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La machosfera felina

Estamos a pocos, poquísimos días de las elecciones presidenciales en Colombia. Las elecciones están cerradas y nadie sabe a ciencia cierta si seguirá la izquierda al mando del gobierno o si, por el contrario, las ganará Abelardo de la Espriella, alias el Tigre, candidato presidencial por el movimiento «Defensores de la Patria».

El Tigre aparece en las plazas públicas saludando de forma militar, como si, al hacerlo, tuviera frente a él un batallón, cosa extraña para nosotros los costarricenses, acostumbrados a saludar como civiles. De la Espriella lo hace flexionando su brazo derecho hasta que la mano le cae sobre el sombrero que ande ese día: un vueltiao, una gorra o un panamá, porque el Tigre tiene estilo. Su Instagram oficial es delaespriella_style y su cuenta es además todo un derroche de bravado: “Las mujeres no sentirán miedo”; “Bailando con la que nunca se irá de mi lado” (video donde sale bailando con su esposa); “en la era del tigre volverá la seguridad”; “Vine a cambiar la política para siempre”, etc. Su estilo, el tigre, los colores y ademanes gritan a todo pulmón, todo muy kitsch.

En todo caso, llama la atención que dos líderes de derecha latinoamericanos, el costarricense y este colombiano, escogieran felinos como insignias de sus partidos y proyectos políticos. Llama la atención porque atrás quedaron las ideas, y hoy es cuestión de mostrar algo tangible. No es suficiente decir “Con fuerza”, “Con firmeza”, hay que decirlo con emojis y, como sería poco serio, necesitan un símbolo que no necesite explicación y usan una antropomorfización del animal: el tigre de Bengala y el jaguar parecen ambos fuertes, osados y altivos, ambos rugen y espantan, caminan fuertes, sigilosos, comen lo que se les antoja y desgarran a sus presas. No piden ni esperan permiso de nadie. Cada partido proyecta su política de machos sobre el animal.

¿Por qué en un país, Colombia, con cinco frentes militares abiertos actualmente y donde la paz es tan frágil, decide un candidato escoger un animal feroz y no una paloma? ¿Por qué en un país, de tradición pacifista, como Costa Rica, decide el Chavismo poner a rugir a la política?

La machosfera felina. Es una política felina que se reconoce, primero, por su impaciencia.

La machosfera es impaciente, no es de consensos y no busca persuadir. Lo quiere todo ya y a su manera. Lo suyo es la intimidación. Lo vemos a diario aquí en Costa Rica. Y es que hablar de paz, aquí como allá, es mucho más difícil. Es más fácil hacer una cárcel en un par de meses que solucionar de raíz problemas estructurales. ¿A quién de estos le gusta negociar? Definitivamente, no es el fuerte de ninguno de ellos.

La estética característica. La estética del macho está en el tono de voz, los decibeles y las posturas, o en el vello facial hiperarreglado (en el caso de de la Espriella, a lo Bukele), el sombrero, el cinturón que no puede faltar, de cuero, el estilo hacendado. Nada de campesino. No. De hacendado, porque estamos en Latinoamérica, (en Europa el equivalente sería señor feudal). Porque el macho felino se presenta como protector. “Las mujeres no sentirán miedo”, dice el Tigre, como si el miedo de las mujeres se resolviera con un hombre fuerte en la tarima, de sombrero, botas y cinturón. Este hacendado rara vez habla de autonomía, derechos, cuidados, justicia o igualdad. Para muestra, un botón: la que nunca se irá de mi lado, menciona de su esposa. ¿Por qué tan seguro? ¿Por qué tan soberbio? Porque, en el fondo, estos machos felinos no protegen; lo que piden es obediencia. Viven en la fantasía de que gobernar consiste en poner a alguien en su lugar.

La mujer adorno. Los machos felinos ven, tratan y hablan de las mujeres como adornos. La esposa aparece menos como sujeto político que como prueba de virilidad doméstica. La mujer acompaña, lo legitima como padre, adorna, y su presencia es necesaria para suavizar la imagen del tigre. Está ahí para demostrar que el macho también ama, que el guerrero también puede bailar y tener un hogar. Es una vieja fórmula patriarcal que cae de maravilla en Instagram: la patria es una hembra vulnerable y el líder es el mismísimo alfa.

Esa fantasía de protección también explica por qué la paz les resulta incómoda.

Quizás por eso los machos no escogen palomas. La paloma obliga a hablar de paz, y la paz es difícil y suena a debilidad. ¿Acaso no se trata de ganar siempre?
En Colombia la paz exige negociación, memoria, reparación, instituciones, escucha, límites. La pregunta es por qué tantos electores, cansados, asustados o furiosos, vuelven a depositar su esperanza en animales con colmillos; es decir, por qué cierta derecha necesita imaginar la política como una selva.

En la selva se elimina la deliberación y se convierte al adversario en presa. La selva crea la ilusión de que la fuerza da una virtud moral. Aquí nadie argumenta, o dominan o son dominados. Por eso el felino funciona tan bien, ofrece una pedagogía política simple; el país está en peligro, los enemigos acechan, las instituciones estorban y hace falta un rey o una reina de la selva que no pida permiso.

La fantasía de la selva culmina en otra fantasía: la del rey. Y es curioso, porque en nuestro imaginario colectivo así es: el león, el tigre, el jaguar, cualquier felino pareciera tener la soberbia de autoproclamarse autoridad, “rey de la selva”. En la vida real eso solo sucede en Disney. La selva nunca ha coronado a nadie: el 'rey de la selva' es sólo el macho que aprendió a convencer de que un par de colmillos daban legitimidad. Veremos cómo votan los colombianos esta semana. Si eligen al Tigre, no será porque vivan en una selva. Será porque alguien los convenció de que sí.

Nota de la autora: esta columna se escribió escuchando jazz etíope con El libro de la selva de Disney de fondo.