En un mercado global cada vez más competitivo, Costa Rica no solamente compite contra otras economías de la región, sino también contra jurisdicciones que ofrecen procesos más ágiles, estructuras operativas más eficientes y menores barreras regulatorias para la inversión. A esto se suma una realidad inevitable: la transformación tecnológica y la automatización están cambiando aceleradamente la forma en que las empresas operan y deciden dónde establecer sus operaciones.
En ese contexto, resulta indispensable que el país continúe fortaleciendo un entorno jurídico y comercial que brinde seguridad, eficiencia y predictibilidad tanto para las empresas locales como para la inversión extranjera. La competitividad de una economía moderna no depende únicamente de estabilidad política o incentivos fiscales, sino también de qué tan sencillo y práctico resulta operar dentro de su marco regulatorio.
Costa Rica continúa enfrentando importantes retos en materia de desempleo y generación de empleo formal. Precisamente por ello, el país debe procurar condiciones que permitan atraer, consolidar y retener inversión productiva capaz de traducirse en empleo calificado, desarrollo económico y crecimiento sostenible.
Sin embargo, en el último tiempo algunas reformas regulatorias y decisiones administrativas han generado preocupaciones legítimas dentro del sector empresarial debido al incremento de cargas operativas y formalidades que, en muchos casos, no necesariamente parecen traducirse en beneficios proporcionales para la seguridad jurídica o el interés público.
Un ejemplo de ello es la eliminación de la carta-poder para determinados trámites y gestiones corporativas. Si bien es comprensible que el objetivo detrás de este tipo de medidas sea reforzar controles y minimizar riesgos de fraude o suplantación, en la práctica esto ha provocado que múltiples procesos corporativos vinculados con estructuras internacionales deban recurrir obligatoriamente a documentos notarizados y apostillados, encareciendo significativamente las operaciones y generando atrasos importantes, cuando la utilización de la carta poder es una practica común a nivel mundial.
En operaciones transfronterizas, particularmente en grupos corporativos multinacionales, existen jurisdicciones donde los procesos de notarización y apostilla pueden tardar semanas o incluso meses, afectando directamente la agilidad operativa de las empresas y la capacidad de respuesta de las organizaciones frente a necesidades comerciales o regulatorias inmediatas.
Lo anterior no implica necesariamente que deban eliminarse los controles o debilitarse los mecanismos de seguridad jurídica. Por el contrario, el reto consiste en encontrar soluciones modernas y equilibradas que permitan mantener garantías suficientes sin generar cargas desproporcionadas para quienes realizan actividad empresarial legítima.
Existen múltiples alternativas que podrían explorarse desde una perspectiva regulatoria y tecnológica. Por ejemplo, mecanismos de homologación o validación internacional de firmas, sistemas de certificación digital, reconocimiento previo de autorizaciones corporativas dentro del pacto social de las entidades, o incluso esquemas en los cuales las propias sociedades asuman expresamente determinados riesgos operativos asociados a ciertos actos corporativos. Este tipo de herramientas permitirían mantener estándares adecuados de control sin sacrificar eficiencia y competitividad.
Otro ejemplo relevante se encuentra en algunas propuestas regulatorias recientes relacionadas con determinados sectores económicos estratégicos, como el farmacéutico. Iniciativas como los proyectos orientados a regular precios de medicamentos han generado inquietudes dentro de la industria debido a la incertidumbre técnica y operativa que podrían generar en el mercado.
Más allá de la intención legítima de proteger al consumidor y facilitar acceso a medicamentos, este tipo de regulaciones requieren análisis técnicos integrales que permitan evaluar adecuadamente sus posibles efectos sobre sostenibilidad operativa, abastecimiento, inversión y permanencia de empresas dentro del mercado local. La discusión regulatoria no debería limitarse únicamente al objetivo perseguido, sino también a las consecuencias prácticas y económicas de los mecanismos utilizados para alcanzarlo. Es de suma importancia incluir al empresariado y los actores comerciales afectados en la generación de este tipo de políticas a fin de entender la operatividad de estas y generar políticas que no generen afectaciones…
Costa Rica tiene una enorme oportunidad de consolidarse como un destino atractivo para la inversión regional e internacional. El país cuenta con fortalezas sumamente valiosas: estabilidad democrática, talento humano altamente capacitado, institucionalidad sólida y una posición estratégica privilegiada. Sin embargo, mantener y fortalecer esa competitividad requiere que las decisiones regulatorias y legislativas se construyan también desde una visión práctica y moderna de cómo operan actualmente las empresas en un entorno globalizado.
La seguridad jurídica y la competitividad no son conceptos incompatibles. De hecho, las economías más exitosas suelen ser aquellas que logran equilibrar adecuadamente ambos elementos: regulación suficiente para proteger el interés público, pero también marcos normativos ágiles, eficientes y proporcionales que permitan a las empresas operar, invertir y crecer.
La discusión sobre competitividad no debe entenderse como una oposición entre Estado y empresa, sino como una conversación necesaria sobre cómo construir un entorno que incentive la generación de empleo, la atracción de inversión y el desarrollo económico sostenible. En un contexto internacional cada vez más dinámico, simplificar procesos, modernizar estructuras regulatorias y reducir formalismos innecesarios puede convertirse en una de las herramientas más importantes para fortalecer la posición competitiva de Costa Rica en los próximos años.
