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Lo que Miranda entendía del poder… y la política no siempre

Entre la coherencia de imagen y la lectura del contexto, el poder no se improvisa. El traspaso de mando del 8 de mayo será, para quien quiera verlo, una lección silenciosa de comunicación política.

En política, el poder no es una sola cosa. No está únicamente en lo que se dice, ni únicamente en cómo se dice. El poder es un sistema completo: palabra, tono, gesto, silencio, presencia. Está en el discurso, pero también en la forma de entrar a una sala, en la manera de mirar, en cómo se ocupa el espacio y en cómo se presenta el cuerpo ante los demás. Todo eso comunica. Todo eso construye poder.

El cine, a veces, lo explica con una claridad que la política parece olvidar. En The Devil Wears Prada, Miranda Priestly no necesita levantar la voz ni exagerar sus movimientos. Su autoridad no depende del volumen, sino de la coherencia. Todo en ella apunta en la misma dirección. Eso es poder. No el ruido. No la estridencia. No la necesidad constante de imponerse.

La película también muestra el otro extremo. Andy, al inicio, no fracasa por falta de talento, sino por falta de lectura. No entiende el entorno, no traduce su capacidad en códigos reconocibles. Está en una especie de tierra de nadie: no es lo que era, pero tampoco logra ser lo que el contexto exige. Y en comunicación, esa indefinición se paga caro. Curiosamente, aunque la historia se cuenta en dos películas, el aprendizaje es el mismo: el talento sin lectura del entorno no alcanza.

Por eso, cuando Andy finalmente entiende el juego —cuando ajusta su forma de presentarse, de moverse, de habitar ese espacio— su talento deja de estar oculto. Se vuelve visible. Se vuelve poder. No porque haya cambiado quién es, sino porque aprendió a hacerse legible.

Esa es la lección que la política casi siempre aprende tarde. Gobernar también es leer el momento. Y entender en qué escena uno entra.

Costa Rica llega a este cambio de gobierno con una experiencia reciente que no se puede ignorar.

El estilo del presidente Rodrigo Chaves no fue sutil. Apostó por la confrontación, por la provocación, por un tono que deliberadamente rompía con las formas tradicionales. A muchos les resultó refrescante. A otros, profundamente desgastante. Pero tenía una lógica: era consistente consigo mismo. Le funcionó a él, sí. A la institucionalidad democrática, no. La erosionó.

El problema nunca es la existencia de un estilo fuerte. El problema es cuando ese estilo se intenta replicar sin pertenecer.

Durante la campaña, Laura Fernández ensayó, por momentos, ese mismo registro. Era predecible: cuando una fórmula funciona electoralmente, la tentación de copiarla es alta. Se notó, sobre todo, en los debates a los que sí asistió, porque tampoco estuvo en todos, donde el tono confrontativo aparecía y desaparecía sin terminar de asentarse. Pero hay estilos que no se pueden heredar. Y hay tonos que, fuera de su contexto original, no empoderan: incomodan.

Cuando la dureza no es orgánica, se siente forzada. Cuando la confrontación no es natural, se percibe como actuación. Y la política, como el cine, castiga las actuaciones poco creíbles.

Laura Fernández hoy parece moverse en una zona incómoda de indefinición. No termina de ser continuidad, pero tampoco ha construido una ruptura clara. No se percibe aún un código propio.

Y en política, lo indefinido no es neutral. Es débil. Pero el problema no es solo de estilo. Es de responsabilidad.

Porque más allá de la forma en que se proyecte, lo que está en juego es la capacidad de gobernar un país que enfrenta tensiones reales: una crisis de seguridad, un sistema educativo rezagado y un sistema de salud con fisuras evidentes.

El país no necesita únicamente una presidenta que comunique mejor. Necesita una presidenta que asuma, sin ambigüedades, que esos problemas están en crisis. Y que tenga la capacidad —y la voluntad— de enfrentarlos.

Eso implica negociar, escuchar y consensuar. Y para eso, hay un paso previo: desprenderse de un “vestuario” político que no le pertenece.

El traspaso de poderes será algo más que un acto protocolario. Será una escena.

Un momento en el que —sin necesidad de discursos— se pondrán en evidencia estilos y formas de entender el poder. No todo el mundo lo verá. No todo el mundo querrá verlo. Pero para quienes se detengan a observar, el mensaje estará ahí. Porque el poder no se copia. Se encarna.

Y cuando no se logra, se nota.