Mari lleva como 10 años en esta empresa de servicios. Se lleva bien con todo el mundo. Es apuntadísima para ayudar, organizar eventos, hacer amigos y escuchar.
Mari es una persona cálida, sonriente, abierta. Tiene tres hijos: una hija ya grande, que fue una torta de adolescencia, y dos hijos de su nueva pareja. Uno de ellos está en el espectro autista y, como cualquier niño con necesidades de apoyo, requiere terapias, acompañamiento, tiempo, ir a defenderlo a la escuela y dar la lucha por él. Mari asume todo eso con entusiasmo y fuerza, como parte del maternar.
Algo le pasó a Mari. Nunca supimos qué, porque no quiso contarle a nadie, ni siquiera a sus personas más cercanas. Tal vez le dio pena. Tal vez ni siquiera ella se dio cuenta de lo que le estaba pasando o de su gravedad.
Dejó de llegar arreglada y maquillada. No es que fuera un requisito, pero Mari siempre era muy cuidadosa con su presentación personal. Empezó a discutir con todos y se notó. No fue que la acusaron; simplemente, la gente se sorprendió. Luego sí la reportaron formalmente, porque notaron conductas que no eran usuales en ella. “Erráticas, como si no fuera ella”, dijeron. “Como si estuviese borracha o drogada”, dijeron otros.
Comenzó a faltar a reuniones. Cuando trabajaba desde la casa, era ilocalizable. No contestaba chats ni teléfonos. Lo peor fue lo que pasó con los correos de Mariana: no tenían sentido. Ella, que siempre había sido tan cuidadosa y tan clara con lo que escribía, ahora mandaba mensajes que nadie entendía.
Eso encendió todas las alarmas y ya fue momento de intervenir en serio. La convocamos a una reunión presencial para entender qué pasaba, pero Mari no quiso decir nada. Solo se puso a llorar y a gritar, pidiendo que la despidieran ya.
No la íbamos a dejar ir en ese estado y menos sin otro trabajo, aunque no supiéramos qué estaba pasando. A como se pudo, la estabilizamos, la contuvimos y le recordamos que podía decirnos, con confianza, qué estaba pasando y cuáles apoyos tenía a su disposición.
Por unos días volvió a ser la que había sido. Y luego recayó. Escaló a su propia jefa, que tanto la había tratado de ayudar. Exigió una reunión con la gerencia general y llegó con la misma ropa del día anterior. Lo insultó, a él y a la corporación, y exigió agradecimientos y reconocimientos por decir las cosas de frente. “Esto es el verdadero feedback”, dijo.
La gerencia la escuchó hasta que ella dejó de hablar y se fue. Y vino la orden: “Tiene que irse ya”.
Argumentamos los riesgos de un despido discriminatorio, pedimos oportunidades, apelamos a la humanidad, a la necesidad, a la condición evidente que exhibía Mariana y a que necesitábamos su testimonio en un juicio que venía pronto. No hubo caso ni cambio en la decisión. Al menos le pagarían todo, cesantía y preaviso incluidos.
Fue muy duro comunicarle a Mari que ya no daba para más. Ella misma, probablemente por el impacto de la noticia, tuvo un momento de lucidez:
Yo sé que se me fue la mano. Perdón, perdón, perdón. No sabía lo que estaba haciendo. Fueron solo palabras. No quise decir lo que dije.”
Demasiado tarde, Mari. Las palabras, igual que las acciones, tienen su peso. Y en este caso, también sus consecuencias.
