Hace más de 200 años nuestros antepasados emplearon los instrumentos que nos hicieron posible construir una excepcionalidad de la que debemos sentirnos orgullosos y que les debemos agradecer.
Educación, solidaridad, democracia, estado de derecho, apertura al mundo permitieron a la laboriosidad de los abuelos de nuestros tatarabuelos iniciar la construcción de la Costa Rica que ya celebró 204 años de vida republicana independiente.
La Costa Rica que permita a los habitantes de fin de este siglo sentir orgullo de sus ascendientes, dependerá principalmente de la educación pública que podamos desarrollar.
La educación de los ciudadanos facilita la vigencia de su dignidad, la paz y la fraternidad en la convivencia social y el desarrollo espiritual y cultural de personas libres; abre oportunidades de superación a los habitantes de la patria y promueve la innovación y la eficiencia en la economía.
Sólo cuando se asegura a todos los individuos el derecho de contar con una educación que les brinde el conocimiento adquirido por la humanidad a través de los siglos –que es herencia de toda la colectividad– es posible conciliar la paz y el progreso en una sociedad de personas libres.
A principios del siglo XIX previsoramente pasamos de la trasmisión de conocimientos por la familia y por la acción voluntaria de la Iglesia Católica, a la educación formal como una actividad supletoria y complementaria del estado.
En los años finales de la colonia se fundó la Casa de Enseñanza de Santo Tomás. Fue una iniciativa del Ayuntamiento de San José y del Obispo Nicolas García que inició el cambio.
Luego tuvimos la buenaventura de no participar en las guerras que azotaron el norte de América Central y de que nuestro primer Jefe de Estado don Juan Mora Fernández fuera un maestro y no un militar.
En 1843, a iniciativa del gran “Educador de la Democracia Costarricense” José María Castro Madríz, la casa de enseñanza establecida 30 años antes se convirtió en nuestra primera universidad: la Universidad de Santo Tomás.
El Dr. Castro Madriz y el presidente don Jesús Jiménez promovieron en la década de 1860 la educación pública primaria como obligatoria y costeada por el estado, y los liberales veinte años después realizaron la gran reforma educativa liderada por don Mauro Fernández.
Las preocupaciones por expandir y profundizar la educación pública continuaron en las siguientes décadas con las invaluables contribuciones de grandes educadores como Omar Dengo, Miguel Obregón, Justo Facio, Joaquín García Monge, Carmen Lyra y Emma Gamboa.
El gobierno del reformador social Rafael Angel Calderón Guardia con su ministro de Educación don Rafael Tinóco fundan la Universidad de Costa Rica que da seguimiento a la de Santo Tomás que había sido cerrada para privilegiar la educación básica durante la reforma liberal de fines del siglo XIX. También rompe el monopolio de la enseñanza y permite escuelas y colegios privados que impartan títulos.
Después de la Revolución del 48 dio inicio la reparación de la gran deuda con nuestra educación pública de la primera mitad de ese siglo: la falta de expansión de la educación secundaria. Es un proceso de universalización de su cobertura que se ha dado desde entonces. Aunque en algunos casos en instalaciones físicas precarias e inadecuadas se ha logrado la cobertura nacional en primaria y el avance en secundaria, aunque inacabado, es inmenso.
En 1965 para la capacitación y formación profesional de hombres y mujeres se funda el INA durante el gobierno de don Chico Orlich, con el liderazgo de don Alfonso Carro y el apoyo desde la OIT de don Danilo Jiménez.
La década de 1980 es de grandes retrocesos en cobertura y condiciones de nuestra educación pública por la gran crisis financiera sufrida. Disminuye la cobertura de la educación secundaria, el número de días de clases y la calidad de la enseñanza. La cobertura de la educación secundaria y los días del curso lectivo no se recuperan sino hasta 1998. La secundaria en los siguientes cuatro años tiene una expansión impresionante.
En 2005 el Programa Estado de la Nación presentó su primer informe sobre Estado de la Educación. Ese informe iluminó las brechas de acceso y de calidad educativa. Los siguientes informes, el de 2025 es el décimo, fueron exhibiendo diversas falencias y un progresivo deterioro que revierte logros de las décadas anteriores
Desde 2009 con nuestra primera participación en las pruebas PISA de la OCDE pudimos constatar las deficiencias en nuestro sistema educativo para generar en nuestras jóvenes habilidades para el uso de matemáticas, ciencias y lenguaje, lo que desdichadamente fue empeorando en las siguientes evaluaciones trienales. Ahora esperamos los resultados de la prueba de 2025.
Así mismo en la década de 2010 sufrimos un deterioro en número de trabajadores formados en el INA y en la relevancia y pertinencia de los cursos impartidos. Se aprobó a fines de 2020 una atrevida reforma, pero su implementación ha sido muy poca.
Con la pandemia y el cierre demasiado prolongado de la educación presencial, sufrimos el llamado apagón educativo, del cual no nos hemos recuperado.
Cómo si fuera poco, ahora con la aceleración vertiginosa del cambio en las formas de convivencia (estructura familiar, comunitaria, nacional e internacional) y con las nuevas tecnologías de la tercera y cuarta revoluciones industriales aceleradas por la IA, es preciso una masiva adaptación de la educación formal y de la capacitación laboral a las nuevas circunstancias.
Para generar oportunidades, en la formación de habilidades debemos responder a las demandas del siglo XXI para que los estudiantes desarrollen nuevas especializaciones, y puedan desempeñarse en las condiciones que hoy privilegian la ciencia, la tecnología, las ingenierías, la creatividad, las matemáticas.
Para lograrlo también la educación actual debe responder a la necesidad de habilidades blandas o destrezas para la vida que son determinantes para aprovechar las oportunidades del futuro, tales como trabajo con personas dependientes, trabajo en grupo, empatía, creatividad, pensamiento crítico y saber aprender a aprender. Y para una convivencia basada en el bien común, la educación formal debe colaborar con las familias para la formación en los valores de nuestra cultura que propician el propósito de superación personal y el ejercicio de una responsable amistad social.
Tendremos que adaptar nuestro sistema educativo a la disminución progresiva de estudiantes que ya se está dando y se acelerará, primero en primaria, luego en secundaria y finalmente en universitaria y post secundaria. Ello debería generar al menos parte de los recursos que se necesitarán para eliminar las brechas de acceso y de calidad.
Las transformaciones requeridas en educación formal y en capacitación laboral son grandes. Pero sabemos que ese es el camino. Nos lo demuestra nuestra propia historia que nos alienta a lograrlo.
