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La presa como espejo social

Cada vez más es frecuente que los medios de comunicación reporten incidentes violentos en carretera. Recientemente vimos con preocupación cómo dos conductores tuvieron un altercado por una colisión y uno de ellos falleció producto de un impacto de bala. Esta ola de violencia en las calles, ciertamente nos debe preocupar.

No dejo de pensar en cuál es la causa del problema. Como ciudadana creo que vivimos en una sociedad altamente neurotizada, en la que todo el tiempo estamos corriendo para algo, intentándole exprimir los segundos al reloj para los distintos roles que tenemos que llenar. Y en esa carrera permanente, hemos perdido algo fundamental: la capacidad de tolerar lo que no sale como queremos.

En la era digital, en donde todo está al alcance de un “click”, los segundos se vuelven océanos que somos incapaces de navegar. Una noticia, la cena, una reserva, una investigación que antes nos hubiera tomado horas, hoy llega en instantes. Esa inmediatez nos ha reconfigurado: cuando algo tarda, cuando algo falla, cuando alguien se nos atraviesa, la frustración escala a una velocidad que antes no teníamos. Salir del mundo digital para conducir en una presa vehicular se vuelve entonces anacrónico. Intolerable.

En esa intolerable realidad que puede ser el tráfico costarricense, he visto maniobras temerarias, motociclistas atentar contra su propia seguridad, accidentes de tránsito y, más recientemente, conflictos violentos entre conductores. ¿Qué nos está pasando?

Aunado a lo anterior, tenemos una distorsión sobre nuestros derechos y los alcances de nuestras libertades. Un egocentrismo ciego que nos hace malentender hasta dónde puedo llegar en la defensa de mi razón, única, irrefutable e incuestionable.

La idiosincrasia costarricense era pacífica, la Suiza centroamericana nos llamaban. Hoy queda poco de eso. El comportamiento violento que vemos en las redes sociales lo hemos extrapolado a la carretera, y la nueva filosofía parece ser: ¡quítense que voy!

¿En qué momento nos dejó de importar el otro? ¿En qué momento nos convertimos en un país con tan baja tolerancia a la frustración? Es urgente que como nación retomemos la educación en la paz, no solo entendida como la ausencia de conflicto, sino como la búsqueda activa de armonía y acuerdos. Eso implica enseñar desde temprano a manejar la espera, la contrariedad, el error propio y el ajeno, dentro y fuera de las aulas.

Ojalá que los males de la modernidad y la inmediatez no nos lleven a perder de vista que ningún destino ni conflicto valen la vida de un ser humano. Nuestras acciones cuentan, no solo por nosotros, sino por nuestras familias y por las del resto. Pax et bonum, decía San Francisco de Asís.