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La generación que olvidó despedirse: el caso del final The Boys

Las redes sociales se llenaron otra vez de frustración y esta semana fue por el final de la serie The Boys, de Amazon Prime Video. Algunos señalan una insatisfacción por el final, otros sostienen que ciertos personajes merecían otro destino y no faltan quienes aseguran que fue una traición a la historia que siguieron durante años. Parte de esas críticas pueden ser completamente válidas, se entiende que no todo final es bueno solo por ser final. De igual manera sucedió con Stranger Things en diciembre pasado. Parece que detrás de muchas de esas reacciones se está revelando algo más grande que una discusión entre fanáticos. Quizás estamos observando una dificultad creciente para aceptar que las cosas terminan en sí y no siempre como queremos.

No parece un problema exclusivo de las series. Tal vez estas son simplemente el espejo por la viralidad que provocan, pero va más allá. El filósofo surcoreano Byung-Chul Han sostiene que la sociedad contemporánea dejó atrás las estructuras del límite y la prohibición para entrar en una lógica distinta: la del exceso y la posibilidad infinita. En sus análisis sobre la sociedad del rendimiento y la sociedad del cansancio, explica que ya no vivimos bajo un sistema que nos dice "no se puede"; vivimos dentro de uno que constantemente nos susurra "se puede más".

Podemos producir más. Trabajar más. Consumir más. Mostrar más. Ser más. La palabra "suficiente" parece haberse convertido en una derrota. Y esa lógica terminó infiltrándose también en nuestras historias. Queremos una temporada más. Un capítulo adicional. Un spin-off. Una secuela. Una continuación. Una explicación extra. Una escena postcréditos que deje una puerta abierta. Como si terminar fuera una falla del sistema.

Con el final de Stranger Things, se desató en Redes Sociales una ola de teorías de que ese no era el verdadero cierre, sino que habría otro. De igual manera, la insatisfacción más reciente es el viralizado final de The Boys. Las teorías y discusiones posteriores al cierre de estas series revelan algo curioso: pareciera existir una necesidad constante de dejar una puerta abierta, como si el final necesitara ser negociado. Quizás el problema no es que nos duelan que una serie se acabe, el problema es que vivimos en una cultura que nos enseñó que nada debería terminar o que al menos, si termina, debe ser bajo nuestras condiciones. Y la vida no trabaja así.

Y ahí aparece una contradicción interesante. Zygmunt Bauman describía nuestra época como una "modernidad líquida": una sociedad en la que los trabajos, las relaciones, las identidades y los vínculos parecen cada vez más temporales y frágiles. A primera vista suena contradictorio. Si vivimos rodeados de cosas efímeras, deberíamos acostumbrarnos mejor a los finales, pero nos negamos a aceptar los finales que, como el agua, fluyen sin que podamos controlarlos del todo.

Tal vez el problema es que intentamos resistir algo inevitable. Y precisamente sobre eso escribía Heidegger cuando planteaba que el ser humano vive como un "ser hacia el fin". Su idea no hablaba únicamente de la muerte física, hablaba de algo más amplio: vivimos dentro de límites y son esos límites los que dan forma a la existencia. Lo que no termina pierde contorno, una infancia eterna dejaría de ser infancia, una historia sin final dejaría de ser una historia. Paradójicamente, aquello que vuelve valiosas muchas cosas es precisamente su fragilidad. Sin embargo, pareciera que hemos desarrollado una relación extraña con la pérdida. En lugar de procesarla, intentamos negociar con ella para que se ajuste a mí y no al revés. Exigimos una continuación. Buscamos otra explicación. Pedimos una segunda oportunidad.

El psicoanalista Sigmund Freud diferenciaba el duelo de la melancolía de una forma interesante: en el duelo aceptamos una pérdida y reorganizamos nuestra vida alrededor de ella, en la melancolía permanecemos atrapados en aquello que desapareció. Quizás ahí se encuentra una de las contradicciones más extrañas de nuestro tiempo: tenemos una enorme capacidad para reemplazar cosas, pero una capacidad cada vez menor para despedirnos de ellas. Y quizá la pregunta ya no sea si Stranger Things o The Boys tuvieron buenos o malos finales. La pregunta más incómoda es otra: ¿Cuándo dejamos de aprender a despedirnos?