas. El valor depende de la calidad de la interacción entre el talento humano y los sistemas que utiliza, incluyendo inteligencia artificial. En este contexto, la ventaja competitiva no es solo saber, sino saber aplicar, cuestionar, validar y mejorar.
Esto introduce una dimensión crítica para la política pública: la calidad del capital humano. No en términos de años de educación, sino en términos de habilidades cognitivas, pensamiento crítico y capacidad de aprendizaje continuo. Porque si el modelo es cognitivo, su límite también lo es.
Aquí aparece una advertencia importante. A diferencia de los modelos tradicionales, donde la expansión podía sostenerse con más infraestructura o más inversión, el crecimiento en una economía basada en conocimiento depende de la profundidad del talento. Si ese talento no evoluciona al mismo ritmo que la tecnología, el modelo se desacelera.
Por eso, el verdadero riesgo no es perder inversión. Es perder la capacidad de generar valor dentro de esa inversión.
Costa Rica ya dio el salto. Los datos lo confirman. El país dejó de ser un exportador de servicios tradicionales para convertirse en un exportador de conocimiento.
La pregunta ahora no es si este modelo funciona.
La pregunta es si estamos preparados para sostenerlo.
