Cuando escuchamos hablar de cáncer de pulmón, de inmediato solemos asociarlo con una enfermedad que afecta, principalmente, a adultos mayores y hombres fumadores. Sin embargo, esta percepción ha comenzado a cambiar debido a su impacto en generaciones más jóvenes -menores de 50 años, con una mayor prevalencia en mujeres, personas no fumadoras e individuos con ciertas mutaciones genéticas.
Pero ¿a qué se debe este cambio en las tendencias del cáncer de pulmón en la población? Si bien el tabaquismo sigue siendo uno de los factores de riesgo, el desarrollo de esta enfermedad en personas jóvenes puede estar relacionado con variaciones genéticas que suceden en las células (tal cual las mutaciones EGFR y ALK), así como con la exposición al gas radón y a otras sustancias químicas, la contaminación del aire e, incluso, las emisiones derivadas de materiales usados para cocinar (madera y carbón), particularmente en entornos de bajos ingresos y espacios con poca ventilación.
El problema no termina ahí. Este tipo de personas enfrenta mayores dificultades para obtener un diagnóstico oportuno, ya que sus síntomas suelen confundirse con otras afecciones como ansiedad, asma o neumonía. Asimismo, como este cáncer no tiende a considerarse inicialmente dentro del diagnóstico de lesiones pulmonares en pacientes jóvenes, las pruebas de detección pueden retrasarse y la enfermedad termina identificándose en etapas más avanzadas -incluso, en comparación con adultos mayores- y con síntomas más graves.
Sumado a ello, cuando estas poblaciones son diagnosticadas con cáncer de pulmón, se enfrentan a una considerable carga financiera, emocional y funcional.
A primera vista el panorama puede parecer complejo, más aún, si se considera que el cáncer de pulmón continúa siendo un importante problema de salud pública mundial, por su alta incidencia y mortalidad. Sin embargo, si queremos cambiar el rumbo de esta enfermedad y mejorar su detección y tratamiento oportunos, necesitamos romper paradigmas: actuar desde ya. De lo contrario, el cáncer de pulmón podría costarle $3,9 billones a la economía global al año 2050.
Entonces, ¿qué hacer? Este nuevo rostro de la enfermedad evidencia la necesidad de replantear el perfil de las personas que la padecen y de dejar atrás la idea de que solo ocurre debido a la exposición al tabaco. Estamos pasando por alto casos en poblaciones jóvenes, porque, simplemente, no los estamos buscando. Por eso, necesitamos impulsar campañas de sensibilización dirigidas a diferentes especialistas para que, durante la evaluación de otras afecciones, también contemplen la posibilidad de un cáncer de pulmón.
Asimismo, debemos hacer un llamado a los adultos jóvenes para que cuando detecten algún síntoma sospechoso de cáncer de pulmón, como dolor de espalda y de pecho, tos persistente -a veces con sangre- o dificultad para respirar, acudan a su médico de confianza. Una detección incidental podría marcar una diferencia significativa en los resultados.
Las características de este tipo de pacientes, sumadas a la posibilidad de tener una mayor sobrevida en comparación con los adultos mayores, también ponen de manifiesto la importancia de recibir una atención personalizada, donde se pueden implementar enfoques basados en múltiples líneas de tratamiento, algunas intensivas, así como cuidados a nivel emocional.
Alrededor del 6% de las personas detectadas con cáncer de pulmón, en el mundo, son menores de 55 años. Ignorar esa cifra sería seguir diagnosticando tarde a generaciones que nunca pensamos buscar. Ahora, el reto no solo está en tratar la enfermedad, sino también en ampliar la mirada clínica y aprender a reconocerla a tiempo en estas nuevas poblaciones.
¡Hagamos la diferencia entre un diagnóstico tardío y una oportunidad de vida para miles de adultos jóvenes!
