De los argumentos más frecuentes utilizados para cuestionar la legitimidad histórica de la existencia del Estado de Israel sostiene que los judíos ashkenazíes no tendrían vínculos reales con la antigua Tierra de Israel, sino que se trataría de “colonizadores europeos” no semitas.
Esta afirmación suele apoyarse en la llamada hipótesis jázara, según la cual la mayoría de los judíos de Europa oriental descenderían de una conversión masiva de pueblos túrquicos del Cáucaso y no de los antiguos israelitas. A partir de esa premisa, algunos concluyen que Israel sería una entidad creada por europeos sin raíces en el Medio Oriente.
El problema es que dicha afirmación no resiste el análisis histórico, lingüístico ni genético. Durante las últimas décadas, la investigación interdisciplinaria ha estudiado extensamente el origen de las comunidades ashkenazíes, mostrando resultados que muestran que estos judíos surgieron a partir de poblaciones judías originarias del Levante que se establecieron primero en el Mediterráneo, particularmente en Italia, y posteriormente en Europa central.
A lo largo de los siglos incorporaron elementos europeos mediante conversiones y matrimonios mixtos, pero conservaron una identidad colectiva, religiosa y cultural que los vinculó permanentemente con el pueblo judío y con la tierra de Israel.
Según los estudios genéticos modernos mostraron esa realidad, los linajes paternos predominantes entre los ashkenazíes pertenecen a haplogrupos (familias genéticas) característicos del Cercano Oriente, compartidos además con comunidades sefardíes y mizrajíes. Al mismo tiempo, existe una importante contribución genética europea, especialmente procedente del sur de Italia y del Mediterráneo occidental.
Así, lejos de demostrar una desconexión con el Levante, estos hallazgos reflejan la historia de una diáspora que mantuvo su identidad durante casi dos mil años mientras interactuaba con las sociedades donde residía.
La hipótesis jázara, por su parte, ha sido ampliamente cuestionada por la comunidad científica. En los estudios comparativos más extensos no se han encontrado evidencias significativas que vinculen a los judíos ashkenazíes con poblaciones túrquicas o caucásicas que pudieran representar a los antiguos jázaros. Tampoco existen pruebas históricas o lingüísticas que respalden una migración masiva desde el Cáucaso hacia las comunidades judías de Europa oriental. El yidish, por ejemplo, es una lengua germánica con fuerte influencia hebrea y aramea, no una lengua con estructura túrquica.
Sin embargo, incluso si se ignorara toda esta evidencia, el argumento seguiría teniendo una falla conceptual fundamental, confundir la definición de un Estado judío con una discusión sobre pureza étnica o composición genética.
El Estado de Israel nunca fue concebido como un Estado basado en la pureza racial, ni en la existencia de una población genéticamente homogénea. De hecho, semejante idea contradice la propia historia del pueblo judío. Los judíos contemporáneos proceden de múltiples comunidades dispersas por el mundo, ninguna de ellas es genéticamente idéntica a las demás, pero todas forman parte del mismo pueblo.
Aquí es donde aparece una confusión habitual en el debate público. Muchos críticos afirman que Israel carecería de legitimidad porque no sería un "Estado semita". Pero esto parte de una premisa equivocada.
Porque "semita" es una categoría lingüística e histórica, la cual describe una familia de lenguas y pueblos que incluye tanto a hebreos como a árabes, arameos y otros grupos del antiguo Cercano Oriente. Ser semita no otorga derechos políticos especiales ni determina la existencia de un Estado moderno.
Si así fuera, habría que definir qué porcentaje de ascendencia semita debería poseer una población para justificar la existencia de un país, una tarea imposible y absurda. No existe ningún Estado contemporáneo cuya legitimidad dependa de la pureza genética de sus habitantes.
Por esta razón cabe mencionar que el Estado de Israel no existe porque sea un "Estado semita", sino porque fue concebido como un Estado judío. Y aquí resulta esencial comprender qué significa realmente esa expresión, porque desde la perspectiva de la Halajá (ley judía), el pueblo judío no es únicamente una categoría étnica, sino una comunidad histórica, religiosa y nacional definida por normas, tradiciones, continuidad cultural y mecanismos propios de incorporación.
La ley judía establece quién es considerado judío dentro del marco tradicional del judaísmo, independientemente del color de piel, del idioma materno o del lugar de nacimiento. Por esa razón, un converso al judaísmo es tan judío como cualquier descendiente de una familia establecida durante siglos en Jerusalén, la pertenencia al pueblo judío no se reduce a la genética.
Del mismo modo, la existencia de Israel como Estado judío no depende de demostrar una composición biológica determinada. Su fundamento descansa en la continuidad histórica del pueblo judío como nación, en su vínculo cultural y religioso con la tierra de Israel y en el derecho de autodeterminación reconocido a los pueblos.
Esto explica por qué el debate sobre si los ashkenazíes poseen un determinado porcentaje de ADN levantino termina siendo secundario y la evidencia demuestra que sí mantienen una conexión histórica y genética significativa con el antiguo Israel. Pero incluso más importante es reconocer que el carácter judío del Estado no se define por criterios raciales, sino por la continuidad nacional de un pueblo cuya identidad ha sobrevivido a exilios, persecuciones y dispersión.
La existencia de otros pueblos semitas, incluidos los árabes palestinos, tampoco contradice esta realidad. Reconocer la identidad nacional palestina no exige negar la identidad nacional judía, porque ambos pueblos poseen narrativas históricas, vínculos territoriales y aspiraciones políticas propias.
El verdadero obstáculo para la comprensión del conflicto aparece cuando una identidad intenta invalidar la existencia de la otra, por eso, el mito jázaro resulta tan atractivo para ciertos sectores políticos, porque les ofrece una herramienta para cuestionar la continuidad histórica del pueblo judío y presentar a Israel como una anomalía colonial sin raíces locales. La evidencia acumulada durante décadas demuestra exactamente lo contrario.
Los judíos ashkenazíes son el resultado de una larga historia de diáspora, mezcla y preservación identitaria, donde su trayectoria comenzó en el antiguo Levante, atravesó el Mediterráneo y Europa, y terminó formando una de las comunidades judías más influyentes del mundo moderno. Negar esa continuidad no es historia; es ideología.
En última instancia, tampoco responde al cuestionamiento esencial, Israel no fue concebido para ser un Estado de "semitas puros", una categoría que nunca ha existido, sino como el Estado nacional del pueblo judío, una realidad histórica cuya definición trasciende ampliamente cualquier debate sobre porcentajes de ADN.
