Un autobús espera frente al portón. Cuando el conductor todavía no ha encendido el motor, los estudiantes suben entre risas, intercambian asientos e imaginan el lugar al que se dirigen. Toda excursión comienza así, mucho antes de llegar al destino, con una mezcla de entusiasmo e imaginación.
Esta semana, una noticia publicada en La Nación retomó una propuesta anunciada por la presidenta de la República durante la conferencia de prensa del pasado 1.° de julio: organizar excursiones escolares al Centro de Alta Contención contra el Crimen Organizado, en La Reforma, para que los jóvenes conozcan las consecuencias del delito.
Más allá de su viabilidad, la idea obliga a preguntarnos qué esperamos de una excursión estudiantil y, en un sentido más amplio, qué lugares decidimos mostrarles a quienes comienzan a descubrir el mundo.
Imaginemos ese autobús entrando por los portones de la cárcel. Los estudiantes descienden en fila, observan los muros de concreto, las torres de vigilancia, las celdas y los maniquíes con uniformes anaranjados, mientras escuchan explicaciones sobre normas disciplinarias y medidas de seguridad.
Después regresan a sus casas con una lección preparada por sus gobernantes: esto podría ocurrirles a quienes estudian en “barrios peligrosos del país, donde hay muchachos que creen que delinquir puede ser su estilo de vida”.
No hay duda de que el miedo puede producir obediencia. Sin embargo, difícilmente produce ciudadanos. Porque educar desde el temor, o incluso desde el terror, significa confiar más en el castigo que en la curiosidad.
En los años ochenta, con “El baile de los que sobran”, el grupo chileno Los Prisioneros denunció a los gobiernos que prometían movilidad social, pero dejaban a muchos jóvenes fuera del sistema. En otra de sus canciones utilizaron una frase que hoy resulta particularmente vigente: “estrechez de corazón”.
La expresión nos recuerda que existe una forma mezquina de vivir, educar y gobernar. Una que intenta corregir la conducta de los jóvenes sin despertar en ellos el deseo de explorar el mundo.
Quienes hemos cruzado la frontera de los cuarenta recordamos excursiones muy distintas. Visitábamos museos, fábricas, viveros y salas de cine. Descubríamos que detrás de un cereal, un periódico o una obra de teatro existían personas que hacían su trabajo con paciencia y oficio. Aquellas excursiones ampliaban el horizonte de lo posible en lugar de amenazar con el castigo.
A mediados del siglo pasado, el educador y músico Arnoldo Herrera resumió esa idea en tres palabras que todavía conservan una fuerza extraordinaria: creer, crear, crecer. No se trataba solamente de un lema escolar. Era, sobre todo, una forma de entender la educación como un ejercicio de confianza: creer en las capacidades de cada estudiante, crear oportunidades para desarrollarlas y crecer junto con los demás.
¿Qué ocurriría si una empresa de software recibiera una vez al mes a estudiantes de comunidades vulnerables para mostrarles cómo trabaja un equipo de programación? ¿O si un panadero les enseñara el oficio de hacer pan antes del amanecer? ¿O si un mecánico abriera su taller, un laboratorio sus microscopios y un club deportivo sus entrenamientos?
Esas excursiones no serían advertencias, sino invitaciones. Y no sería necesario contar con un programa organizado por el Ministerio de Educación para llevarlas a cabo. Bastaría con que algunos ciudadanos decidieran abrir sus puertas, durante una mañana, para mostrar aquello que conocen bien.
Un colegial que entra por primera vez a un estudio de arquitectura o a un taller de carpintería no solo descubre un oficio. Descubre también una serie de oportunidades para el futuro.
Al final, educar consiste en decidir hacia dónde orientamos el autobús cargado de estudiantes. Puede conducir a una cárcel para enseñar el miedo o a recorrer talleres, laboratorios, museos y empresas para despertar el asombro.
Un recorrido muestra aquello que una sociedad teme; el otro, aquello que una sociedad admira y considera digno de construir. Entre ambos viajes hay mucho más que una diferencia pedagógica. Hay una idea distinta de país.
