Vivimos un profundo cambio en la realidad geopolítica del mundo y todavía no sabemos cuál será su configuración al final de este proceso. Pero no podemos simplemente esperar. Debemos actuar a pesar de nuestra ignorancia, como tan a menudo nos ocurre.
No sabemos en qué desembocará este gran cambio. Pero resulta muy previsible que el mundo que empezó a configurarse con el establecimiento de las Naciones Unidas y los acuerdos de Bretton Woods no vuelva a prevalecer en un futuro cercano. En Davos, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, fue más categórico y afirmó que el “viejo orden mundial no volverá”.
El cambio geopolítico que se viene desarrollando, al menos desde la Gran Recesión de finales de la primera década de este siglo, modificó de manera dramática nuestro entorno internacional.
Desde los últimos años de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos promovió, con diferentes matices y variable éxito, un mundo —separado de la zona de influencia de la Unión Soviética— caracterizado por la democracia liberal, los mercados competitivos y abiertos, una institucionalidad internacional que defendiera la paz, la soberanía nacional y los derechos humanos, y un comercio entre naciones basado en normas.
Sin duda, en esa construcción Estados Unidos perseguía no solo fines benevolentes, sino también su propio interés. Como nación dominante dentro de esa institucionalidad en su zona de influencia, recogía muchos frutos del crecimiento y la estabilidad. Entendía que, en medio de la competencia con el mundo comunista, limitar su propio poder le atraía aliados, disminuía el costo de la Guerra Fría y le permitía alcanzar mayor bienestar económico.
Con la caída del Muro de Berlín, la desintegración de la Unión Soviética, la liberación de las naciones de Europa Oriental, la apertura económica de China y su posterior incorporación a la Organización Mundial del Comercio (OMC), surgió un mundo unipolar bajo la hegemonía de Estados Unidos, en el que aparentemente se fortalecerían esas instituciones promovidas previamente fuera del telón de acero y de la muralla de bambú.
Pero la caprichosa historia, en pocos años, nos muestra una realidad muy diferente.
Ahora vivimos el enfrentamiento entre dos naciones hegemónicas, Estados Unidos y China, que nos arrastra a todos los países y afecta muy significativamente nuestra realidad y nuestras posibilidades de organización y desarrollo.
Esto nos mueve de un mundo donde el objetivo del intercambio comercial internacional era la eficiencia económica hacia otro en el que esa eficiencia compite frontalmente con razones de seguridad política y también económica.
Ciertamente, nunca se buscó la pura eficiencia económica. Tampoco es cierto que, aun en el caso de que ese objetivo dominante se hubiera procurado con total exclusividad de otros móviles, siempre se habrían impuesto las políticas óptimas, dada nuestra ignorancia y la velocidad con que cambian las circunstancias.
Pero, sin duda, ese fue el objetivo dominante en el diseño del GATT, en sus rondas de negociación y en el posterior establecimiento de la Organización Mundial del Comercio.
El anhelo era un comercio reglado entre naciones que cooperaran con la institucionalidad internacional para garantizar la paz y su seguridad, y en el cual las naciones más ricas favorecieran el desarrollo del resto.
Hoy, ese sistema está en crisis.
Estados Unidos, además del enfrentamiento con la otra hegemonía, cambió las reglas del juego con sus antiguos aliados y con las instituciones internacionales, mediante aranceles, limitaciones, condicionamientos y amenazas a sus alianzas económicas, políticas y militares. ¿Será que a Estados Unidos ya no le conviene el sistema de reglas internacionales, o será esta una decisión de la presente administración, por error o por perseguir un objetivo diferente al de Estados Unidos en su conjunto? La continuidad respecto a China entre las políticas de la primera administración del presidente republicano Donald Trump y la administración demócrata del presidente Joe Biden apunta en una dirección; pero la reversión de las políticas respecto a alianzas y organismos internacionales apunta en otra.
Los países hegemónicos utilizan su poderío financiero, sus exportaciones de bienes en los que dominan mercados, sus importaciones e inversiones, e incluso la fuerza militar, como amenaza a otras naciones para que adopten acciones que favorecen a los primeros, aunque resulten costosas para los segundos.
El resultado final dependerá de muchos factores económicos, militares, políticos y, sí, también del azar. Podríamos caer en un mundo partido en bloques que se vuelvan excluyentes y enfrentados. O podríamos desembocar en una fragmentación inmensa y muy ineficiente, antes de que el costo de esa realidad cambie la dirección de las relaciones entre naciones. También podría surgir un mundo distinto al que antes se vislumbraba, pero con un relativo equilibrio entre razones de seguridad que faciliten la paz y razones de intercambio que faciliten la productividad y el abastecimiento de bienes.
A todos los países, incluso a las hegemonías, les conviene buscar un desenlace que favorezca la convivencia pacífica y la mayor eficiencia económica compatible con ella. El análisis económico de la geoeconomía ya demuestra que la cooperación internacional sigue siendo conveniente, aunque ahora tome en cuenta las necesidades de seguridad de las hegemonías y de los demás países.
Cada país hegemónico, ante posibles acciones de la otra hegemonía, de potencias medias o de uniones de ellas que puedan afectar su bienestar o su seguridad —por ejemplo, para Estados Unidos, la limitación al acceso a tierras raras—, encontraría beneficioso autolimitar su ejercicio del poder sobre otras naciones. Con ello, todo el mundo encontraría mejores equilibrios entre seguridad y eficiencia que en un mundo mucho más fragmentado. Véanse, por ejemplo, los artículos en la revista del FMI Finance & Development de junio de 2026 y, en especial, el artículo de N. K. Singh, presidente del Instituto Indio de Crecimiento Económico: El momento de las potencias intermedias.
A los países intermedios que, por el tamaño de sus economías, pueden tener cierta autonomía, aunque limitada por el poder de las hegemonías, les conviene una política industrial y de comercio exterior que les permita desarrollar cierto poder monopolístico en los bienes o servicios en que sean más competitivos. De esa manera, podrían gozar de alguna independencia si para las hegemonías resulta más conveniente autolimitarse en aras de obtener mayor ventaja económica.
Estas naciones pueden tener aún más éxito si unen esfuerzos entre sí, en una especie de unión de países no alineados, evidentemente distinta a la que surgió durante la Guerra Fría. Para hacerlo, podrían contar con instituciones financieras internacionales que no estén bajo el control de Estados Unidos ni de China, como ocurre en nuestra región con CAF, Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe.
Las naciones pequeñas cuentan con poca capacidad de influir en las condiciones de la oferta internacional de bienes y servicios o en las condiciones de seguridad de países hegemónicos y potencias medias.
Por ello, se encuentran en condiciones muy diferentes en este mundo donde se enfrentan las fuerzas de la eficiencia económica y del poder nacionalista.
Costa Rica es uno de esos países.
Nosotros estamos claramente en la órbita de influencia de Estados Unidos.
Nuestros valores culturales y nuestros ideales de convivencia en sociedad son tributarios de las mismas fuentes: las grecorromanas y judeocristianas. Nos definen el cristianismo y las transformaciones que se vienen acumulando con el Renacimiento, la escuela iusnaturalista de Salamanca, la evolución intelectual, política y económica inglesa, el enciclopedismo, la independencia de Estados Unidos y la Revolución Francesa, que influyeron en nuestra independencia y desarrollo constitucional. Somos devotos, por supuesto con fallas en su observancia, de la dignidad y la libertad de las personas, de su fraternidad y su llamado a amarse, y de la democracia liberal con su Estado de derecho.
Económicamente, nuestras relaciones son principalmente con Estados Unidos, que es el país de origen de buena parte de nuestras importaciones, turistas e inversión extranjera directa, y el principal destino de nuestras exportaciones.
Y, frente a la agresión masiva del crimen internacional, es nuestro mayor aliado.
Pero no siempre tenemos que estar de acuerdo con sus políticas. Podemos y debemos disentir discretamente en temas en los que nuestras diferencias sean fundamentales. También debemos continuar atentos a posibilidades de diversificación de nuestras relaciones políticas y económicas.
Es muy importante para nuestro futuro, en un mundo cuya configuración no conocemos, mantener buenas relaciones y puertas abiertas mediante vínculos respetuosos y muy cuidadosos con la otra hegemonía, con las potencias medias y con las configuraciones que entre ellas se vayan estableciendo.
Es muy conveniente continuar nuestra política, originada con los tratados de libre comercio con México y Canadá, de establecer tratados de comercio e inversión con potencias medias, así como mantener nuestra participación o aspiración de incorporarnos a grupos regionales como el Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP) y la Alianza del Pacífico.
Evidentemente, es un camino difícil, en el cual debemos buscar equilibrios de manera permanente y evitar excesos, pero lo creo ineludible.
Es, además, un camino que desde nuestra independencia, y con sabiduría, casi siempre supieron transitar nuestros antepasados. Tenemos dónde aprender.
