Las Naciones Unidas nacieron en 1945, en un mundo que apenas comenzaba a superar la oscuridad de la Segunda Guerra Mundial. La magnitud de los horrores vividos —millones de vidas perdidas, ciudades arrasadas, campos de concentración que mostraron hasta dónde podía llegar la crueldad humana— convenció a los líderes de que era necesario construir un orden internacional distinto, que buscara mantener la estabilidad global y evitar que las generaciones futuras recrearan semejante devastación.
Fue en la ciudad de San Francisco donde, bajo la convicción de que la paz no podía depender únicamente del poder militar ni de la voluntad de unos pocos, 51 países firmaron la Carta fundacional de la Organización de las Naciones Unidas.
80 años después, la organización está constituida por 193 Estados miembros y hoy el compromiso fundacional de la ONU, sigue siendo puesto a prueba. La humanidad aún no ha logrado erradicar la guerra, ni han desaparecido los conflictos de múltiples signos y las rivalidades de poder o las tensiones que amenazan la seguridad internacional. Sin embargo, la ONU también se ha traducido en la mayor estructura multilateral, es decir de los Estados, para apoyar en el avance del desarrollo, contribuyendo a crecimientos significativos en los niveles de bienestar de la población mundial, la limitación de los daños del crecimiento económico y poblacional sobre el medioambiente y los recursos naturales, así como el incremento sostenido de las oportunidades que nos permiten que una proporción significativa de la humanidad haya incrementado de forma sustancial su esperanza de vida, su acceso al conocimiento y la tecnología, así como el desarrollo de su vida en sociedad que garantiza sus derechos como individuos y como miembros de dichas sociedades.
Por lo tanto, sería un error juzgar a la ONU únicamente por aquello que no ha podido impedir o aquello que todavía está en proceso de ser logrado por parte de los Estados: la ausencia de paz, la persistencia de la pobreza, la contaminación, las niñas y niños fuera de la escuela, los homicidios, la baja participación laboral de las mujeres, la persistencia del embarazo adolescente, o la mortalidad infantil prevenible, entre muchos otros temas más.
Lo cierto es que, sin su existencia, el mundo estaría mucho más expuesto a la ley del más fuerte, a la ausencia de reglas comunes y al predominio del unilateralismo como norma, así como a la falta de normas, estándares e instrumentos que facilitan que los Estados transiten hacia mejores situaciones de bienestar general.
Basta repasar algunos hitos para comprender la magnitud de lo alcanzado. La independencia de Namibia, en 1990, fue posible gracias a una misión de las Naciones Unidas que supervisó el desarme, facilitó el retorno de refugiados, organizó elecciones libres y transformó un largo conflicto en una transición democrática.
En el campo de la salud, la campaña que condujo a la erradicación de la viruela en 1980, impulsada por la Organización Mundial de la Salud, demostró que la cooperación internacional podía derrotar a un enemigo invisible que durante siglos había diezmado a la humanidad.
En América Latina, la mediación de la ONU fue decisiva para la firma de la paz en El Salvador en 1992, tras más de una década de guerra civil, abriendo paso a una nueva etapa democrática y de reconciliación.
Más recientemente, en 2022, la ONU facilitó la Iniciativa del Mar Negro, que permitió reabrir los puertos ucranianos para la exportación de granos y garantizar al mismo tiempo, la salida de productos agrícolas rusos. Este acuerdo ayudó a reducir los precios récord de los alimentos y, hasta hoy, sigue siendo el único entendimiento sustantivo alcanzado entre Ucrania y Rusia, una muestra clara del papel de mediación de la ONU incluso en medio de la guerra.
Sin embargo, limitar la mirada a la paz y la seguridad sería incompleto. Las Naciones Unidas descansan sobre tres pilares: además de su papel en la prevención de conflictos y el mantenimiento de la paz, es el actor fundamental en el terreno de los derechos humanos; y en el ámbito del desarrollo, marcando la ruta de políticas globales a través de los Objetivos de Desarrollo Sostenible y la Agenda 2030, diseñada y adoptada por los países en 2015 en el seno de la Asamblea General de la ONU, tras años de negociaciones. Además, como parte de estos tres pilares, la organización incorpora trabajo y coordinación en la respuesta a situaciones de crisis humanitarias, con agencias como ACNUR, UNICEF, el Programa Mundial de Alimentos, UNFPA, entre muchas otras, llevando esperanza a millones de personas desplazadas, como consecuencia de crisis políticas, ambientales o derivadas de desastres naturales.
Estos son solo algunos ejemplos, entre muchos otros, de lo que el multilateralismo puede lograr cuando los Estados apuestan a la cooperación y el diálogo. No se trata de idealizar a la ONU ni de desconocer sus limitaciones, sino de reconocer que, a pesar de los conflictos que persisten, es deseable contar con una institución que se base en mecanismos pacíficos y de cooperación, antes que resignarnos a un orden internacional regido por el poder del más fuerte y el uso arbitrario de la fuerza.
A los 80 años de su creación, la Organización de las Naciones Unidas enfrenta un mundo fragmentado, donde resurgen discursos y decisiones que cuestionan su eficacia y ponen en duda la necesidad de la cooperación internacional.
Sin embargo, la propia historia de la ONU es la mejor prueba de que, aunque imperfecto, el multilateralismo ha dado resultados tangibles, ha salvado vidas, ha impedido una conflagración nuclear y ha abierto caminos de esperanza. Defenderlo hoy no es un gesto de nostalgia ni una iniciativa burocrática: es una apuesta de supervivencia colectiva frente a los grandes desafíos de nuestra era, desde el cambio climático hasta las pandemias, y desde las crisis humanitarias hasta las crecientes desigualdades.
80 años después de su fundación, el mejor homenaje a las Naciones Unidas no es recordar su historia, sino reafirmar, con hechos, la convicción que le dio origen: que ningún país, por poderoso que sea, puede prosperar solo, y que el único camino para asegurar la paz, el goce pleno de los derechos humanos y el progreso es aquel que recorremos juntos.
