Referencia del BCCR

Tipo de cambio

Compra

...

Venta

...

Imagen principal del artículo: Cuando el poder se ejerce desde la venganza

Cuando el poder se ejerce desde la venganza

La historia latinoamericana demuestra que uno de los mayores riesgos para una democracia surge cuando quienes gobiernan utilizan el poder para ajustar cuentas con adversarios políticos, sectores sociales o grupos que consideran responsables de injusticias pasadas. Aunque los reclamos históricos pueden ser legítimos, el problema aparece cuando el ejercicio del gobierno deja de orientarse al bien común y se convierte en una herramienta de revancha.

Los liderazgos movidos principalmente por la venganza suelen dividir a la sociedad entre quienes están con ellos y quienes están en contra. La política deja de ser un espacio para resolver problemas y se transforma en un escenario de confrontación permanente. En América Latina existen ejemplos que ilustran cómo la polarización y la persecución de adversarios pueden debilitar las instituciones democráticas.

En Venezuela, Hugo Chávez llegó al poder impulsado por el descontento de amplios sectores de la población con los partidos tradicionales y las desigualdades sociales. Su proyecto generó importantes transformaciones políticas y sociales, pero también un clima de fuerte confrontación entre Gobierno y oposición que marcó la vida pública durante décadas. Posteriormente, bajo Nicolás Maduro, la crisis institucional y política se profundizó, generando cuestionamientos sobre la independencia de las instituciones y el respeto al pluralismo político.

Otro ejemplo es el de Perú durante el gobierno de Alberto Fujimori. Su administración logró avances importantes en la lucha contra el terrorismo y en la estabilización económica, pero la concentración de poder y el debilitamiento de los controles democráticos terminaron afectando la institucionalidad del país. La experiencia peruana demuestra que incluso gobiernos con respaldo popular pueden caer en prácticas que limitan la transparencia y la rendición de cuentas.

En Nicaragua, el proceso liderado por Daniel Ortega evidencia cómo un movimiento que originalmente surgió como una lucha contra una dictadura puede terminar cuestionado por prácticas que restringen la participación política de sectores opositores. Este caso recuerda que ningún proyecto político está exento del riesgo de concentrar poder cuando desaparecen los contrapesos institucionales.

Frente a estos riesgos, la principal defensa de una sociedad no es la confrontación ni la revancha, sino el fortalecimiento de la democracia. Los tribunales independientes, las contralorías, los congresos y los organismos de control existen para evitar que las decisiones públicas respondan a intereses personales o políticos, y para procurar que sirvan al bien común de todas las personas habitantes de un país.

Los medios de comunicación también cumplen una función esencial. Una prensa libre permite investigar actos de corrupción, denunciar abusos y ofrecer a la ciudadanía información para formarse una opinión propia. Del mismo modo, las organizaciones sociales, universidades, sindicatos y asociaciones civiles contribuyen a mantener una vigilancia constante sobre el ejercicio del poder.

La experiencia latinoamericana demuestra que las sociedades más fuertes son aquellas que defienden las instituciones por encima de los liderazgos individuales. Un gobernante puede pasar, pero las consecuencias de debilitar la democracia pueden permanecer durante generaciones.

En conclusión, el peligro no radica en que los líderes provengan de sectores humildes o hayan sufrido injusticias. El verdadero riesgo aparece cuando convierten esas experiencias en una justificación personal y luego colectiva para perseguir adversarios, concentrar poder o gobernar desde el resentimiento. La historia enseña que los países avanzan cuando sus líderes buscan construir, reconciliar y fortalecer instituciones, no cuando utilizan el poder para ajustar cuentas con el pasado.