En este mes de julio, con los ojos del mundo firmemente puestos en América a raíz del mundial de fútbol, el continente despliega ante el planeta su capacidad de celebración, pasión y vanguardia. Sin embargo, detrás del brillo de las pantallas y el clamor de los estadios, se libra otra batalla global, mucho más silenciosa pero decisiva para nuestro futuro. Mientras la atención internacional se concentra en el juego, nuestra región enfrenta un peligro que no proviene de la falta de leyes, sino del asalto deliberado a la verdad histórica.
Décadas antes de que el planeta se obsesionara con los grandes eventos de masas, este continente ya era pionero en compromisos globales: en mayo de 1948 firmamos en Bogotá la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre. Hoy, casi ocho decenios después, esa promesa enfrenta una marea oscura y orquestada de discursos negacionistas y relativistas que ha dejado de habitar los márgenes para instalarse en el corazón del poder. Desde las redes sociales hasta los palacios de gobierno, la narrativa del horror está siendo reescrita con una agresividad cualitativamente distinta a la del siglo pasado.
Las alarmas sobre una "caída general" en los estándares democráticos no es nueva. Ya no se trata solo de negar que existieron los vuelos de la muerte en Argentina o las masacres campesinas en Bolivia. El objetivo actual es reorganizar la legitimidad social para que la violencia estatal extrema vuelva a ser vista como una opción aceptable, o incluso necesaria, frente a las crisis del presente.
El debilitamiento de las políticas de memoria y no repetición coincide de manera alarmante con el cierre de los espacios democráticos. Ambos fenómenos se cruzan en una región donde el 90 por ciento de la población ya vive en entornos con severos obstáculos para ejercer sus libertades cívicas, de acuerdo con el CIVICUS Monitor.
En El Salvador, la lógica de la excepción permanente amenaza con borrar las lecciones de una guerra civil que desangró a toda una generación; una deriva que se traduce en el desmantelamiento de la institucionalidad nacida de los Acuerdos de Paz, asestando un duro golpe a las garantías de no repetición. El patrón es claro: si no pueden borrar los hechos, se relativizan los datos y se asfixia su significado.
Esta ofensiva es también material. En Guatemala, el negacionismo institucional ha llevado al Congreso a negar el genocidio y ha provocado la asfixia material del Archivo Histórico de la Policía Nacional, reduciendo su inversión al 20% y debilitando la custodia de la verdad. La misma Comisión Interamericana de Derechos Humanos identificó este fenómeno en 2024, en donde reconoce “las condiciones de precariedad” en el que se mantienen los documentos. Situaciones similares se repiten en Argentina y México.
Cuando un gobierno decide que un sitio de conciencia ya no es prioritario, no está ahorrando dinero; está enviando un mensaje de impunidad a los victimarios de hoy. Si el Estado pierde la autoridad moral para señalar el horror, deja a la sociedad desprotegida ante su repetición.
Hacia una nueva vanguardia de la dignidad
América Latina se juega su futuro en la forma en que narra su pasado. Fuimos la región que enseñó al mundo qué es una comisión de la verdad y cómo sentar a los dictadores frente a la ley. Sin embargo, no podemos seguir defendiendo la democracia con las herramientas de hace cincuenta años. El terreno de batalla ha cambiado y la defensa de los derechos humanos debe mudarse a los territorios digitales y algorítmicos.
La vanguardia hoy exige una soberanía digital de la memoria. Debemos blindar la verdad histórica frente a la desinformación programada y los discursos de odio que circulan a la velocidad de un clic. La memoria debe ser entendida como un servicio público esencial y una garantía de no repetición que ningún gobierno de turno pueda desmantelar por decreto o por asfixia presupuestaria.
Es fundamental recordar que, si bien las tragedias tienen una tendencia persistente a repetirse, nuestros logros e innovaciones más audaces también tienen la capacidad de sucederse nuevamente. Bajo esta premisa de renovación constante, la Red de Sitios de Memoria Latinoamericanos y Caribeños (RESLAC), que une el esfuerzo de decenas de organizaciones en la región, ha solicitado al Sistema Interamericano la creación de lineamientos que orienten el actuar de los Estados ante estas narrativas negacionistas. Más que una exigencia burocrática, es una invitación para que se clarifiquen las obligaciones del Estado cuando el negacionismo se promueve desde el propio poder público. Reafirmar estos estándares es la única forma de asegurar que la justicia transicional siga siendo el cimiento sólido sobre el que construimos nuestro futuro.
La coherencia ética del Estado es el último dique de contención que nos queda frente a la barbarie y el autoritarismo que asoma en el horizonte regional. Pese al contexto de fragmentación y desánimo, el continente tiene la reserva moral y la experiencia necesaria para liderar de nuevo. No es momento de retroceder ni de pedir disculpas por defender los derechos humanos. Al contrario, es la hora de reafirmar que la justicia transicional no es un tema del pasado, sino el único cimiento posible para un desarrollo verdaderamente inclusivo, sostenible y democrático en la región.
Revisar esta temática no es un ejercicio de nostalgia, es un acto de supervivencia democrática y una manera de evitar repetir nuestros errores. Nuestra región debe ser llamada, otra vez, a encabezar la defensa de la dignidad humana, repensando su protección en los nuevos escenarios de poder. Solo así el "nunca más" dejará de ser una consigna frágil para convertirse en el pilar indestructible de nuestra identidad común y de nuestro progreso colectivo.
