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El reino de Costa Rica

Soy mujer y escribo. Soy plebeya y sé leer. Nací sierva y soy libre. He visto en mi vida cosas maravillosas. He hecho en mi vida cosas maravillosas. Durante algún tiempo el mundo fue un milagro. Luego regresó la oscuridad.”

Así habla Leola, protagonista de la novela Historia del Rey Transparente, de Rosa Montero. Aunque la obra se publicó en 2005, parece hablarnos directamente desde el mundo y la Costa Rica de hoy.

La novela transcurre entre los siglos XII y XIII, en un tiempo convulso en el que el conocimiento comenzaba a abrirse paso y algunas personas se atrevían a cuestionar, a valorar la razón por encima del miedo y a imaginar una sociedad menos sometida a la violencia y al fanatismo. Fue una época en la que las mujeres alcanzaron cierto reconocimiento social, mientras la lectura y la escritura salían de los monasterios.

Pero ese impulso quedó aplastado cuando el poder económico encontró en la Iglesia más conservadora a su aliada perfecta. Entonces llegaron la persecución, la Inquisición, las hogueras, el miedo y la muerte.

A lo largo de la novela aparece una historia misteriosa: la leyenda del Rey Transparente. Cada vez que alguien está a punto de contarla, ocurre una desgracia. El relato siempre se interrumpe y quienes leemos debemos esperar hasta las últimas páginas para descubrirla.

La leyenda cuenta que existió un rey tan acostumbrado a mentir que terminó convirtiendo su reino en un lugar donde nada era verdadero. Así, el rey perdió poco a poco su propia identidad: su rostro, su voz y su voluntad terminaron diluyéndose entre los engaños hasta hacerse transparentes. No porque fuera honesto, sino porque estaba dejando de existir como persona auténtica: perdió la sustancia.

Poco a poco, el reino entero comenzó a adoptar los mismos modos falsos y vacíos. También empezó a desaparecer: los árboles, las murallas y las escaleras. “Todos deambulaban por las calles gritándose grandísimas palabras los unos a los otros”, dice el texto:

De cuando en cuando aparecía alguien que se atrevía a decir alguna palabra verdadera, pero inmediatamente le rebanaban el pescuezo… No había más palabras que las mentiras del Rey y los improperios de sus secuaces”.

¿Les suena familiar?

Podemos decir que el reino del Rey Transparente podría ser cualquier lugar. Tal vez un pequeño pueblo perdido. Tal vez Costa Rica, donde los nublados del día dejaron de ser un fenómeno pasajero para convertirse en un estado permanente.

La niebla se instaló sobre el país. Hay humo que impide apreciar los detalles. Ya no existe claridad suficiente para distinguir los hechos de las consignas. Las mentiras se pronuncian cada vez con mayor volumen, como si gritar fuera una forma de demostrar que algo es cierto. La evidencia perdió prestigio frente al espectáculo.

Lo más inquietante es que muchas de las personas que ocupan posiciones de liderazgo parecen haber renunciado a la sustancia y convierten la contradicción en estrategia y la descalificación en argumento. No son transparentes: son difusas. Se desdibujan todos los días para adaptarse a la corriente política más favorable, mientras intentan convencernos de que esa mutación permanente representa la continuidad del cambio.

La niebla no solo cubrió la política nacional, con sus líderes invocando abiertamente posibilidades de dictadura, sino que también comenzó a opacar la imagen que Costa Rica proyectó durante décadas al mundo. Por mucho tiempo fuimos el país que presumía de su democracia estable, su liderazgo ambiental, su respeto por la libertad de prensa y una autoridad moral en materia de derechos humanos que excedía con creces nuestro tamaño. Hoy esos activos ya no parecen tan sólidos.

En materia de libertad de prensa, el deterioro resulta medible. Reporteros Sin Fronteras ubicó a Costa Rica en el octavo lugar mundial en 2022. Cuatro años después, el país ocupa la posición 38 y la organización atribuye parte de ese retroceso al aumento de las vulneraciones contra la prensa y a las restricciones en el acceso a la información pública.

También se debilitó nuestra autoridad ambiental. Durante décadas, Costa Rica fue sinónimo de parques nacionales y protección de especies, pago por servicios ambientales, energías renovables y liderazgo climático. Sin embargo, en los últimos años, organizaciones ambientales nacionales e internacionales cuestionaron decisiones relacionadas con la protección de los ecosistemas, la gobernanza ambiental y el debilitamiento de las capacidades institucionales, lo que erosionó una reputación que tardó décadas en construirse.

Algo similar ocurre con nuestra autoridad moral en materia de derechos humanos. Costa Rica fue durante muchos años una voz respetada en los foros internacionales por su defensa del derecho internacional, el multilateralismo y los derechos fundamentales. Esa imagen ya no resulta tan nítida. Las posiciones asumidas en algunos debates internacionales, el tono de confrontación con distintos actores nacionales y la creciente polarización redujeron la capacidad del país para ejercer ese liderazgo ético que antes parecía casi natural.

Nada de esto significa que el país dejó de ser una democracia o un referente regional. Significa que, como en la historia del libro, el reino de Costa Rica ya no se percibe con la misma claridad.

Si el Rey Transparente pudo detener su proceso de desaparición es un enigma. La pregunta realmente importante es: ¿haremos algo pronto para recobrar la claridad y recuperar la esencia de Costa Rica?