Este mayo me habló con fuerza y no necesariamente de forma amable.
Entre llamadas con colegas y amigos que, como yo, han apostado por trabajar de forma diferente, con vocación real y con servicios que tienen sentido, empecé a notar que no era solo el cansancio económico; era otra cosa: la sensación de que el suelo se mueve y de que pocos tienen fuerza, ánimo o valentía para afrontarlo.
Entonces agarré un libro: El cuento de la criada, de Margaret Atwood, escrito en 1985, supuestamente definido como una distopía.Terminé de leerlo y no pude llamarlo ficción.
Para quienes no estén familiarizados con el libro, este trata de Gilead, una república teocrática que reemplazó a Estados Unidos; el poder se concentra en los hombres más fuertes — los llamados Comandantes, una suerte de machos alfa que deciden sobre los cuerpos de todos los demás y nadie los cuestiona. Quien habla más fuerte manda; quien no obedece desaparece.
Para mí, hoy, Gilead no es un lugar inventado; representa un patrón que hemos visto antes y ahora: gobiernos teocráticos, líderes cegados por sus "ideales", los billonarios que comandaban los destinos del mundo, o como en la dictadura argentina, robando los bebés a las madres que el Estado decidió que no merecían serlo, y que cada año las Madres de la Plaza de Mayo nos lo recuerdan. Lo hemos visto en Irán, en las niñas representadas en Persépolis, quienes un día se levantaron y su mundo ya no fue el mismo, y, con mis sesgos humanos, lo veo en las niñas y los niños a los que me topo y por los que siento miedo por su futuro.
Y, como todo, siempre puede ser mejor o peor: llegó un golpe inesperado, que vino de voces que amo y valoro, personas cuyo criterio respeto, cuya trayectoria admiro y que este mes me dijeron, con toda la convicción del mundo, que lo que está pasando en nuestro país es merecido y que ojalá los gobernantes actuales logren lo que proponen, ya sea "castigando" a quienes no se alinean con cancelaciones de visas, ganando todas las municipalidades en 2028 y que en 2030 ganen toda la asamblea para que cambien la constitución y puedan seguir gobernando por mucho tiempo.
No pude decir nada, y no por falta de argumentos, sino porque cuando alguien a quien querés y admirás dice algo así, el golpe llega antes de poder reaccionar; por eso solamente pude decir: "cambio y fuera". Si bien el silencio no acorta distancias ni construye puentes con quienes ven la realidad desde lugares distintos, esta vez no pude argumentar sin perder la compostura ni lastimar vínculos importantes.
¿Cómo explicarle a alguien que admirás que "que se lo merecen" no es una posición política sino una trampa? Que cuando celebramos el desmantelamiento de lo que nos protege a todos, no estamos ganando nada: estamos firmando algo que todavía no sabemos leer del todo.
No soy fatalista, pero sí soy observadora, y lo que observo es un mecanismo muy antiguo y muy eficiente: dividir para vencer.
En una revolución no hace falta violencia para quitarle el poder a la gente; basta con ponerla a pelear entre sí; basta con proponer que las madres se pensionen antes, una medida que suena justa, pero que silenciosamente les dice a todas las demás mujeres: tu desgaste no cuenta igual. Basta con instalar la idea de que el Estado solidario es un modelo fallido para que nadie lo defienda cuando lo desmantelan; basta con decirles a los trabajadores independientes que el mercado se hará cargo de todo para que no pregunten quien se está quedando con lo que antes era de todos.
Para mí, la solidaridad es inteligencia colectiva. Lo viví al crecer en una Costa Rica rural, en la que pude estudiar y tener acceso a servicios de salud gracias al sistema público que también trajo electricidad y agua potable a casa, así como teléfonos públicos para quienes no podían tener uno en casa, aunque no fuera "rentable", donde nadie se quedaba atrás porque ayudarnos era parte del inconsciente colectivo, y es lo que convierte a un grupo de individuos asustados en algo que quienes mandan sí temen: una fuerza común.
Mayo me deja una moraleja, al mejor estilo de cada capítulo de He-Man: un castillo no se toma por las torres; se toma convenciendo a quienes viven adentro de que las paredes no sirven para que las derriben por sí mismos, y así no haya defensa que derribar.
Al final no es si algo está mal, sino si vamos a seguir viendo desde dentro del castillo o si vamos a empezar a cuidar las paredes juntos.
