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Profecía

Hay una imagen que lo resume bien: un automóvil atascado en el barrial, el motor rugiendo, el humo saliendo, las ruedas girando sin parar —y el carro hundiéndose cada vez más en el mismo sitio. Así se siente, a veces, quien escribe para influir en la opinión pública. Mucho esfuerzo. Poca tracción.

Pero la metáfora tiene otra capa que merece atención. La tracción, en física, requiere fricción. Sin contacto real entre la llanta y la superficie, no hay avance. Y en el ecosistema digital de hoy, la fricción se ha convertido en moneda de cambio: quien genera controversia, capta atención. Quien capta atención, acumula influencia. Y quien acumula influencia —con intención o sin ella— puede terminar diseñando la realidad en la que todos vivimos.

Eso es, en el fondo, una aspiración profética. No en el sentido vulgar del término, como si el profeta fuera aquel que adivina el futuro. Sino en su sentido más preciso: el que articula con tanta claridad y persistencia lo que debería existir que, a la larga, logra que exista. El profeta no predice; persuade. No describe lo que vendrá; construye las condiciones para que ocurra.

El problema es que esta capacidad no está distribuida de manera equitativa entre quienes tienen buenas intenciones y quienes no las tienen. Hoy, con herramientas de inteligencia artificial al alcance de cualquiera, es posible producir contenido impecable, sin errores gramaticales ni lógicos aparentes, en defensa de las ideas más corrosivas para el orden democrático. Un argumento a favor de concentrar el poder en un solo líder puede sonar tan razonable y tan bien redactado como uno que defiende la separación de poderes. El lector desprevenido no siempre tiene los instrumentos para distinguirlos.

Y aquí entra la barrera más profunda: no es el argumento lo que falla, sino la disposición a recibirlo. Dos emociones bloquean el paso de cualquier mensaje con vocación transformadora. La primera es la indiferencia: ese territorio interior donde los asuntos públicos ya no aterrizan, donde el ciudadano está demasiado ocupado sobreviviendo como para preguntarse quién diseña las condiciones de su supervivencia. La segunda es la desesperanza: la convicción silenciosa de que nada puede cambiar, de que las instituciones están capturadas, de que el esfuerzo cívico es un gasto sin retorno.

Frente a estas barreras, la comunicación que aspira a transformar —y no solo a entretener o confirmar creencias preexistentes— enfrenta un reto enorme. No basta con tener razón. No basta con estar bien informado. Es necesario que el otro ame el mensaje, que lo reciba no como amenaza a su identidad sino como apertura a una posibilidad que aún no imaginaba.

Mientras tanto, hay fuerzas que no se detienen a considerar estos matices. En los últimos diez años, narrativas que habrían parecido marginales o de plano indecentes se instalaron en el centro del poder real. No llegaron ahí por accidente. Llegaron porque alguien las comunicó con insistencia, por múltiples canales, hasta que se volvieron sentido común para masas críticas de personas. Lo que vivimos hoy no es una anomalía histórica: es el resultado de una profecía que alguien sembró y regó con paciencia.

La pregunta, entonces, no es si la escritura pública puede cambiar realidades. La evidencia dice que sí puede. La pregunta es quién está dispuesto a ejercer esa capacidad con la responsabilidad que exige —y con suficiente claridad, insistencia y humildad como para que el mensaje no solo sea escuchado, sino amado.

Escuche el episodio 318 de Diálogos con Álvaro Cedeño titulado “Profecía”.

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