En días pasados, leí un artículo de opinión titulado “La ternura de Ariel”, en el que se cuestiona la pertinencia de una actividad organizada por el Departamento Ecuménico de Investigaciones (DEI) con la participación del exdiputado y excandidato Ariel Robles. El texto, que se presenta como una crítica a la politización de los espacios académicos y a la superficialidad del discurso político contemporáneo, plantea inquietudes que, en principio, podrían resultar atendibles. No obstante, un examen más detenido permite identificar una serie de tensiones lógicas e ideológicas que debilitan su pretensión de objetividad.
En primer lugar, destaca una contradicción performativa fundamental. El autor denuncia la “politización” de espacios académicos mientras despliega un discurso profundamente politizado, orientado a desacreditar a un partido específico, el Frente Amplio, y a un conjunto de actores universitarios. Esta operación descansa en una estrategia frecuente en el debate público contemporáneo: presentar la propia posición ideológica como neutral o técnica, al tiempo que se descalifica la del adversario como interesada o ilegítima. Sin embargo, como han señalado diversas tradiciones críticas, entre ellas las de Jürgen Habermas y Franz Hinkelammert, no existe una exterioridad “pura” respecto de la política, toda intervención en el espacio público está normativamente situada.
En segundo lugar, el texto reduce la política a una lógica estrictamente instrumental, al afirmar que lo único relevante en un político es su “eficiencia” en la producción de políticas públicas. Esta reducción desconoce que la política es también un campo de disputa simbólica y afectiva. En este punto, aportes como los de Chantal Mouffe resultan especialmente esclarecedores. Las identidades políticas no se constituyen únicamente a partir de argumentos racionales, sino mediante pasiones, identificaciones y afectos colectivos. La movilización democrática, lejos de prescindir de la emotividad, depende en gran medida de su articulación. En una línea complementaria, Naomi Klein ha mostrado cómo las emociones, particularmente el miedo, pero también la esperanza, son terreno de disputa política, capaces tanto de habilitar formas de dominación como de impulsar proyectos emancipatorios. Desde estas perspectivas, la afirmación de que “la gente no vota ternura, sino soluciones” se revela como una falsa dicotomía: toda “solución” política requiere de marcos de sentido, identificación y legitimidad afectiva para ser socialmente eficaz.
En este sentido, es pertinente detenerse en la descalificación de la ternura como categoría políticamente irrelevante, pues dicha operación descansa en una comprensión reduccionista de la política como mera gestión técnica desprovista de dimensiones afectivas. Frente a discursos crecientemente marcados por la deshumanización y la lógica del enemigo, provenientes tanto de la izquierda como de la derecha, atender a la ternura no implica negar el conflicto, sino problematizar las formas en que este se articula. Como sugiere Mouffe, el antagonismo es constitutivo de lo político, pero puede asumir formas más o menos destructivas dependiendo de si el adversario es concebido como enemigo a eliminar o como interlocutor legítimo. En esta línea, la ternura puede entenderse como una disposición que, sin suprimir la disputa, contribuye a humanizarla y a desplazarla hacia registros agonísticos. Asimismo, en consonancia con los planteamientos de Naomi Klein, la política es también una disputa por los afectos. Allí donde predominan el miedo, el resentimiento o la hostilidad, la introducción de registros como la empatía o el cuidado no constituye una evasión, sino una intervención en el clima emocional que estructura la acción colectiva. Desde esta perspectiva, lejos de ser un elemento superficial o accesorio, la ternura puede operar como una condición de posibilidad para sostener el conflicto democrático sin erosionar los vínculos sociales que lo hacen viable.
Paradójicamente y, sin la intención de hacer una apología al excandidato, el propio autor recurre a categorías simbólicas, como “puesta en escena” o “personaje”, para desacreditar a Robles, incurriendo así en una inconsistencia lógica, niega la relevancia de lo simbólico y lo afectivo mientras lo utiliza como criterio de crítica. Asimismo, el argumento se apoya en generalizaciones problemáticas, como la afirmación de que “todo político” es un mero buscador de cargos. Este tipo de universalización no solo empobrece el análisis, sino que entra en tensión con el propio desarrollo del texto, que distingue y jerarquiza negativamente a determinados actores políticos. La generalización opera aquí como un recurso retórico de deslegitimación más que como una categoría analítica rigurosa.
Una de las dimensiones más relevantes del texto es su crítica a la falta de pluralidad en la Universidad de Costa Rica. Sin embargo, esta preocupación se formula desde una perspectiva que, en sí misma, resulta poco plural, se homogeniza a amplios sectores académicos, se descalifican disciplinas enteras y se desestima la diversidad de posiciones existentes al interior de la universidad. Se configura así una nueva paradoja, se exige pluralismo mientras se produce un discurso que reduce y simplifica la complejidad del campo universitario.
Por otra parte, resulta particularmente llamativa la autoidentificación del autor como “hinkelammertiano de derecha”. La obra de Franz Hinkelammert se caracteriza por una crítica profunda a la racionalidad instrumental, a la centralidad del mercado y a las formas de exclusión material. No obstante, el texto analizado reproduce una lógica que prioriza la eficiencia por encima de otras dimensiones de la vida política y desestima enfoques críticos vinculados a género o cultura, lo que sugiere una apropiación más nominal que sustantiva de dicho pensamiento.
Finalmente, el texto recurre a una crítica moralizante de la izquierda, presentada como un espacio de comodidad y privilegio. Este enfoque desplaza el análisis de las estructuras de poder hacia una caracterización estilizada de los sujetos, invisibilizando tanto las condiciones materiales como las disputas históricas que atraviesan la acción política. De este modo, se sustituye una crítica estructural por una narrativa que apela más a la ironía y al descrédito que a la argumentación.
El texto pretende denunciar una hegemonía ideológica en la universidad, pero lo hace desde un marco que reproduce varias de las limitaciones que critica, simplificación analítica, deslegitimación del adversario y ausencia de reflexividad sobre la propia posición. Más que un ejercicio de crítica académica, se configura como una intervención polémica que, al intentar despolitizar ciertos espacios, termina reafirmando su propia inscripción en el campo de la disputa política.
En última instancia, no deja de ser significativo que este tipo de argumentación provenga de un docente de la Escuela de Filosofía de la Universidad de Costa Rica. Lejos de situarse como una voz externa o puramente crítica, el texto revela las tensiones internas de un espacio que se reclama plural, pero cuya defensa o impugnación suele formularse desde posiciones igualmente parciales. La paradoja es evidente al denunciar la falta de apertura y el sesgo ideológico en la universidad, el propio discurso reproduce dinámicas de simplificación y descalificación desde su lugar de enunciación. Así, más que ofrecer una crítica que amplíe el horizonte del debate, termina por confirmar aquello que pretende cuestionar. Quizá, entonces, el problema no radique únicamente en la supuesta hegemonía de ciertas posiciones, sino en la dificultad, más extendida de lo que se admite, de sostener una crítica verdaderamente rigurosa, consciente de sus propios presupuestos y abierta a la complejidad de lo político.
