El reciente caso que rodea a los futbolistas Alejandro Bran y Kenneth Vargas ha generado una ola de críticas centradas en la conducta individual de los jugadores. Sin embargo esta situación trasciende la polémica del momento y refleja la realidad sobre el lugar que ocupa el deporte en Costa Rica y el progresivo deterioro como herramienta de desarrollo social.
Cuando hablamos del deporte debemos dimensionar el impacto que tiene en la sociedad, este reduce la criminalidad, fortalece la salud mental, promueve disciplina, trabajo en equipo y sentido de pertenencia, además de convertirse en una poderosa herramienta de movilidad social. Para miles de jóvenes en contextos vulnerables, el deporte puede representar una alternativa frente a la violencia, las drogas o inclusive el abandono escolar.
Sin embargo, el deporte en Costa Rica ha ocupado históricamente un lugar secundario dentro de las prioridades nacionales. A pesar de su enorme potencial, el país aún carece de una política deportiva sostenida y de largo plazo. Anque que el presupuesto del ICODER creció para este 2026 hasta aproximadamente ₡16.195 millones, las propias autoridades han reconocido que sigue siendo insuficiente para responder a las necesidades reales del deporte nacional y continúa por debajo de niveles presupuestarios de años anteriores, cuando la institución llegó a manejar más de ₡21 mil millones. La inversión en infraestructura continúa siendo limitada, muchos espacios recreativos siguen siendo insuficientes y el acompañamiento a jóvenes talentos depende, en gran medida, del esfuerzo individual de familias, entrenadores y sus comunidades.
Por ejemplo, la reciente decisión de convertir los Juegos Deportivos Nacionales en una competencia bianual a partir de 2028 refleja precisamente esa falta de visión sobre el deporte como inversión social. Los Juegos Nacionales no son únicamente una competencia; representan la principal plataforma de desarrollo deportivo juvenil del país y uno de los pocos espacios donde miles de jóvenes de diferentes cantones encuentran oportunidades de crecimiento y movilidad social. El propio ICODER reconoce a los Juegos Deportivos Nacionales como el principal programa gubernamental en materia deportiva. Sin embargo, el gobierno confirmó que las fases finales dejarán de realizarse anualmente para pasar a celebrarse cada dos años.
El impacto de esta decisión puede ser considerable. Menos competencias significan menos exposición para jóvenes atletas, menos oportunidades de detección de talento, menor continuidad en los procesos deportivos cantonales y una posible pérdida de motivación entre adolescentes que encuentran en el deporte un espacio de pertenencia y superación personal. Para muchos jóvenes, especialmente fuera del Gran Área Metropolitana, los Juegos Nacionales representan una vitrina que puede abrir puertas académicas, deportivas e incluso profesionales.
Lo más preocupante es que este tipo de decisiones suelen justificarse desde la administración o el presupuesto, pero raramente desde una visión de largo plazo. El actual gobierno parece olvidar que invertir en deporte es invertir en prevención de violencia, salud pública, cohesión social y formación ciudadana.
Estos episodios también dejan una contradicción como país, exigimos disciplina, madurez y profesionalismo a nuestros deportistas, pero poco se habla de las condiciones bajo las cuales muchos jóvenes construyen sus carreras. Nos indignamos cuando un futbolista toma malas decisiones, pero guardamos silencio frente a un sistema deportivo que muchas veces deja solos a quienes aspiran a crecer dentro de él.
Y es que los fallos de este sistema se han extendido al punto de que muchos deportistas deben recurrir a rifas, ventas de comida o publicaciones pidiendo ayuda para poder representar a Costa Rica internacionalmente. Jóvenes como Kaylin Myrie, José Israel Arroyo Molina y Matías Moraga han tenido que costear gastos de competencia e incluso parte de sus uniformes para asistir a eventos internacionales. Esto resulta indignante que, en un país que tanto celebra las medallas y los triunfos deportivos, todavía haya jóvenes preguntándose si podrán competir no por falta de talento, sino por falta de dinero.
Esta reciente polémica del fútbol nacional debería servir para algo más que señalar a culpables o buscar explicaciones simplistas sobre por qué no logramos clasificar al Mundial. También debería abrir un debate sobre el lugar que ocupa el deporte en Costa Rica y el tipo de oportunidades que estamos construyendo para nuestros jóvenes.
Aun así, el deporte sigue ocupando un espacio secundario dentro de las prioridades nacionales. La reducción de competencias, las limitaciones presupuestarias y la falta de apoyo sostenido terminan debilitando procesos que toman años en construirse. Mientras tanto, muchos jóvenes continúan dependiendo del sacrificio de sus familias o de actividades para recaudar fondos con tal de seguir compitiendo.
No podemos lamentarnos por la falta de disciplina, referentes o profesionalismo en nuestros atletas mientras, al mismo tiempo, debilitamos los espacios donde esas cualidades precisamente se construyen. El talento está ahí, lo que falta saber es si el Estado seguirá esperando resultados extraordinarios de un sistema al que lleva años dándole la espalda.
