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Nuestro deber cívico de desarmar el discurso de odio en Costa Rica, desterrando el insulto que divide el país

El próximo jueves 18 de junio, el mundo conmemora el Día Internacional para Contrarrestar el Discurso de Odio de las Naciones Unidas. Lejos de ser una efeméride abstracta o un lejana, esta fecha nos coloca frente a un espejo incómodo pero urgente ante la realidad de nuestra propia convivencia digital, política y ciudadana en Costa Rica, donde el discurso de odio es ya común.

Inicio remontándome a un hecho que encierra un amor por el prójimo y por lograr consensos en medio de posiciones en apariencia irreconciliables (excepto si se negociaban precisamente; no desde posiciones, sino desde objetivos). Me refiero al Acta de Independencia del 29 de octubre de 1821.

Ese punto cero (de inicio), nos enseñó que, se debe siempre separar la idea del individuo; constituyéndose en regla de oro de nuestra patria. Donde el disenso es válido y necesario; siempre y cuando la argumentación se dirija con rigor hacia la idea expuesta y jamás hacia la persona que la propone.

Ese 29 de octubre de 1821 también nos recuerda la corresponsabilidad en la moderación y la autorregulación como características propias el costarricense; por lo que, desterrar el odio de Costa Rica no es una tarea de la inteligencia artificial, sino del ejercicio de autorregulación ciudadana, en el que, cada costarricense debe asumir su responsabilidad como custodio activo del respeto mutuo.

Por último, en relación a este hecho primigenio de la identidad costarricense, es indispensable mantener vivido el espíritu de nuestros ancestros para quienes, la dignidad humana fue un valor innegociable. Por lo que, el discurso de odio es una afrenta directa a la integridad del pueblo costarricense y la fraternidad de sus hijos. Sacando el problema de la simple moralidad de ser: “buenas personas", hasta trasladarlo a la gravedad que le corresponde como agente destructor de la identidad costarricense: la democracia.

El odio como caballo de Troya autoritario

La polarización radical, las narrativas destructivas y la vulneración de la dignidad del ciudadano no surgen por accidente. Siendo el método de comunicación de regímenes totalitaristas y autoritarios. Los que, utilizan esta táctica para deshumanizar al disidente, justificando la anulación deslegitimante de quién piensa distinto. Por ende, quien recurre al odio en Costa Rica está importando, consciente o inconscientemente, el lenguaje de las tiranías; traicionando abiertamente los valores de paz, civismo y diálogo con los que nuestros antepasados construyeron nuestra patria.

 La argumentación y el rigor como el desarme cívico

Nuestra patria que hizo de la abolición del ejército su mayor orgullo, le corresponde hoy, ejecutar un "desarme cívico" de la comunicación. El autoritarismo utiliza el adjetivo denigratorio (insulto) porque así anula la argumentación, matando el dialogo. Para contrarrestarlo, el ciudadano debe, dirigir la fuerza de sus argumentos estrictamente hacia las ideas y jamás hacia los individuos; dado que, descalificar al interlocutor es rendirse ante la barbarie verbal.

La misma Costa Rica que renunció a las armas, no puede tolerar que el dialogo se convierta en un campo de batalla de ofensas y desinformación. Erradicar la ofensa y obligarnos al rigor técnico es nuestro nuevo deber patriótico. Demostrar que el peso del argumento siempre será superior al grito sofista de quien desea imponer su criterio (pensamiento único) y no construir una alternativa consensuada que integre las voces de todos.

La solución está en nuestras manos. ¡Actúa!

La solución no vendrá de regulaciones estatales ni de los algoritmos de los computadores; está en la conciencia cotidiana de cada costarricense.

Debemos:

    1. Desarmar: Aplicar la humildad intelectual para escuchar el pluralismo y desactivar el ego de poseer verdades absolutas.
    2. Rechazar: No ser cómplices pasivos; romper la cadena de propagación de datos infundados o ataques personales.
    3. Desterrar: Elevar el honor, exigiendo un lenguaje educado propio de la madurez de nuestra cultura democrática y jamás aceptar el vulgar pachuco.

La paz costarricense no es una condición inmutable, sino un ejercicio diario de responsabilidad cívica. Lo que ubica la solución que salvaguarda nuestra convivencia; precisamente, en nuestras propias manos. Nos toca desarmar el discurso de odio con humildad intelectual, rechazar con vehemencia la descalificación y desterrar de nuestra patria la cultura del insulto, devolviendo a cada conversación, el respeto que nos enseñaron nuestros abuelitos.