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El invierno demográfico costarricense y su impacto en el mercado de los próximos años

Costa Rica tiene hoy una tasa de fecundidad de 1,12 hijos por mujer. Es uno de los datos más silenciosos y, a la vez, más determinantes para el futuro económico, social y cultural de nuestro país. Para entender su magnitud basta una referencia: el nivel de reemplazo poblacional (el número promedio de hijos por mujer necesario para que una sociedad simplemente mantenga su tamaño es de 2,1). Estamos a poco más de la mitad de ese umbral.

El descenso ha sido acelerado y sostenido. En 2003, la mujer costarricense tenía en promedio 2,2 hijos. En 2014, la cifra había caído a 1,8. En 2020 cruzamos por primera vez el umbral de la "ultra baja fecundidad" (menos de 1,5 hijos por mujer). En 2024, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), llegamos a 1,12 convirtiéndose en el registro más bajo de nuestra historia. En una sola generación, los costarricenses pasamos de tener familias que se reemplazaban a sí mismas a tener familias que apenas alcanzan a la mitad de ese reemplazo.

El fenómeno no es marginal. Está reorganizando ya, en silencio, la pirámide poblacional, la demanda de servicios de cuidado, el sistema educativo, el mercado laboral, la sostenibilidad del régimen de pensiones, el mercado inmobiliario y la estructura del consumo interno. El invierno demográfico no es un escenario futuro: es el clima en el que ya estamos viviendo.

Costa Rica no está sola en este descenso, pero sí entre los más extremos. El promedio de América Latina y el Caribe en 2024 fue de 1,8 hijos por mujer, según el Observatorio Demográfico de la CEPAL. Compartimos el grupo de países con tasas más bajas de la región junto con Chile, Uruguay y Cuba. En el otro extremo, Paraguay (2,4) y Haití (2,7) mantienen fecundidades por encima del nivel de reemplazo, aunque también descendentes.

A escala mundial, la situación es igualmente reveladora. El promedio global en 2024 fue de 2,2 hijos por mujer. Los registros más bajos del planeta los tienen Corea del Sur (0,73), Hong Kong, Taiwán y Singapur. Los más altos están en África subsahariana: Niger, Chad, Somalia y la República Democrática del Congo, todos por encima de 5,9. Una mujer costarricense tiene hoy, en promedio, una sexta parte de los hijos de una mujer nigerina, y poco más del doble de los de una surcoreana. Estamos navegando hacia el modelo asiático del este, no hacia el latinoamericano tradicional.

Lo que esto significa para el mercado

Las consecuencias económicas del invierno demográfico se desplegarán durante las próximas dos décadas con la fuerza inevitable de un cambio estructural. La fuerza laboral activa comenzará a contraerse mientras la población dependiente ,adultos mayores, crece en términos relativos. La relación entre cotizantes y pensionados del régimen de Invalidez, Vejez y Muerte se deteriorará progresivamente, presionando las finanzas de la CCSS y obligando a reformas que hoy todavía evitamos.

El mercado interno se transformará. La demanda de productos para la primera infancia se reducirá; la demanda de servicios de salud especializada en adultos mayores crecerá. El sector inmobiliario tendrá menos compradores jóvenes y más demanda por viviendas adaptadas para envejecimiento. La educación primaria perderá matrícula, ya está sucediendo, mientras los servicios de cuidado de larga duración se vuelven una de las principales oportunidades empresariales emergentes. La estructura del consumo interno mutará tan profundamente que las categorías que hoy lideran el mercado podrían ser irrelevantes en 15 años.

A esto se suma una dinámica menos visible pero más profunda: la demanda agregada de la economía tiende a decaer cuando la población envejece y se reduce, porque los hogares maduros consumen, ahorran e invierten distinto a los hogares jóvenes en formación. Los países que han atravesado este invierno demográfico antes que nosotros (Japón es el caso paradigmático) han descubierto que ningún paquete de estímulo fiscal logra reactivar de manera sostenida una economía donde los nuevos hogares que nacen son menos que los que se disuelven.

La pregunta de fondo

Hasta aquí, los datos. Pero los datos no explican por sí solos qué nos llevó como sociedad a este punto. La pregunta de fondo no es solo demográfica ni económica: es cultural, espiritual y filosófica. ¿Por qué los costarricenses, una de las sociedades más prósperas y con mejores indicadores de desarrollo humano de América Latina, hemos decidido individual y colectivamente tener tan pocos hijos?

Las explicaciones técnicas son conocidas: mayor educación femenina, incorporación masiva de la mujer al mercado laboral, urbanización, alto costo de la crianza, postergación de la maternidad, acceso generalizado a métodos anticonceptivos, transformación del modelo familiar. Todas son ciertas y todas tienen su peso. Pero ninguna explica del todo por qué, incluso cuando las parejas declaran querer más hijos de los que efectivamente tienen, la cifra real se sigue desplomando. Hay algo más hondo en juego.

Familias fuertes: una invitación

Mi hipótesis y la ofrezco como invitación a la reflexión, no como conclusión cerrada, es que hemos construido una cultura que ha desplazado el sentido de la felicidad humana hacia los objetos, los logros y las experiencias acumulables. Una cultura que mide el éxito personal en categorías de consumo y autonomía individual, y que ha vuelto invisibles los bienes que solo florecen en la entrega de largo plazo: el matrimonio fiel, el hogar estable, los hijos como fruto querido del amor entre dos, los abuelos viviendo cerca de los nietos, la convivencia frecuente y desinteresada que da sentido a las generaciones.

Antoine de Saint-Exupéry lo dejó escrito en El Principito con una frase que se cita a menudo y se aplica poco: "lo esencial es invisible a los ojos". El zorro que enseña al Principito a domesticar es, en el fondo, una catequesis sobre el vínculo paciente. Lo que da valor a la rosa no es su belleza objetiva sino el tiempo que el Principito le ha dedicado. Algo similar ocurre con la familia: su valor no se mide en métricas de eficiencia ni en costo de oportunidad. Su valor es el del tiempo entregado, el de la fidelidad sostenida, el del cuidado mutuo que se construye día tras día.

Vale la pena, también, mirar con honestidad las décadas de campañas de control de la natalidad que se desplegaron en Costa Rica desde los años setenta. Se nos prometió que reducir la fecundidad traería desarrollo, libertad y prosperidad. La fecundidad efectivamente se redujo y mucho más allá de lo previsto, pero el resultado no es el prometido: hoy enfrentamos una sociedad que envejece sin relevo, una economía que perderá dinamismo, un sistema de pensiones presionado y, sobre todo, una cultura que ha olvidado celebrar la maternidad y la paternidad como un bien social central, no como una decisión privada residual.

Una política pública seria sobre el invierno demográfico no se reduce a incentivos fiscales para tener hijos, aunque algunos pueden ayudar. Requiere algo más profundo: reconstruir un imaginario social que valore el matrimonio fiel, los núcleos familiares estables, la convivencia frecuente y de largo plazo. Requiere apoyar a las familias que asumen este camino con políticas de vivienda, conciliación laboral y educación coherentes. Y requiere, en lo cultural, recuperar la conciencia de que la felicidad humana se juega más en los vínculos que en las cosas, y más en la entrega que en la acumulación.

El invierno demográfico no se revertirá con decretos ni con campañas de marketing. Se revertirá, si se revierte, cuando como sociedad volvamos a pensar que vale la pena formar una familia, comprometerse para toda la vida con otra persona y abrir el hogar a la siguiente generación. Esa es una conversación que tenemos pendiente y que el mercado, la economía y la próxima Costa Rica nos están reclamando que tengamos pronto.

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