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El espejismo de tokenizar el oro de Crucitas

La idea de tokenizar el oro de Crucitas suena, al inicio, como una salida ingeniosa: no tocar el oro, dejarlo bajo tierra y, aun así, convertirlo en valor económico para financiar la recuperación ambiental de la zona.

Pero cuando uno lo piensa con calma, aparece una pregunta sencilla: ¿qué se está vendiendo realmente?

Porque si el oro no se extrae, no está en una bóveda, no está disponible, no se puede entregar y no se puede vender para pagar una obligación. Está ahí, bajo tierra. Y precisamente la promesa del token sería no sacarlo.

Entonces el respaldo no sería el oro como tal. El respaldo sería la confianza en que el Estado podrá cuidar ese oro, evitar que lo roben, impedir la minería ilegal y garantizar que ningún gobierno futuro cambie de criterio y permita explotarlo.

Ese es un respaldo bastante frágil.

Crucitas no es un sitio en paz, cerrado y bajo control absoluto. Es una zona donde durante años ha existido minería ilegal, contaminación, ingreso de personas, extracción clandestina y ausencia de una autoridad estatal fuerte y constante.

Por eso, antes de hablar de certificados digitales, habría que resolver lo más básico: quién cuida ese oro y cómo se evita que se lo sigan llevando.

Porque si el oro se queda bajo tierra, pero nadie puede garantizar que seguirá ahí, el token termina siendo más una ilusión que una solución.

No se trata de burlarse de la idea ni de rechazar toda innovación. Costa Rica debe buscar salidas nuevas para problemas viejos. Pero también debe tener cuidado con confundir una palabra moderna con una respuesta seria.

Crucitas necesita presencia del Estado, seguridad, recuperación ambiental, control de químicos, cierre de rutas ilegales, oportunidades para las comunidades y una estrategia clara. Eso es lo urgente.

La tokenización puede sonar atractiva en el papel, pero tiene una contradicción difícil de explicar: promete respaldarse en un oro que no puede usarse como respaldo sin romper la promesa de no extraerlo.

En palabras simples: el oro bajo tierra puede valer mucho, pero no necesariamente sirve para pagar nada.

Y ahí está el problema de fondo. Costa Rica no puede seguir construyendo soluciones sobre promesas. Crucitas necesita realidad, no otro espejismo.

Mientras discutimos fórmulas complejas, certificados digitales y mecanismos financieros difíciles de ejecutar, el tiempo sigue pasando. Y en Crucitas, cada día que pasa cuenta.

Porque mientras el país debate si el oro se puede tokenizar, si se puede certificar o si se puede convertir en una promesa ambiental, en la práctica el oro se sigue extrayendo de manera ilegal.

Estas estrategias, aunque puedan sonar modernas, corren el riesgo de alargar más el proceso, distraer la discusión de lo urgente y permitir que el problema continúe.

Al final, el mayor costo no es solo ambiental o económico: es el tiempo perdido.

Y mientras el Estado no actúe con decisión, otros seguirán entrando, contaminando y llevándose el oro que pertenece al país.