De manera entendible, después de la pandemia de COVID-19, pocas palabras tienen tanta capacidad de ponernos nerviosos como la combinación de “virus”, “zoonosis” y “el MV Hondius que zarpó de Ushuaia”. Si además aparece la palabra “cepa” o “variante” en el titular de la BBC, y fotos de personal de la salud con mascarillas, ya sentimos que volvimos a marzo del 2020 y que en cualquier momento alguien va a empezar a comprar papel higiénico como si fuera una inversión inmobiliaria. Pero respiremos un poco.
¿El hantavirus merece atención seria? Sí. También merece vigilancia epidemiológica y, como insistí durante la pandemia de COVID-19, requiere buena comunicación pública. Lo que no merece es pánico desordenado, ni la sensación de que estamos frente a “otro COVID”. No estamos ante eso. Y precisamente porque la pandemia nos enseñó que los virus y las enfermedades que saltan de animales a humanos (zoonosis) no son cosa menor, conviene entender qué es, en realidad, lo que está pasando.
Desde hace un par de semanas, la Organización Mundial de la Salud (OMS) investiga un brote de hantavirus asociado con el crucero MV Hondius que zarpó de Ushuaia, Argentina. Al momento de escribir estas líneas, se reportan ocho casos, de los cuales cinco están confirmados por laboratorio y, lamentablemente, tres muertes. La hipótesis más fuerte que se maneja hasta el momento es que los primeros casos pudieron haberse infectado antes de abordar el crucero, probablemente en Argentina, durante actividades de observación de aves en zonas donde circulan roedores capaces de portar el virus.
Y ¿qué sabemos del hantavirus? Primero, valga decirlo, el hantavirus no es nuevo. Es una familia de virus conocida desde hace décadas, asociada principalmente a roedores, que en las Américas puede causar una enfermedad respiratoria grave llamada síndrome cardiopulmonar por hantavirus. La mayoría de las personas se infectan no por contacto con otras personas (como las gripes), sino al exponerse a orina, heces o saliva de roedores infectados. Esto puede ocurrir cuando esas partículas contaminadas se secan, se levantan con el polvo y terminan siendo inhaladas. Es decir, aunque pueda ser la primera vez que muchos escuchan “hantavirus”, el brote actual no es “un virus misterioso que anda flotando por el mundo”, sino una enfermedad zoonótica bien descrita, poco frecuente, potencialmente grave y muy ligada al contacto con ambientes contaminados por roedores.
Una vez que una persona se infecta, entre una y ocho semanas después pueden aparecer los síntomas más clásicos, como fiebre, dolor muscular, dolor de cabeza, náuseas o diarrea. Si la enfermedad avanza, puede hacerlo de manera muy rápida y generar dificultad respiratoria, shock y, eventualmente, la muerte. Como ocurre con muchos virus, no hay tratamiento específico ni una vacuna ampliamente disponible. La diferencia entre la vida y la muerte radica en reconocer la infección a tiempo y brindar soporte intensivo cuando se requiere.
El giro de la historia es el virus involucrado en este brote reciente: el virus Andes, llamado así por su origen andino. A diferencia de la mayoría de los hantavirus, esta cepa sí ha demostrado transmisión limitada entre personas, sobre todo entre contactos cercanos y prolongados, como familiares, cuidadores y parejas. Vale recalcar esta última parte, por el momento, con la información que tenemos sobre este virus, el contagio se da por contactos cercanos y prolongados, no por contactos casuales. Aunque se nos vienen a la mente los fantasmas del COVID-19, vale la pena detenernos y explicar por qué el SARS-CoV-2 fue algo así como la tormenta perfecta.
Tal vez lo recuerden. El SARS-CoV-2 tenía varias características que lo hacían difícil de controlar. Primero, su R0 (el famoso “R cero”), que se refiere al número promedio de personas que puede contagiar una persona infectada, era suficientemente alto como para generar cadenas de transmisión exponenciales. Segundo, muchas personas podían transmitir el virus antes de sentirse enfermas, o incluso sin llegar a desarrollar síntomas importantes. Y tercero, aunque COVID-19 podía ser mortal, su letalidad era relativamente baja si se compara con virus como el Ébola o algunos hantavirus.
Esto suena contraintuitivo, pero para un virus “matar demasiado rápido” o enfermar de forma muy visible puede ser, digamos, un “mal negocio” epidemiológico. Si una persona se enferma gravemente en poco tiempo, se aísla, quienes la rodean se asustan y la cadena de transmisión tiende a cortarse. En cambio, COVID-19 viajaba con personas que todavía se sentían lo suficientemente bien como para ir a una boda, montarse en un avión o juntarse con los amigos. En esas características epidemiológicas estuvo buena parte de su peligrosidad.
El hantavirus Andes, es cierto, es más letal, y el síndrome cardiopulmonar puede tener tasas de letalidad de 20% a 40%. Pero, hasta donde sabemos, se transmite mucho peor que COVID-19. No quiero minimizar. Es peligroso para quien se infecta, pero no necesariamente una amenaza pandémica para el planeta.
Entonces, ¿debemos preocuparnos? Sí, pero en la dosis correcta. Por el momento no hace falta correr a comprar mascarillas para ir al súper ni pedir el cierre de fronteras. ¿Qué sí hace falta? Que las autoridades vigilen, diagnostiquen, comuniquen con transparencia y coordinen con la OPS/OMS. ¿Y a cada uno de nosotros? Lo básico: evitar el contacto con roedores, ventilar antes de limpiar lugares abandonados, humedecer con desinfectante y nunca, repito, nunca, barrer en seco las excretas de roedores.
Esperemos estar ante solo un susto, pero también ante una oportunidad para demostrar que aprendimos algunas lecciones en el camino. Se los digo como salubrista, la salud pública global rara vez es “dramática”, a veces inclusive un poco aburrida, pero, por dicha, suele funcionar.
