En 2025 Kristen Stewart debutó como directora de cine con The Chronology of Water. Antes de ser directora había sido actriz indie. Antes de eso, un vampiro.
A lo largo de su trayectoria, una actriz puede interpretar todas las tipologías humanas. Stewart, con un academicismo que rivalizaría a Galeno, interpretó la pálida apatía del melancólico en Twilight, el fuego carismático del carácter sanguíneo en Snow White and the Huntsman, la tempestuosa energía del colérico en Runaways y la rigidez racional del flemático en Crimes of the Future.
En sus inicios fue pareja de Robert Pattinson; luego se descalzó de sus tacones en plena alfombra roja de Cannes; a partir de 2015 los outfits masculinos colonizaron su guardarropa; enfrentó el odio de Donald J. Trump (en su primer mandato) en Saturday Night Live; y desde 2019 se le conoció como pareja de la productora Dylan Meyer. La fuerza de su empuje era más constante que los volátiles asuntos sobre los que la asentaba.
¿Confesaré que, influido por mi gusto hacia las chicas solitarias y misteriosas, Kristen Stewart era mi crush del cine, y saber que se iniciaba como directora me emocionó profundamente? El lector, posiblemente, ya lo haya adivinado.
A mediados de enero, gracias a una biblioteca de Suecia, tuve acceso al texto original que dio nacimiento al trabajo de Stewart, el libro The Chronology of Water de Lidia Yuknavitch.
El relato era mediocre, como cabe esperar de un libro comercial. El potencial en la historia se podía sentir, pero no lograba cuajar en un hecho concreto. Contrariado, caí en un estado de apatía durante dos semanas.
Para inicios de febrero me había hecho con una copia del filme en cuestión. Ufano, esa misma noche en la comodidad de mi sala, pulsé el botón del reproductor. Las imágenes se sucedieron unas a otras. ¿No es esa la naturaleza de una película? ¿De cualquier película?
Sin embargo, en esta ocasión el efecto fue inmaculado, como si fuera la primera película en la que se posaba mi mirada. Todo lo previo había sido solamente un borrador de este momento; un ejercicio de vida que culminaba con este verdadero inicio.
Stewart había potenciado las simples palabras de Yuknavitch y había compuesto una egregia pieza audiovisual, en un tour de force elevó un texto mediano hacia alturas ciclópeas. Con audacia incrementó los eventos de la historia hasta una calidad visual íntima e impoluta aunque deliberadamente imperfecta. El filme no me dejó dormir.
No fue una noche; a la primera le sucedieron otras, como los contrastados fotogramas de marcado grano que usó Stewart y que maravillaron mi mente. El hecho de que la película la protagonizara Imogen Poots solo sumó más insomnio a mis noches en vela.
En vano busqué ocuparme con otras películas, en vano me sumí en streaming vacío. Una noche traté de distraer mi mente con la tarea de componer un escrito. Busqué epilogarlo con una frase de Borges. En mi texto, ponderé las cualidades de Tom Sturridge como coprotagonista. Traté de extrapolar la dinámica de los recuerdos con el movimiento de las aguas, como si la mente fuera una piscina o un lago. Usé imágenes que evocaban a las actrices outsiders de Hollywood y los vaivenes a los que se ve sometida quien lucha por dejar huella en un espacio inconstante, como una artista que encuentra su libertad solamente en la soltura de lo líquido. Evoqué la entrañable relación de sororidad que puede nacer entre una indómita directora de cine y una actriz rebelde. A la tercera noche comprendí que lo que escribía era una reseña de The Chronology of Water y una epopeya sobre Kristen Stewart.
La revista The Atlantic, en 1965, publicó una entrevista a Federico Fellini, quien dijo, refiriéndose a su cine, que todo el arte es autobiográfico. Yo voy un paso más allá, pienso que todo observador del cine vive una autopercepción, todo espectador participa de una proyección introspectiva. Así, si The Chronology of Water narra una versión de la propia historia de Kristen Stewart, mirar la película hizo que yo viera parte de mi vida reflejada en la de Stewart. A partir de ese momento no soy yo mismo.
El doctor Philippe Pinel, psiquiatra francés, en su tratado Traité médico-philosophique sur l'aliénation mentale, de 1800, caracteriza el mal que me aflige. Delirio exclusivo sobre un objeto, le llamó. “Une idée exclusive qui semble absorber toutes les fonctions de l'entendement et être érigée en un principe invariable” (una idea exclusiva que parece absorber todas las funciones del entendimiento y se encuentra fundada en un principio invariable).
Envidié a los que se obsesionan con Bergman o con Godard. ¡Qué simple es admirar a los grandes, dejarse seducir por lo establecido en el dogma! Yo, en cambio, desvariaba con una película de nicho de una directora debutante. Deliraba con una obra, filmada en 16mm (como un inacabado producto grabado en un cumpleaños de 1990, en la sala de cualquier casa), con textura acentuada y caprichosos defectos. Su película absorbía, realmente, todas las funciones de mi entendimiento, como si mi pensamiento hubiese descorrido un velo.
El espacio en que me encontraba estaba construido por mi propia mente, pero no en la superficie, sino en una idea dentro de la idea. A mi cabeza llegaron las palabras de una historia que había leído (posiblemente en mi adolescencia), enajenado las grité: —no hay sueños que estén dentro de sueños. El sonido de su eco aún no ha cesado. Tal vez permanece solamente dentro mío.
Stewart anunció que su proyecto más próximo es dirigir su segunda película. Tal vez, incluso, una tercera. Pronto ya no podré separar mi destino de las películas de Kristen Stewart, las que actuó y de las que dirige. Pronto no sabré dónde termina el celuloide y dónde empieza mi realidad.
"El Zahir es la sombra de la rosa y la rasgadura del velo”. J.L. Borges (24 de agosto de 1899 - 14 de junio de 1986) In memoriam.
