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El tico que lloraba con la bandera confederada

  1. El señor de las graderías

La tarde de la transmisión de mando, un señor de mediana edad ocupó su lugar en las graderías. Llevaba la camiseta con el rostro de Donald Trump, la gorra roja con el "Make America Great Again" bordado en letras duras. En una mano sostenía una bandera de los Estados Unidos; en la otra, ondeaba la bandera confederada —esa cruz sureña que recuerda la esclavitud, el Ku Klux Klan y la defensa armada de los que mataban negros en los algodonales y nativos con una biblia bajo el brazo.

No era un turista extraviado. Era un costarricense.

Y lloraba. Lloraba como quien asiste a un funeral y no a una investidura. Las lágrimas le corrían por las mejillas mientras vitoreaba a Laura Fernández y, en escena, el pastor Daniel Piedra Soto —el mismo que predica "hagamos grande Costa Rica otra vez" en sus redes— bendecía la nueva gestión. No había ironía en sus ojos. Solo una emoción feroz y prestada.

Ese hombre no es una anécdota. Es una paradoja andante.

  1. La quema del Mesón y el espejo roto

Una vez al año, cada 11 de abril, los costarricenses celebran la quema del Mesón de Guerra. Lo hacen para recordar que en 1856, un puñado de campesinos y soldados improvisados derrotó a los filibusteros de William Walker —un sureño esclavista que quería conquistar Centroamérica para expandir los estados esclavistas. La bandera que ondeaba entonces sobre las huestes de Walker era, sí, la bandera confederada. Sus dueños ideológicos eran exactamente los mismos que hoy ese señor vitorea en las graderías.

El país que nació de esa gesta se construyó contra ellos. Se construyó aboliendo el ejército, invirtiendo en educación, jurando no repetir la tragedia de la guerra civil centroamericana. La identidad nacional costarricense se forjó en ese "no ser como ellos".

Pero la historia tiene humor negro. Ayer éramos los que quemábamos el Mesón. Hoy vestimos su camiseta. Ayer les cerrábamos el paso. Hoy les pedimos que vengan a bendecir nuestras ceremonias. Ayer éramos la resistencia. Hoy somos la audiencia aplaudiendo con banderas prestadas.

  1. ¿Qué se rompió?

El sociólogo René Zavaleta Mercado describió los países como "naciones acosadas" que sobreviven en pura defensa, sin lograr elegirse a sí mismas. Costa Rica parecía haber escapado de esa trampa. Durante décadas fue la excepción: sin ejército, con Estado social, con instituciones que resistieron, por ejemplo, a la guerra centroamericana de los ochenta.

Pero la transición que hoy vemos —de Rodrigo Chaves a Laura Fernández— tiene algo de ese síndrome: el acosado que un día decide imitar al acosador. El débil que confunde la sumisión con la fuerza. El país que, cansado de ser "diferente", prefiere ser una mala copia de lo que alguna vez combatió.

Chaves no se va, se repliega. De Presidente a súper ministro en la sombra, mantiene el poder sin haber logrado nombrar un ministro de la Presidencia creíble. Su paso por Hacienda —el impuesto al salario, el shock fiscal sin plan— dejó la misma sensación que deja ese señor en las graderías: mucho ruido, pocas ideas, y una emoción que no sabe a qué responde.

  1. Educación de álbum Panini

Hoy la "ruta del bilingüismo" es Open English: una plataforma comercial disfrazada de política pública. Los álbumes Panini (100 mil que regalará el MEP) son la nueva herramienta pedagógica. El FEES congelado. La universidad pública asfixiada. Es la educación del que ya no cree en la educación: coleccionable, fragmentada, diseñada para llenar huecos con figuritas antes que con ideas.

Zavaleta hablaba de "la alienación como entrega de la conciencia a hechos no referidos a la propia realidad". Aquí la alienación tiene nombre comercial y se paga en dólares. La misma moneda que el señor de las graderías gasta indirectamente en mercancía trumpista.

  1. Dios bendice, la presidenta obedece

En la juramentación de Laura Fernández, el pastor evangélico Piedra Soto no fue un invitado decorativo: dirigió las palabras religiosas y bendijo la gestión reconociendo que "Fuimos recibidos y reconocidos como embajadores del Reino de los Cielos… Primera vez en la historia que una nación reconoce la embajada del Reino y esto sucedió en Costa Rica". El cura católico Sergio, viejo adherente de Chaves, completa el frente clerical. El Estado laico que tanto costó construir se pliega a la misma teología que, en el siglo XIX, justificaba la esclavitud como designio divino.

Es el mismo síndrome: el país que se enorgullecía de separar iglesia y Estado ahora busca bendición pastoral para legitimarse. Como si la fe propia no alcanzara. Como si hubiera que importar también la fe.

  1. Banderas selectivas

Detienen a universitarias por mostrar la bandera de Palestina. Pero nadie cuestiona las banderas de Israel —cuyo primer ministro enfrenta acusaciones de genocidio y el hecho de que Costa Rica piense ampliar su embajada a Jerusalén en vez de Tel Aviv— ni las banderas confederadas, ni las gorras de MAGA. La selectiva indignación oficial es un mapa: castiga la disidencia anticolonial, aplaude el colonialismo si viene alineado con Washington.

El señor de las graderías no ve la contradicción. Para él, la bandera confederada es solo "un símbolo de rebeldía". Ignora (o elige ignorar) que esa misma cruz sureña representa la defensa de la esclavitud y el odio racial. Lo mismo que su bisabuelo combatió en Rivas.

  1. Mano dura de cartón

El decreto del "año carcelario" —que según expertos ya se aplica— es puro marketing punitivista. Laura Fernández amenaza a los narcos con frases hechas, sin reformas estructurales. Mostrar músculo a toda costa, aunque el músculo sea de cartón. Es la política del "parecer fuerte" cuando ya no se sabe cómo serlo.

Zavaleta llamaba a esto "el reivindicacionismo ampliado": reclamar para la tribuna lo que no se está dispuesto a ejecutar en los hechos. El señor de las graderías aplaude. No distingue entre la dureza real y la dureza de atrezo. Como no distingue entre la bandera confederada de Walker y la misma bandera que hoy agita con fervor.

  1. Invitados de ultraderecha

El actor mexicano Eduardo Verástegui, extremista católico y trumpista. Cubanos de derecha que ven en Costa Rica una cabeza de playa regional. La lista de invitados no es un accidente: es la internacional de la rendición.

El país que alguna vez fue refugio de exiliados hoy recibe a los mismos que antes habrían estado del otro lado de la barricada. La ironía es tan gruesa que duele: los nietos de quienes derrotaron a Walker hojean felices el catálogo de la derecha internacional.

  1. El pabellón secuestrado

Históricamente, el pabellón nacional lo portaban estudiantes de colegio: símbolo de una república civilista, desarmada y laica. Ahora lo llevan policías. El mensaje es claro: la patria ya no es de los ciudadanos, es de la fuerza pública.

Esta militarización de la vida cotidiana es el paso de la nación que resiste a la nación que se uniforma. El señor de las graderías aplaude también eso. No recuerda que el ejército que abolió su país era el mismo que hoy viste de policía en sus calles.

  1. Dejar de llorar con banderas ajenas

Ese señor que llora en las graderías con la bandera confederada no es un traidor. Es, más tristemente, un huérfano de identidad. Alguien que ya no sabe qué significa ser costarricense y entonces alquila el significado más barato que encuentra: la camiseta de Trump, la gorra de MAGA, la cruz sureña de los esclavistas que su bisabuelo combatió.

Pero la identidad no se alquila. Se construye, se discute, se reinventa. Y a veces se recupera.

Proponerse no es comprar. No es vitorear. No es llorar con banderas ajenas mientras los pastores extranjeros bendicen a tus gobernantes. Es mirar a la historia —a la quema del Mesón, a la abolición del ejército, a la lucha por el Estado social— y decir: eso también fuimos nosotros. Y podemos volver a serlo.

O seguimos llorando en las graderías con la bandera de quienes vinieron a anexarnos.