Hay dos tipos de columnas de opinión: las que nacen para discutir y las que nacen para regañar. La columna de Rosaura Chinchilla (El filósofo y las falacias) contra Iván Villalobos pertenece al segundo tipo. La columna de doña Rosaura, en lugar de discutir los problemas de fondo que plantea don Iván Villalobos y entrar al debate nacional contestando la incomodidad que se le puso al frente, se sube al púlpito de jueza y de catedrática universitaria para abrir un manual de falacias y repartir boletas y regaños por desobediencia intelectual.
Todo muy bonito, muy académico, muy de clase de derecho. Pero es que el regaño de doña Rosaura no es solamente contra don Iván Villalobos, es contra todo el pueblo de Costa Rica que manifiesta su incomodidad con el funcionamiento bastante cuestionable del Poder Judicial en los últimos tiempos.
Lo que parece molestar a un sector privilegiado, tanto por el Poder Judicial como por la UCR, es que uno de los suyos sea quien los deje en evidencia y se atreva a hablar con voz propia. La UCR hace rato dejó de comportarse como una casa abierta al pensamiento diverso, y se comporta como un lugar donde quienes no se apegan a un solo tipo de pensamiento, se ven como infestados de una peste que es necesario atacar. El pluralismo razonable del que hablaba Rawls, y de quien la jueza Rosaura Chinchilla reclama su mención, hace tiempo fue expulsado de la sociedad independiente de la UCR. La UCR se ha convertido en una trinchera ideológica, una trinchera poco elegante, una trinchera con bibliografía, una trinchera con lenguaje de derechos, con afiches bonitos y con hambre desmesurada por financiarse con los impuestos de los costarricenses.
Lo que molesta no son las supuestas falacias ni el método argumentativo de don Iván. Lo que molesta a ciertos sectores universitarios es que uno de los suyos haya tenido el valor para levantar la voz haciendo ver la monumental hipocresía de las cúpulas universitarias y judiciales.
Cuando ciertos sectores universitarios firman manifiestos, organizan foros, conversatorios y salen a defender el statu quo de instituciones que mantienen su forma de vida, eso se llama “defensa de la democracia y de la libertad de pensamiento y expresión”. Pero cuando uno de los suyos tiene un pensamiento diferente, entonces se tacha de populismo y ataques falaciosos contra la democracia.
Lo que pretenden es que leamos el famoso manifiesto (¡porque es exactamente eso: un manifiesto militante!) como un texto ilustrado de inspiración divina que debe servir como ideal regulatorio del actuar político, porque fue creado por los mismísimos dioses del Olimpo universitario y judicial. Cualquiera que hable desde otro sector es cuestionado por “tener determinados intereses políticos y económicos” y, por lo tanto, se cuestiona su legitimidad. Pero cuando habla alguien de la cúpula universitaria, judicial o del Frente Amplio, hay que ponerse de pie y reverenciar en silencio como si fuera el mismísimo Moisés que bajó del Monte Sinaí con las dos tablas de piedra que contienen los diez mandamientos.
Pero es que así no funciona una democracia. En una democracia adulta como la costarricense, el pueblo expresa su deseo por medio de las elecciones populares y el pueblo de Costa Rica expresó en las urnas su malestar contra los que han venido manejando los tres poderes de la República en las últimas décadas. No solamente contra el Poder Ejecutivo, no solamente contra el Poder Legislativo. El Pueblo está cansado también del Poder Judicial y de los abusos universitarios.
Desde el Olimpo universitario deberían recordar que su sacrosanta autoridad académica es financiada por todos los costarricenses, desde el trabajador independiente que todos los meses debe pagar IVA, hasta el que no puede conseguir una cita médica. Todos pagan ese aparato enorme del que Rosaura Chinchilla, en condición de profesora y jueza, vive… ¡y muy bien! Gracias a ellos es que las cúpulas universitarias han perdido cualquier contacto con la realidad y creen que viven en una República independiente. Todos esos costarricenses tienen derecho a que sus impuestos se inviertan en educación y no en adoctrinamiento y panfletismo universitario.
En ese contexto, cualquier voz disidente es vista como un ataque a la autonomía del Poder Judicial o de la Universidad. Cualquiera que piense igual, se aplaude, pero cuando aparece alguien con pensamiento propio, se ataca y se margina.
Hay que defender la universidad pública y el Poder Judicial, sí, pero hay que defenderlos del dogmatismo ideológico que se predica. Preguntar por el uso político de los auditorios, de los cursos, de las conferencias y de los manifiestos no es fascismo. Es ciudadanía, es democracia. Lo mismo que cuestionar el funcionamiento del Poder Judicial, un poder estatal que no está por encima del bien y del mal. El Poder Judicial debe ser independiente, pero también debe ser eficiente, responsable y susceptible de reformas.
Hasta donde yo sé, la Constitución Política no creó poderes intocables ni decorativos, creó poderes separados, con controles y con limitaciones. La independencia no significa blindaje y la crítica ciudadana no concordante con la opinión del Olimpo no significa un ataque fascista. El Poder Judicial se defiende con rendición de cuentas y permitiendo que ciudadanos como don Iván Villalobos incomoden a quienes ya se acostumbraron demasiado a no ser incomodados, no con análisis de falacias siguiendo el manual de lógica de Copi.
