Durante décadas, buena parte de la izquierda occidental construyó su legitimidad política alrededor de la defensa de las mayorías trabajadoras, la soberanía popular, la justicia económica y la resistencia frente a las estructuras de poder financiero y corporativo. Sin embargo, en las últimas décadas, ese eje histórico fue sustituido progresivamente por una agenda cultural fragmentaria que terminó alejando a la izquierda de las bases populares que alguna vez representó.
El problema no es la defensa de minorías ni el reconocimiento de derechos específicos. Toda sociedad seria debe garantizar dignidad humana y protección jurídica para todos sus ciudadanos. El problema aparece cuando la política deja de organizarse alrededor de las condiciones materiales de vida de las grandes mayorías y pasa a girar casi exclusivamente alrededor de identidades particulares, guerras culturales y debates simbólicos promovidos, amplificados y muchas veces administrados desde los mismos centros de poder que supuestamente se pretendían combatir.
Ahí radica una de las grandes contradicciones contemporáneas: sectores que todavía se autodenominan “antisistema” terminan defendiendo exactamente las narrativas culturales promovidas por corporaciones multinacionales, plataformas digitales, grandes universidades occidentales, organismos internacionales y conglomerados mediáticos globales. El capitalismo financiero descubrió hace tiempo que podía convivir perfectamente con el progresismo cultural, siempre y cuando este no cuestionara las estructuras reales de acumulación económica ni la concentración del poder.
La llamada cultura “woke” es el síntoma más evidente de este fenómeno. Originalmente, el término surgió vinculado a la conciencia frente a injusticias raciales y sociales en Estados Unidos. Sin embargo, con el tiempo dejó de ser una sensibilidad social legítima para convertirse en una doctrina cultural expansiva, moralizante y profundamente divisiva. Lo que comenzó como una denuncia de desigualdades concretas terminó mutando en un aparato ideológico obsesionado con la fragmentación identitaria, la corrección política extrema y la reinterpretación permanente de toda realidad humana bajo categorías de opresión cultural.
Mientras tanto, las élites económicas siguieron intactas, las condiciones laborales empeoraron, el costo de vida aumentó, la vivienda se volvió inaccesible para millones, los salarios perdieron poder adquisitivo y las cadenas financieras globales concentraron todavía más riqueza. Pero gran parte de la izquierda occidental abandonó esas luchas históricas para concentrarse en debates lingüísticos, simbólicos y culturales cada vez más alejados de las preocupaciones cotidianas del ciudadano común.
El resultado fue devastador. La izquierda dejó de hablar el lenguaje del trabajador, del campesino, del pequeño comerciante, de la familia común, de las comunidades históricas y de las identidades culturales profundas de los pueblos. En muchos casos, incluso comenzó a despreciarlas abiertamente. La religión popular, las tradiciones nacionales, los símbolos históricos y las creencias culturales de las mayorías pasaron a ser vistas como obstáculos reaccionarios que debían ser desmontados.
Esa arrogancia cultural abrió un vacío político gigantesco que fue aprovechado por nuevas derechas radicales.
No porque esas derechas tengan soluciones reales para los problemas estructurales del capitalismo contemporáneo, sino porque entendieron algo elemental: los pueblos necesitan identidad, arraigo, continuidad histórica y reconocimiento cultural. Cuando la izquierda decidió romper con esos elementos, dejó de ser percibida como una fuerza protectora del pueblo y pasó a verse como una maquinaria moralizadora desconectada de la realidad cotidiana.
Por eso resulta tan inútil que muchos sectores progresistas se indignen ante el ascenso de movimientos de extrema derecha mientras continúan defendiendo exactamente las agendas culturales que amplios sectores populares rechazan. La reacción social contra ciertos excesos del progresismo no surgió espontáneamente de laboratorios fascistas; surgió también como respuesta a una izquierda que perdió contacto con el sentido común de las mayorías.
La paradoja es brutal: en nombre de la inclusión terminaron fragmentando la cohesión social; en nombre de la liberación abandonaron las luchas materiales; en nombre del progreso despreciaron las raíces culturales de sus propios pueblos.
Y mientras tanto, el verdadero poder siguió gobernando sin mayores amenazas. Porque un pueblo dividido culturalmente, enfrentado entre sí por identidades irreconciliables y atrapado en guerras simbólicas permanentes, difícilmente logra articular una resistencia política seria contra las estructuras económicas que dominan el mundo contemporáneo.
La tragedia de la izquierda occidental no es simplemente haber perdido elecciones. Es haber perdido claridad histórica. Confundió emancipación con ingeniería cultural, justicia social con moralismo identitario y transformación estructural con activismo simbólico. Al final, dejó de representar a los trabajadores para convertirse en administradora cultural (burguesía cultural) del mismo sistema que decía combatir.
Basta hacerse una pregunta incómoda para entender la magnitud del problema: ¿qué habría pasado si China hubiese caído completamente en esa lógica? Probablemente jamás se habría convertido en la potencia civilizatoria, tecnológica, industrial y geopolítica que es hoy. Mientras gran parte de Occidente se consume en guerras culturales interminables, China concentró su energía en desarrollo material, planificación estratégica, cohesión nacional y construcción de poder real. Y esa diferencia histórica explica mucho más del siglo XXI de lo que muchos todavía están dispuestos a admitir.
